"Ahora sé lo que hay en la naturaleza de la mirada del profesor. Durante el semestre en que asistí a su clase no dejó de turbarme algo malsano en sus ojos, algo repelente. Poco ha lo vi, lo saludé, nos detuvimos a conversar un instante. Me puso la mano en el hombro. Entonces sentí que su mano estaba sucia de la misma porquería que enturbia su mirada. Se me antojó cruel la manera con que sus pupilas apoyaban la esencia e intención de su mano." Tiempo después volví a cruzarme con este profesor durante una lectura de poemas efectuada en Troncos, al mediodía. Uno asiste a estos actos buscando sentidos, luces (o sencillamente por malgastar el tiempo, seamos sinceros), pero casi siempre acaba por fastidiarse (hay tantos escritores con ganas de sobresalir, tanto muchacho creando fantasías, tanto talento y tanta petulancia). Madurar la certeza de que lo que tienes que decir no resiste públicos diletantes. Que las personas que van a escuchar tus escritos antes que iluminación, buscan refugios. En fin, que jamás dejarás de estar solo en medio de un cerco de indolentes máscaras. El masoquismo implícito en leer poemas en frente de una concurrencia ostensiblemente perversa, envidiosa (de algún modo te han elevado a la descolorida peana de dios y lucharán por derribarte), descontentadiza y sin tiempo. La incomodidad propia de esos eventos donde siempre hay complicaciones de sonido o iluminación, retrasos, aplazamientos o desidia. Sentarse, presidir la solemnidad con un montón de cuartillas impresas constituyendo nuestro tesoro, nuestro frágil sostén contra un mundo plagado de asechantes demonios. Tener que dar explicaciones, sentidos, método de trabajo, influencias. No tener la insolencia o la sinceridad de desnudar la tosquedad de la palabra, el chapuceo, la ineptitud, el ridículo. Que lo abucheen a uno, que el público vaya desertando, obviamente desencantados. En este entorno psicológico y locativo me hallaba yo cuando, sorpresa, una palmadita en el hombro llamó mi atención y volví la cabeza . Sentado detrás mío estaba el profesor de investigación educativa con su rostro asqueroso. "¿Tienes un facsímil de los poemas?", preguntó. Le señalé la mesa donde estaba el cerro de hojas, ese signo simple y elocuente de la impopularidad del evento que allí tenía lugar. El horror y la repugnancia vinieron en seguida. Me resultó ofensiva la presencia de ese tipo detrás de mí. Sus gelatinosos ojos de pervertido me estaban devorando. Así que me marché. En mi cuaderno, un poco más adelante del episodio que acabo de referir, garabateé dos versos: "purificaos de los rostros hediondos, que os degradan con su presencia". La tinta roja del lapicero con que escribí lo anterior, acaso sea una señal de escándalo. Hoy pienso que debí escribirlo con tinta amarilla. En seguida anoté lo que significa vampirismo: "En metapsíquica, fenómeno imaginario según el cual las almas de los difuntos vagarían de noche para absorber la sangre de personas y animales inmersos en el sueño, al objeto de prolongar la conservación de su propio cadáver". Esta descripción me da una imagen exacta del profesor de investigación educativa. Investigaba mucho el señor, en la carroña.
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