sábado, 19 de febrero de 2022

Ignacio Henao

No recuerdo con precisión si Ignacio me dictó alguna materia. Lo conocí por Luz Estela, su esposa, que fue mi profesora de uno de los cursos del pregrado. Tampoco recuerdo qué curso me dictó Luz Estela. Solo sé que no se cansaba de hacer cuñas en clase sobre una investigación que Ignacio había realizado sobre el parlache. En ese tiempo los dos daban la lata con el parlache. A menudo me la encontraba en el bloque 12, donde Ignacio tenía su despacho, y conversábamos. Creo que fue ella la que me habló de que Ignacio colaboraba con los practicantes. Era la época en que yo andaba a las puertas de la práctica docente y necesitaba un colegio donde realizarla. Me habían dado a elegir entre varias instituciones y opté por el Pascual Bravo. En el Pascual Bravo había dos profesores que recibían practicantes, Arlés e Ignacio. Una tarde, después de cumplir mi jornada matutina de profesor en La Sallle de Bello, me fui al Pascual Bravo. Nunca antes había pisado yo ese lugar. En esa época no me interesaba saber quién fue Pascual Bravo, solo me preocupaba adelantar mi práctica y salir del paso lo mejor posible. Después supe que Pascual Bravo fue un político y militar antioqueño, de Rionegro (1838-1864), presidente del Estado Soberano de Antioquia entre 1863 y 1864, que murió a temprana edad, asesinado. Me gustó el aire del colegio, las zonas verdes, la amplitud, el estilo antiguo y noble, los jóvenes en la cancha de fútbol, en las escalinatas, en los pasillos, en los salones. Un lugar profano, distinto al que que yo frecuentaba a diario, donde se cantaban las alabanzas a San Juan Bautista de La Salle. Me agradó ese hálito pagano. Estaba allí, entrevistándome con las personas que podían ayudarme. Primero hablé con Arlés, veterano profesor de español, para lo cual tuve que subir al segundo piso y hurtarlo a su clase por un momento. Un hombre panzón, lerdo, que no desaprovechó la ocasión de hacer un chiste a sus alumnos para impresionar al visitante. No me opuso problema, claro. Los practicantes les ahorraban trabajo. Luego decidí conversar con Ignacio. Entonces fue cuando un profesor pulcramente vestido salió de un salón cercano y, sin que yo se lo pidiera, me dijo: "vaya al salón de los tintos, queda abajo". A este hombre lo había encontrado en el portal al llegar. Entonces le pregunté por Arlés e Ignacio, y me instó a ir al segundo piso con una información descabalada. Se había cruzado conmigo otra vez, mientras yo hablaba con Arlés. Y ahora volvía a aparecer, como en cumplimiento de un deber que la conciencia le mandaba: orientarme con suma cordialidad. 

Entré en la sala de los tintos y dije: "¿Ignacio Henao?" Me respondió un hombre de tez trigueña, maduro, casi hundido en un sillón. Nos estrechamos la mano. Ignacio me dijo: "¿conoce al señor?" Y señaló a Macías. "No", mentí. Entonces me lo presentó: "Luis Fernando Macías, jefe del departamento". Estreché la mano al dignamente sentado Macías. Su apretón de mano fue más cálido que el de Ignacio, y esto me hizo anotar un punto en su favor. Ignacio me había tendido una mano fastidiada, negligente, floja, y esto jamás me ha gustado. En el bachillerato un amigo (cuyo nombre no olvido, Martín), corrigió mi defecto de dar la mano flojamente, enseñándome el apretón enérgico, que adopté desde entonces. ¡Cuán agradecido vivo con ese amigo y su cordial enseñanza! Macías y yo cambiamos una mirada. Advertí que recelaba de mi respuesta sobre que no lo conocía. ¿Cómo no iba a conocerlo? Tenía unos ojos sagaces. Detectó mi renuencia. En fin, algo tenía de basilisco, sentado allí en ese blando sillón de la sala de los tintos, un no sé qué de saurio satisfecho y soñoliento, con la facultad intacta de petrificar con la mirada. 

Así fue que di con Ignacio, el gran Nacho Pierna Corta. Tenía un defecto en una pierna, y caminaba con un saltito, algo de lo que también adolece el amigo Jhony. Eran cojos. Y los cojos son malos, según dice mi madre. Mi bisabuelo era mocho, y cuán matacuras era. Un perfecto renegado. Creo que le heredé no pocas prendas. Me arreglé con Ignacio y empecé la práctica. A Ignacio le dije que me dejara los grupos, que no necesitaba quedarse en el aula, que yo tenía experiencia con alumnos. Estuvo de acuerdo. Fue todo un año en esas, de Bello a Robledo, en jornada doble, en la mañana La Salle, en la tarde el Pascual Bravo. No se nos eximía de nada. La práctica era todos los días, con dos grupos cada vez, primero once A, luego once F, por decir algo. Cuando el asesor se quedaba en el salón, los alumnos calaban el asunto, notaban que el practicante estaba siendo evaluado y, en consecuencia, perdían un poco la consideración al neófito, por saberlo sujeto a un supervisor. Eran unos vivos, los alumnos. Su actitud hacia el practicante era la suma de todos esos supuestos. Un tanto por eso eximí a Ignacio de quedarse en el salón. Que se fuera a la sala de tintos a beber café o a dormir. Bien sabía él lo que hacer con el tiempo que los practicantes le aderezaban. A veces me presentaba al Pascual Bravo y encontraba a los docentes en paro. Me salvaba de dar clase. Me iba a la biblioteca del colegio, donde leía a Steinbeck (El omnibús perdido) y a Hawthorne (la letra escarlata). Me vencía el sueño. 

Con Nacho Pierna Corta hice buena amistad. Me prestó un libro de novelas de Lu Sin que jamás le devolví. Aún lo conservo. Tras la práctica, solía visitarlo en su oficina del bloque 12. Siempre daba la lata con el parlache. Un día me ofreció una plaza como profesor de cursos de extensión, para lo cual había que redactar un programa de español. Me prestó un programa para que me orientara. "Examínelo, ojalá le sea de algún provecho", me dijo. "Gracias", dije. Me marché de la oficina de Ignacio con dos cuartillas estenografiadas donde descansaba un concienzudo plan de área. Mi propósito era estudiar el material para, a mi vez, redactar uno propio. Estaba entusiasmado con la idea de obtener un trabajo complementario a mi labor de docente. El hecho de que Ignacio estuviese a cargo de los cursos de extensión, me colocaba en una situación ventajosa sobre los demás aspirantes. Analicé el programa y me avasalló un desánimo abrumador. No hallé manera de elaborar algo donde brillara una pizca de creatividad personal. Acaso no me empeñé demasiado en ello. Las propuestas de Ignacio eran sumamente sensatas, estructuradas con rigor científico. Yo entendía que ese era el camino a seguir. Intenté definir los mismos postulados con distintas palabras. Tachoné. Enmendé. Reescribí. Al final, venció la desgana, el pesimismo, un desaliento sin parangón en la historia de mis sensaciones. Me desentendí del asunto. Renuncié a la posibilidad de competir por esa plaza. No volví a hablar con Ignacio. En el fondo, me mostraba escéptico frente a esos trabajitos y las maniobras que había que realizar para conseguirlos. La misma impotencia de redactar ese programa (lo huecas que parecían las frases de la justificación y los objetivos) constituía una señal significativa de mi estado anímico. Mis finanzas no eran muy solventes. Requería un empleo adicional. Yo más que nadie lo sabía. Preferí desechar esa expectativa, librarme de las angustias que esta me ocasionaba y aguardar otra oportunidad.                                

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