sábado, 5 de febrero de 2022

Elvia (cap. 2.)

"Abril 1 de 1991, Medellín", reza en la anteportada del libro Clemencia, de Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893). Un libro añoso. 1991, más añoso yo. Fecha  y ciudad están antecedidas por mi nombre y apellido, toda esta información escrita de mi puño y letra. Una caligrafía suelta, de caracteres regulares, inclinados a la derecha y proclives a ascender (ante la ausencia gráfica de un renglón rector). ¿Cómo es que conservo este libro después de treinta años? ¿Cómo es que vuelvo a leer esta novela adscrita al romanticismo mexicano? Ya había prescindido de este libro en mi biblioteca doméstica, lo había destinado a un segundo plano, llevándolo a engrosar el atado de volúmenes que conservo en la casa de campo (En Venecia, Antioquia), en una repisa donde el polvo los roe y nadie los lee. La verdad, le había perdido el rastro. Lo busqué en vano entre mis libros y, al no hallarlo, pensé que había caído en una de las limpias que efectúo a menudo. Mas, contra toda esperanza, lo hallé en Venecia. Así que me lo traje y lo leí. ¡Elvia! Tener este libro en mis manos, hojearlo, leerlo, es como estar otra vez en clase con Elvia, la profesora de Literatura latinoamericana del siglo XIX. Es volver a vivir las inquietudes del estudiante que debe leer un texto y presentar un informe, bienquistarse con la profesora a través de unas sesudas argumentaciones, en fin. ¡Clemencia! La obra no resiste una segunda lectura. No se salva ni por el contenido ni por la forma. Es una novela demasiado sosa, sin hondura, como un ropaje sin cuerpo, como un bastidor sin lienzo. Hoy no sé qué me llevo a elegir esta novela en aquel entonces. Acaso el que una de mis amigas de la u, poetisa excelente, llevase este nombre: Clemencia. Total, que este fue el libro que escogí y leí. No recuerdo que haya sacado una nota superior, a lo más un cuatro. No había de dónde apasionarse. Es una novela de la guerra, mexicanos contra franceses, entre 1863 y 1864. Los personajes principales son militares republicanos (Fernando Valle y Enrique Flores), involucrados en una pálida historia de amor con unas damas de Guadalajara (Jalisco), Clemencia e Isabel. Clemencia no alcanza nunca la talla de una heroína sublime. Se deja deslumbrar por la apariencia y las galanterías del malvado Flores, jugando con los sentimientos del noble y tímido Valle. Ni siquiera Fernando Valle, generoso y sacrificado (ayuda a escapar de prisión a su rival y se somete a ser fusilado) logra convencernos con la gallardía de sus actos. Apenas el contenido histórico de la novela logra cautivarnos una migaja, la invasión de los franceses, la lucha de los mexicanos, la derrota de los republicanos y el posterior ascenso de Maximiliano de Habsburgo como Emperardor de México (1864). En 1867 Benito Juárez ajusticia al invasor. Hay una pintura de Manet sobre el Fusilamiento de Maximiliano, hermano de Francisco José, rey de Austria. María, de Jorge Isaacs, fue publicada en 1867. Clemencia, dos años después. Más que un paralelismo ejemplar con María, nos parece un detalle falto de gracia el que el padre de Clemencia corte un cadejo de cabellos del cadáver de Valle y se lo entregue a su hija como relicario. El simbolismo de los cabellos aquí luce falto de grandeza. Es un arquetipo vacío. Es que Clemencia ni siquiera amó a Valle. Acaso le despierte admiración su sacrificio, pero nada más. También resulta absurdo el que Clemencia, a la muerte de Valle, se encierre en un convento. Pienso yo que mucha de esa literatura latinoamericana del siglo XIX en prosa era pesada. María es una excepción. Con todo lo esquemática y simple que pueda ser, hay pasajes gratos en la obra de Altamirano. Es una novela fácil de leer. En esta segunda lectura le hice un seguimiento a la música de piano, pasatiempo galante de las familias encumbradas, donde se echa de ver el auge de los modelos europeos. Tampoco es que se haga un despliegue del tema, pero un alma filarmónica encuentra agrado en esas líneas. Clemencia, Isabel, Enrique flores aparecen como expertos del piano. Este aire de xenofilia se aprecia también en el hecho de que muchos mexicanos recibieron a los franceses invasores con los brazos abiertos. Había tropas enteras que se pasaban al bando francés, como ocurre con el traidor Enrique Flores, que triunfa con los invasores, mientras que el patriota Fernando Valle es fusilado. Altamirano era un indio nacido en Tixtla, y su causa siempre fue la de los republicanos. Con Juárez, fusiló a Maximiliano. Maximiliano, la tragedia de un aristócrata europeo, cuyos sueños de gloria le llevan a encontrar una muerte violenta en el país de los Aztecas. ¡Elvia! Qué habrá sido de la profesora, cómo le irá en la vida, hacia qué radas le habrá llevado el tiempo. Todavía tenía algo que decirme, todavía me reservaba estas elucubraciones sobre la novela de Altamirano, el indio, el que a los catorce años aprendió el español, el que, con Juárez, aplastó a los tiranos. Aún, pues, no acaban tus enseñanzas, Elvia. Y yo, que en ocasiones faltaba a tus clases, amenazando con tirarme la materia, hoy, sin ningún tipo de coerción académica, por puro gusto estético, asisto a tus lecciones sobre Altamirano, que no acaban. Gracias.                         

No hay comentarios:

Publicar un comentario