Horacio Betancur, al que apodábamos "Sancocho", nos dictaba Tecnología Educativa (aplicar formas prácticas de los principios teóricos didácticos, formas prácticas de realizar programas de enseñanza, formas de llevar a la práctica determinada concepción de la educación); mientras Queipo Timaná era el profesor que nos enseñaba Administración Educativa. Empezó haciendo un contraste entre el maestro de ayer y el maestro de hoy, según Taylor. Luego nos desbarrancó por los cantiles de las eminencias( Mayo, Durkheim, Weber, Maslow, Barnard, Kelly, Kuntz O' Donnel, Fabio Echavarría) y los decretos: 2277, Estatuto Docente y esas cosas. También vimos Didáctica por esos días, aunque no recuerdo al profesor, tal vez Norbey, o el mismo Queipo. Se define la Didáctica como el estudio de las condiciones más o menos inmediatas, los fundamentos y las formas más adecuadas para que un sujeto (el alumno) logre el encuentro más fructífero posible con el objeto del saber. Recuerdo que el profesor nos dejaba los documentos de estudio en la fotocopiadora de Ingeniería. Los datos eran precisos: Código 799, Comenio, Didáctica Magna. ¡Comenio! La grandeza de Comenio fue su idea de democratizar la educación, educación para todos. Muy al estilo de Grecia. A veces cambiaba el código y el lugar de acceso al documento de estudio: código 950, en la librería.
No sé cómo pasé estas materias, los exámenes. Recuerdo que en este curso de Didáctica vimos la película No futuro e hicimos un cine-foro. De algún modo pasé braceando en este océano de bibliografías y documentos. Entre tanta aridez, un rayo de luz, cuando recalamos a la pedagogía entre los griegos, la época homérica. La Ilíada y la Odisea fueron los textos en los que el griego aprendió a leer, de ellas absorbió una sabiduría y en ellas modeló su carácter. Chirón, Fenix, Néstor, fueron los educadores de ese período. También me apasioné con Lutero, sobre todo por su cariz de destructor de bulas pontificias. Un pedagogo que me entusiasmó fue el ruso Sujomlinski. Las ideas pedagógicas de Sujomlinski chocan violentamente con nuestro medio. Hemos deformado sentimientos tan altos como el amor y la fe. Cuando hablamos de que el futuro del mundo está en los niños y en la juventud, tratamos, en cierta forma, de encubrir nuestra incompetencia de adultos. Esos caminos por donde me exhortaba Comenio tampoco eran mis caminos. Había algo en el estilo de Sujomlinski que lograba atraerme: el amor y la fe en los niños. Pero sin tergiversar estos conceptos.
Esa época de mi vida estuvo viciada de "Sancocho" y de "Queipo Timaná". Por fortuna existían los oasis de cursos como Poesía Española, con Dora Tamayo. ¡Las jarchas! Era trasladarse del fantasmagórico bloque 9 al luminoso bloque 12. La oficina de Dora Tamayo estaba en este último, en el cuarto piso. La clase era los martes y jueves de 2 a 4, y los miércoles y viernes de 10 a 12. ¡Las jarchas! Y las lecturas: Poema de Mio Cid, Libro del buen amor. Recuerdo que me pasaba escribiendo en mi cuaderno apuntes burlescos y difamatorios contra el gremio de los profesores. Me parecía un gremio sin esplendor, anodino, patético. El hazmerreír de la sociedad, para muchos. Nada más había que ver a Sancocho. O ser testigo de los embustes que un profesor hila ante su directivo para no presentarse a trabajar. Es para llorar. Poema árabe con estribillo en castellano, las jarchas. Queipo Timaná. Recuerdo que este docente tenía gran predicamento en la Facultad de Educación, que eran muy estimadas sus clases y conferencias, lo mismo que sus publicaciones. A mí no me interesaba para nada. Era un buen tipo, como persona, no con sus absurdas teorizaciones. En fin, eso no calaba en mí. Asistía a esas clases como a una rutina sosa que amodorra y enerva. Los rostros me parecían repelentes, arbitrarios. Las ideas remolineaban. Había una desoladora confusión de conceptos. Era lo que percibía. Una deshumanización de la vida. Si estaba enfermo, con laringitis, entonces hacía del acto de toser y toser una provocación, una repulsa contra todo eso, una consciente rebeldía. Fastidiar. Ah, y el lenguaje, y los discursos de esa vieja voz que todavía juega y presume. La imagen del hombre o el hombre de la imagen. Todo tan claro y tan oscuro. Didáctica. Si algún condiscípulo tomaba la palabra, en mi mente vociferaba: "contradíganlo, júzguenlo, ha errado, habla como loco".
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