Mis pertrechos: un haz de cuadernos. Mi intención: hacer una semblanza de un profesor. Mi duda: si he de ser benévolo o no con mi personaje. Me inclino por lo primero, ser benévolo. Así mis palabras sean duras y devastadoras, que haya bondad de fondo. Sé que no hay que ser perverso. Alguien a quien llame profesor mío de la u, ya debe andar en los setenta o los ochenta años, ser un viejo. Así que no hay por qué ser mala leche. Con esta edad de achaques y miserias no hay que mostrarse demasiado severos. El tiempo hace lo suyo. En los bolsillos de Dios está el resto.
Georlán nos dictaba psicolinguística. Poseía una ideología atrevida con respecto a las normas institucionales que rigen el sistema educativo colombiano. Acaso haya sido un capricho, pero nos contó que decidió no graduarse, renunciando al título, como manera de rebelarse contra el statu quo. Georlán tenía un tic (mi hija Mariana, que es psicóloga, me recuerda lo que es un tic, una contracción muscular por tensión crónica): subirse las gafas, que a cada rato se le bajaban. Aunque, viéndolo bien, esto, más que un tic, es un acto reflejo o una manía. No en el estilo de Pavlov, un acto reflejo condicionado. Sino un acto reflejo espontáneo. En fin. Georlán era de dientes pequeños, encaramados, amarillentos. Tenía un bigote que, no se sabe por qué, pasaba desapercibido. Sus ojos eran sumamente expresivos, de globos movibles, como con vida autónoma, enfáticos. También reforzaba la expresión de su discurso con la mano derecha, parándola o acostándola sobre la superficie de la mesa.
Hoy, tras tantos años, recuerdo lo que pensaba Georlán de asuntos tan cotidianos como el acto de bañarse, por ejemplo. Y esto da idea de su ser contestatario y de la penetración de su pensamiento. Nos decía que el baño, más allá de su propósito higiénico, era una forma del moldeamiento colectivo con que nos somete la sociedad. Al bañarnos cada mañana, al exponer el cuerpo desnudo al chorro de agua, expulsamos, no el sudor y la suciedad, sino el miedo a los demonios de los sueños, al sexo, al incesto, a eso oscuro e innombrable que nos ronda. El baño aquieta nuestros instintos, nuestra líbido (eso es), desatados en la noche, con los sueños. Un duchazo de agua fría, más que despertarnos, nos reagrupa en el rebaño, nos torna juiciosos animales predecibles.
Recuerdo que la clase con Georlán era a las seis de la mañana, y que sus ideas con respecto a la acción represiva y moldeadora del baño no podían ser más a propósito, puesto que tenía ante sí a una congregación de limpios y justos catecúmenos. Hay que suponer que el propio Georlán no se bañaba. O que lo hacía muy de vez en cuando. O que, como un francés, prescindía de la ducha y se bastaba con la loción. Yo, muy religiosito, cada mañana me doy mi duchazo. En este sentido, las insurgencias de Georlán no lograron cambiar mi conducta pacata.
Recuerdo que un día tuve mi crisis en clase de Georlán, cuando analizamos a Kafka desde la psicolinguística. Ese día todo en mí se rebulló, en una suerte de convulsión interna. Estuve a punto de estallar. El profesor debió extrañarse de verme tan introvertido. Me gustaba meter baza en los discursos, confrontar. No era como Luis, que enamoraba a las chicas con su saber literario, con su teté a teté con los profesores en las clases. No, yo no era tan conocedor de literatura como Luis, tan versado en el hablar, con esa tonalidad tan misteriosa y encantadora que fascinaba a las muchachas. Al punto que, muchos años después, ya viejos, todavía una condiscípula del pregrado me sorprendía diciéndome: "yo estaba prendada de Luis por la forma en que hablaba de los griegos con Hernán, me hubiese gustado hablarle, ser su amiga, pero era muy orgulloso, muy distante, muy creído".
Yo participaba en las clases, daba aportes ingeniosos, pero no era una lumbrera al modo de Luis con los griegos. Y aquella mañana en psicolinguística el ratón me había comido la lengua, estaba muy callado. Era que me dominaban las náuseas. Era que me irritaba que interpretaran a Kafka desde la psicolinguística. ¿Por qué no dejaban tranquilo a Kafka? Ya habían hablado bastante de él, y solo llevaba setenta años de muerto, qué tal cuando cumpliera los cien años. Ay, Dios, ténganse. Yo rehusaba interpretar a Kafka desde estas orillas tan artificiosas. Por esos días algunos compañeros se me arrimaban buscando ayuda, porque yo entendía muy bien a Kafka, y ellos no daban pie con bola con el extraño personajillo de Praga.
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