Los adioses son tristes, las rupturas desgarran, sí. Pero entristece y asusta saber que, entre todo este desbarajuste del corazón, nuestro orgullo, nuestra terquedad, o simplemente el impulso de la vida, nos permiten vislumbrar la posibilidad de otro amor, nos arrojan en otros brazos. Arizmendy acaso no pudo con el dolor de la separación, de perder a su novia, y se mandó mudar. Para mí todo es incierto en las circunstancias de su muerte. Unos dicen que se suicidó, otros que cayó abaleado en una reyerta de madrugada en una calle de Bello. Yo imagino que regresaba a su casa, ebrio, dispuesto a dormir o a estrujar su dolor escribiendo alcoholizadas páginas, cuando le dispararon. Y allí quedó Iván. Aunque era de natural bondadoso, su exaltación y su locura podían hacer que se enzarzara en alegatos. El ambiente de las tabernas y el trago harían el resto. No es difícil alzarse con enemigos en estos rumbos. Entre las imágenes que la noticia de su fin suscitaron en mí, está la de su cuarto con su escritorio, su máquina, sus papeles, sus bolígrafos, sus libros. Imaginaba su espacio hogareño, su cuarto, su parafernalia de escritor, ese último reducto íntimo donde podía sentirse a salvo de las maquinaciones del mundo, donde era un poco dios y se afanaba por crear mundos. Imaginaba quizás lo cerca que estuvo de llegar a casa, de alcanzar las paredes tras la cuales resguardarse de su victimario. Borracho, dando bandazos en la calle, en una atmósfera turbia y desolada, en un soliloquio ruidoso, se aproximaría a su casa. Puedo ver la calle, imaginarla, y el cuarto de Iván me sale al paso, se abalanza a la calle, ante él, ante su impulso de llegar allí y escribir. El cuarto sale a recibirlo en la propia calle en que lo asesinan. Pero los verdugos no ven el cuarto, las paredes que han venido a proteger a Iván, a envolverlo en la calidez de un aire familiar. No, los verdugos solo ven a un hombre que es preciso aniquilar, y le disparan. Pero allí, donde Iván cae, está el cuarto con el escritorio, la máquina de escribir, la hoja en blanco. Mientras los asesinos huyen, él se sienta y escribe su último cuento, que es el primero, El sueño perdido. Yo lo veo allí, tendido, sentado, escribiendo a máquina, muriendo en el asfalto, viviendo en la historia. Esa calle la conozco bien, como conozco la biblioteca, la iglesia, la choza de Marco Fidel, el complejo fabril al lado de la autopista, el hospital de los locos. Yo solía trotar por esas calles, en vena de juicioso deportista. Las mismas calles por las que Iván discurría en vena de enamorado abrazado con la novia o de solitario coqueteando con la luna. El cuarto venía a mí, entre el arrasamiento de la noticia, y se instalaba en mi mente, con el ensayo sobre Borges que Iván adelantaba, con los rayos y penumbras del misterio de la creación. Mi mente era otra calle de Bello donde Iván caía, donde se levantaba el cuarto del escritor como otra choza de Marco Fidel que todo el mundo tendría que visitar de ahora en adelante, más valioso para mí que la choza del presidente involucrado en la pérdida de Panamá a manos de los gringos. Es la calle donde llevaba a reparar mi máquina de escribir, una cuadra arriba del parque, por el costado derecho de la iglesia. Es por allí donde imagino la casa de Iván, que nunca conocí a ciencia cierta. El técnico era un hombre de figura modesta, sencillo, delgado, de ligero prognatismo. Tardaba más de la cuenta en hacer el trabajo. Yo me devolvía una vez y otra con los crespos hechos. Cobraba barato, pero no se apresuraba en la reparación. Esto me hacía rabiar. Imagino que Iván también tenía una máquina de escribir, una Olivetti monumental, como la del amigo Luis. La mía era una pequeña Brother, regalo de papá a sus hijos, que estudiaban y tenían que hacer trabajos para el colegio. Yo usurpaba el dominio de la máquina sobre mis otros hermanos, y también era el que se preocupaba por mandarla a reparar. ¡Esas viejas máquinas de escribir! Algún día tendremos que hacer un capítulo aparte en su honor. La Olivetti de Iván y de Luis, la Brother de Marcos. ¡La máquina de escribir de Gabo, la de Vargas Llosa, la de Carlos Fuentes! ¡Talleres de Prometeo! ¡La fragua de Vulcano! El sueño perdido tallado a cincelazos de chuzografía, en noches y madrugadas de insomnio. La misma muerte cincelada a martillazos de ensayo y error. Arizmendy regresando a casa aquella madrugada, la cabeza llena de estrofas y versos, su amado Borges, la novia perdida. Yo pasaba por la calle aquella, la del técnico cachazudo, y allí estaba el cuarto de Iván, interrumpiendo mi ruta de caminante ensombrecido, abriéndome la puerta del reducto del amigo: "entra, ahí está la máquina, escribe". Y yo entro, tomo asiento y me pongo a escribir. Para eso madrugo.
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