viernes, 25 de febrero de 2022

Luis Fernando Macías

Según los médicos, el defecto de una pierna más corta que la otra es algo más común de lo que cualquiera podría imaginar. Hasta donde entiendo, lo que los especialistas recomiendan es usar una plantilla, y santo remedio. Una vez el amigo Luis me contó que tuvo que ir al doctor porque le dolía la columna. Luis estaba nervioso, sospechaba un mal tremendo, una enfermedad que implicaba cirugía. El doctor lo tranquilizó. Sencillamente, tenía una pierna más corta. Se le aconsejó usar una plantilla.   

Luis Fernando Macías usaba un bastón. Debía padecer alguna dolencia de las piernas, porque no creo que fuese una indumentaria decorativa. Stephen Dédalus inmortalizó su bastón en la novela Ulises, y esto hizo que muchos adoradores de ese libro intentaran imitar al héroe de Joyce. El bastón del bardo. Creo recordar que lo que Stephen usaba era más bien un cayado. Sea como fuere, la imagen que tengo de Luis Fernando Macías (el autor de Amada está lavando, Ganzúa y El cuarteto de la Milagrosa), es la de un hombre sentado en el sofá de la sala de profesores del Pascual Bravo, apoyado en un bastón barnizado. Ignoro si, de algún modo, rendía homenaje a Stephen Dédalus, o simplemente actuaba bajo la coerción de un padecimiento físico. Pero allí estaban el hombre y su bastón, dupla de carne y de ficción, entronizados en ese espacio académico al que yo llegaba con las fuerzas menguadas a realizar mi práctica docente, luego de una jornada análoga en La Salle de Bello. Creo que fue Jairo Guzmán, el de la revista Prometeo, quien me habló bellezas del cayado de Stephen Dédalus, una noche de bohemia en el parque de Bostón y alrededores. En Stephen era más un ornato de su estampa que otra cosa, algo así como el báculo de un domador de hombres que, a su debido tiempo, también podía servir como objeto de defensa. Jairo Guzmán hablaba de imitar a Stephen, ir por la ciudad con un cayado simbólico. La verdad, el asunto me hacía gracia. Lo pensé bastante. Al punto de que en una novela que intenté sobre la u, Mónica, personaje que evoca a la Maga de Cortazar, usa un cayado. 

A lo más que Macías podía acercarse con su bastón barnizado era a una semejanza, no demasiado favorecedora, con el poeta León de Greiff. Ignoro si este ilustre bardo usaba bastón, a lo mejor sí. Con certeza sé que usaba boina, la cual, junto con las gafas y la pipa, componían una figura característica. Macías me recordó siempre a León de Greiff, no porque fuese un poeta de gran envergadura, sino por el tono que se daba, por el aire de literato que gustaba dimanar, por cierta ostentación en sus ademanes. Un narrador sí era. Alguna vez leí Amada está lavando, e intenté meterle el diente a Ganzúa. El cuarteto de la Milagrosa solo lo conozco de nombre. Alguna vez hablé con Luis sobre esta obra y convinimos en que era un título bastante pretencioso, en su emulación de la obra maestra de Laurence Durrell, El cuarteto de Alejandría. 

Nunca en la vida crucé más de dos palabras con Macías. Me dicen que asistía de vez en vez al taller de Estévez, pero jamás coincidimos allí. Yo lo observaba en la u, se movía por el bloque 12 y por las cafeterías. Siempre con esa ampulosidad, con esas ínfulas de gran cosa. Buen escritor sí era. Al menos era un tipo consagrado al arte, con una obra. Siempre vi en él algo postizo. Quizás estaba demasiado pagado de su imagen. Yo rehuía los ambientes y las tertulias donde solían reunirse los escritores. Para mí eran una especie adulterada, amante de falsos brillos. No entendía bien cómo un tipo de estos podía ser profesor en el Pascual Bravo y en la u. Por necesidad tenía que desempeñarse a medias en uno de los dos cargos. Y seguro que la peor parte la llevaba el colegio. Con razón recibían practicantes. Era un buen negocio. La imagen de Macías que observé el día en que fui al Pascual, lo dice todo: un hombre fatigado. Fatiga, esto era lo que reflejaba su cuerpo. También, algo de indefensión. Empacho. Quizás acababa de almorzar y luchaba con la dispepsia. (¡Los péptidos!) A esa hora ambigua entre vigilia y sueño, el sistema digestivo elabora sus síntesis (jugos gástricos, albúminas, peptonas), y el trabajo de este alambique interno doblega la voluntad. Borborigmos. Bien, y los sufridos o explayados pedos. Depende de sí hay personas cerca. Si no hay gente cerca, ah, qué delicia. La forma como Macías estaba sentado (la espalda recta, la mano asiendo el bastón con energía), le daba aspecto de inválido. Y, a la vez, cierta gravedad. Aparecía entre lejano y próximo, entre indolente y atento. Sus ojos no traslucían nada. Me parecieron serenos, mirando más dentro de sí que cualquier otra cosa. También había innegable belleza estética en ese ser, una entidad de inteligencia, de sensibilidad, de discurso, dígase lo que se diga. ¿Ojos negros? (¿En realidad sí hay ojos negros, o es otra tontera de los romances? Sí los hay, pero son escasos.) Se arriesga uno al afirmar de entrada que unos ojos son negros. Los de Macías me parecieron oscuros, ni fríos ni cálidos, ni quietos ni vivaces. El bastón le prestaba una dignidad patente. Era un sujeto joven, aunque la barba, negra y despoblada, le confería un aspecto maduro. Vestía con magisterial decoro. Se notaba en ese carácter una soberbia, un toque de vanidad. Cualquiera que lo viera estaría dispuesto a creer que ese individuo ocupaba un puesto de mando, una jerarquía superior. En esa apatía, en esa desgana, en esa quietud de ídolo, se notaba. Claro, era el jefe del departamento de humanidades del Pascual Bravo. Hasta Ignacio lo trataba con respetuosa consideración. "El escritor", le llamaban en el Pascual, título que haría esponjarse a Macías. Eran palabras mayores. Se llega a merecer ese trato cuando se ha trabajado bastante. Y Macías había hecho lo suyo, qué duda cabe.                        

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