lunes, 4 de abril de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap.12.)

Veo a Iván en ese relato titulado La puerta en el Muro (H.G. Wells). No sé bien si fue el propio Iván quien me contó esta historia, sazonándola a su gusto, cambiando nombres y apartes. Me dijo, quizás, que era algo ocurrido a un amigo. Este amigo había muerto en extrañas circunstancias. Se llamaba Robert. Llegó a ser un político brillante. Era un hombre reservado, por eso Iván se sorprendió de que le narrara tan extraordinaria historia: "Robert y yo fuimos compañeros de escuela. Era un alumno estelar, que sacaba los primeros puestos en todo. Había quedado huérfano de madre a los dos años. Su padre era un importante funcionario estatal, por lo que le quedaba poco tiempo que dedicarle a Robert. Un ama de llaves se hizo cargo de la crianza del niño, quien vivía rodeado, además, de varios sirvientes. Robert era un chico tranquilo e inteligente. Contaba con cinco años cuando le sucedió un hecho que marcaría su existencia. Una vez, burlando la vigilancia de la institutriz, salió a dar un paseo por la vecindad. No se había alejado mucho de su casa, cuando vio una cosa que captó su interés. ¿Que era? Se trataba de un muro blanco, en donde aparecía una puerta verde casi cubierta por una enredadera. En la acera había abundantes y amarillosas hojas de castaño. Robert tuvo un inmenso deseo de entrar allí, de ver lo que había tras ese muro y esa puerta. Sin embargo, dudó. Tuvo miedo de cometer un acto prohibido. De manera que pasó de largo frente a la puerta, casi sin mirarla. Llegó a la esquina, donde existían unas tiendas. Allí se detuvo. Su inquietud era tan fuerte que, olvidando cualquier duda, retrocedió, empujó la puerta y entró. ¿Qué vieron sus ojos? Un jardín fantástico. En primera instancia, vio dos panteras jugando mansamente con una pelota. Eran animales inofensivos, bellos. Una de las panteras vino hacia él. Robert extendió la mano y el animal se la lamió. En seguida, vio surgir a una hermosa muchacha que lo tomó del brazo, lo besó y lo llevó por el jardín, mostrándole los cuadros de flores, las lindas avenidas, la fiesta de los pájaros, el aire luminoso y apacible. Robert admiró la belleza de ese lugar maravilloso. Ante su vista fueron apareciendo personas mayores, serenas y bondadosas, al igual que niños con los que se puso a jugar. Era un juego muy divertido. Robert nunca pudo recordar en qué consistía, solo que era muy agradable. El juego terminó cuando otra muchacha que portaba un libro lo apartó de los niños, conduciéndolo por una alameda donde alternaban estatuas y bancos de mármol, al final de la cual se levantaba un palacio con fuentes y columnas. Los dos se sentaron en un banco, y ella empezó a pasar las páginas. Robert vio fluir la vida, su vida, en las páginas. No eran estampas lo que veía, sino acciones reales y profundas. De pronto, se vio a sí mismo, cómo se acercaba a la puerta en el muro. Quiso saber qué más seguía, pero la muchacha no continuó pasando las páginas. Le rogó, pero ella fue inflexible. En ese libro Robert vio la figura de su madre, su casa, su padre, los criados, todo, incluso el momento en que se acercó, temeroso, ansioso, a la puerta en el muro. Por eso deseó saber lo que seguía, porque en ese libro estaba consignado su destino. Fue tanta su curiosidad, que venció la dureza de la mujer y él mismo, ávido, pasó las páginas, hasta llegar a la última. Ya no vio el jardín fantástico, sino la vida frívola, sosa, áspera; se vio a sí mismo atrapado por la realidad de un mundo mísero, llorando porque jamás podría regresar al vergel delicioso y ensoñado. De regreso a casa, Robert fue castigado por su padre, quien no creyó su relato del jardín fantástico. Nadie lo creyó. Durante toda su vida estaría obsesionado por volver a encontrar la puerta en el muro. Oportunidades tuvo. De hecho, volvió a hallar varias veces el muro blanco y la puerta verde, pero nunca tenía tiempo, siempre lo reclamaban asuntos más urgentes e inaplazables. Por ejemplo: llegar a clase sin retraso, presentar unos exámenes para una beca, discutir algo importante con un amigo, en fin, siempre pasaba de largo por la puerta, que tenía la peculiaridad de aparecer cuando no la buscaba y en los momentos en que más deberes debía cumplir. La noche en que mi amigo Robert me contó esta historia, me pareció verídica. Al día siguiente, dudé, sin embargo. ¿No sería una alucinación? Decidí que no, que lo que Robert me narró sucedió en realidad. Robert cumplía sus obligaciones de personaje destacado por mera formalidad. En el fondo, vivía con la obsesión de encontrar la puerta en el muro. Vagaba por las calles, de noche, buscándola. Poco antes de que me contara todo esto la había hallado, pasando a un metro de ella, pero iba a una cita importantísima, por lo que no se detuvo. Robert murió ayer. Leí la noticia en un periódico. Encontraron su cadáver en una zanja profunda. Seguramente, en una de sus caminatas nocturnas, se internó por donde habían excavado unos pozos para unir dos líneas del tren subterráneo. Estos pozos los cercaron con una empalizada, en medio de la cual abrieron una puerta por la que entraban los obreros. Quizás por descuido del capataz, la puerta quedó abierta esa noche. De manera que cuando Robert entró, creyendo que era el acceso a su jardín fantástico, cayó y se mató. Extraña muerte, ¿no es cierto? Parece que el destino le jugó una amarga broma a este hombre. Pero, ¿quién puede asegurar que tras esa puerta no vio su añorado jardín?"

Este es el relato que Arizmendy contaba como si le hubiese ocurrido a un amigo suyo, Robert. Es decir, la historia donde el propio Arizmendy era copartícipe, compañero del protagonista. En ocasiones daba a entender que le había sucedido a él mismo, que él era Robert, que vagaba por las calles nocturnas buscando una puerta en un muro, tras la cual le aguardaba un mundo de fantasía, la vida verdadera. Así, pues, la vida real venía siendo un insípido simulacro de aquella otra que esperaba vivir, la que perseguía con obsesión. También Arizmendy murió una noche de bohemia, en extrañas circunstancias, en una calle de Bello. Amaba la salsa, quizás en su errancia iba tras una melodía, lo que para él significaría el paraíso y la redención. Robert confundió una empalizada con su amada puerta, cayó en un pozo y murió. Borges era un apasionado de la literatura inglesa. Quizás Arizmendy, que amaba a Borges, barajara en su cabeza el cuento de H.G. Wells la madrugada de su muerte.                 

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