lunes, 28 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap. 11.)

Amigo Iván Arizmendy, Bello era tantas cosas: caminar por una calle, quedarse un rato en la biblioteca Marco Fidel Suárez (aunque yo prefería el aire reposado de la biblioteca de la cooperativa de los trabajadores textiles, que estaba cerca de Fabricato), entrar a tomar algo (una gaseosa, un café) en una cafetería del parque, sentarse en un banco al aire libre y sentirse viejo con apenas veintidós años. Eran días perdidos, intentando encontrarnos en nuestros pasos errabundos, en el rostro enigmático que nos devolvía el espejo, en la visita a un amigo de la época del colegio, un amigo que nos prestaba libros. Era estar enemistado con los dioses, como un Laocoonte y sus hijos, que serán asfixiados por dos enormes serpientes marinas. Tenían que ser lampreas gigantes, digo yo, poderosas anguilas. El castigo de Poseidón también amargó los días de Ulises, aunque, por otra parte, le concedió inolvidables aventuras y amores: la bella Calipso. Caminábamos las calles de Bello, rebeldes, irredentos, investidos asimismo de una alegría que nadie podría descubrirnos en los ojos, porque era en el alma donde moraba. Con ganas de derrocar a los dioses y a los amos del mundo, a esos tipejos, reyezuelos, y a sus esbirros, quienes toda la vida nos han molido a cachiporra. Un Tomás Cipriano de Mosquera, un Marco Fidel Suárez, un Rafael Reyes, un Laureano Gómez, un Gustavo Rojas Pinilla, ajustarles las cuentas a todos esos canallas. A todos, los de ayer y los de hoy, sin remisión. Sentíamos esa incomodidad a flor de piel, sudábamos por nada, no cabíamos en la ropa, los zapatos nos tallaban. Era precisamente por eso, porque la sociedad nos presentaba unos modelos pervertidos por la arrogancia y el poder, nos exigía rendirles culto, cantar loas a Marco Fidel Suárez, pasar admirados ante su choza. Pero esas devociones no estaban en nuestro corazón. Quizás algún día hasta nos burlamos de esa estúpida choza atravesada en nuestro camino, lamentando no tener una cerilla para echarle fuego como al descuido. El viejo Marco Fidel. Teníamos que alegrarnos porque un ciudadano de Bello había formado parte de la canalla que entregaba nuestro suelo y nuestras riquezas a los rubios del norte. Lo que nos alegraba era caminar, sentir la magia maravillosa del aire matinal, de la brisa vespertina, mirar una manga, un árbol. Seguro que más de uno nos veía cara de guillados, de estar a punto de perpetrar una enormidad, y se apartaban de nuestro lado. ¡Cómo! Si éramos unos jóvenes universitarios, una promesa. Sí, pero habíamos peleado con los dioses de esta tierra, quienes nos mandaban sus serpientes para que nos asfixiaran, para que no nos dieran respiro en casa, en la calle, en la biblioteca, en la cafetería, en el parque, en el banco donde éramos abuelos de veintidós años. El viejo Rojas Pinilla, entregándole la cartera del país a su hija María Eugenia y a su yerno Samuel, bajo el pretexto de obras sociales, de un comité de asistencia. Y de paso destituyendo al que le llevaba la contraria, matando estudiantes, liquidando a cachiporra limpia a los que lo rechiflaban en la  la plaza de toros. En recuerdo suyo hay una plaza homónima en Medellín, detrás de Tejelo, entre Primero de Mayo y Juanambú. Los indigentes que duermen a la intemperie a plenas tres de la tarde ignoran el nombre del personaje del busto ante el que se acogen, un señor de cabeza pelona ataviado con banda y charreteras. Por esos rumbos del centro también caminaba, amigo Arizmendy, años después de que te mandaste mudar, en mi rol de profesor. Te era fiel en el afán de las caminatas y los desvelos, porque nunca he dejado de ser un errante. Y atravesaba la plaza Rojas Pinilla rumbo al colegio privado en que trabajaba, constatando el desdoro del poder, una olvidada estatua de un militar en medio de unas callejas torcidas  y agrias, donde el transeúnte era saludado cotidianamente con sangrazas en la calle, rastro de la marea de violencia de la noche. Como escaras de odio las manchas de sangre se endurecían en la calle, conforme subía el sol. Era más que una reyerta o un simple muñeco despatarrado en la calle y que los técnicos de la muerte levantarían luego. Era un olla, la plaza del viejo general era un lugar peligroso. Todo Medellín y el país era un cementerio. Masacres en aquel bar de la esquina, en aquella cuadra del barrio, en los montes donde se luchaba con la guerrilla, más los millares de muertos por hambre y desnutrición y por falta de oportunidades, la estadística oculta. El busto del militar parecía señorear la inmundicia. Y cada día sería peor. Las hordas de la prostitución y la delincuencia se tomarían el lugar. No había salida. Era el nefasto legado que los canallas nos dejaban. Los nietos en la cárcel por desfalcar las arcas públicas. Y una estatua del prócer en una gangrenada plaza del centro. ¡El prócer! Una de estas tardes, amigo Iván, me atreví por la plaza del viejo general en pesquisa de unos almendros que iluminaban mi recuerdo. Eran tres almendros. Los conocí tiernos, casi recién plantados. Los recordaba de los días en que era profesor y cruzaba a menudo por allí. Tras más de veinte años, esta tarde lluviosa, regresé a buscarlos. Me interné por esas calles siniestras. Umm, en qué sitio vine a dar, me dije, dudando si seguir adelante. Se veía que aquello estaba infestado de bandas. El patrullaje continuo de la policía motorizada parecía confirmar tal realidad. Seguí adelante, a prisa, medroso, fui por Cundinamarca, Juanambú, Tejelo, Carabobo. El general seguía en su pétreo formato de dignidad, rodeado de humana escoria. Solo un almendro, despelucado y añoso, quedaba de los tres del recuerdo. Había otros árboles, jóvenes. El sector había sufrido remodelaciones. Un solo almendro, pero qué grato. La tarde y la aventura me resguardaban ese tesoro. El viejo almendro sigue allí. Eran tres, cada uno en un ángulo de la plaza triangular. Quedó el más próximo a Juanambú. Era eso lo que buscábamos, amigo Iván, por lo que estábamos dispuestos a arriesgar la paz de una tarde en casa con café y libro a bordo, ir al centro de la barbarie y la soledad, atestiguar lo vivido, más allá del desvío de los dioses y las fauces de las serpientes.                     

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