miércoles, 9 de febrero de 2022

Dora Tamayo, Elein.

"Dora Tamayo era muy respetada entre los estudiantes de Comunicación Social, por sus cursos. No fui su alumno. La recuerdo chiquita y con un caminar lleno de seguridad. Estuvo casada con el antropólogo Hernán Henao, director del Instituto de Estudios Regionales, que fue asesinado en su oficina de la U. de A., por fuerzas oscuras de la izquierda, dicen". Joaquín Botero me suministra estos datos, luego de leer el capítulo donde hablo de Dora Tamayo. Claro que caminaba con mucha seguridad, y también vestía con elegancia. Era pequeñita, aunque no en exceso. Marina Quintero y ella se parecían mucho, en el físico achaparrado, en las ropas atildadas, en la prestancia al andar. Sólo que Marina Quintero superaba a Dora en el desenfado y la alegría. Dora era más recatada, más estilizada. Marina siempre se orillaba hacia lo extravagante, hacia lo chillón. Sin embargo, creo que era más fácil una conversación con Marina que con Dora. Marina era una profesora que se daba al trato con los estudiantes, sociable, risueña, fiestera. A Dora la recuerdo empingorotada y en sus asuntos. No recuerdo lo del asesinato de su esposo, aunque algo debí oír en aquel entonces. La u es un mundo movido, incluso peligroso, en cuestiones de ideologías y agrupaciones de toda índole. Uno trataba de mantenerse al margen de esas cosas y, no obstante, le salpicaba algún suceso. En más de una ocasión asistí a quema de buses, atracos a las fotocopiadoras y encapuchados que se colaban a una clase cualquiera a escribir consignas en los muros, ante la estupefacción del profesor y los estudiantes. Es un mundo en el que hay que ir con cuidado, en todo sentido. Con Dora vi además un Seminario de Literatura Española, en el que trabajé a Fray Luis de León y La profecía del Tajo. También recuerdo que alguna vez asistí a unas charlas sobre el Quijote, que dictó en el auditorio de la Biblioteca Pública Piloto. Era el mismo escenario donde, en cierta época, funcionó la sede del taller de escritores de Estévez. No he encontrado en mis cuadernos apuntes personales sobre Dora, solo las notas de clase y los borradores de los informes de lectura. Quizás por eso me le he lanzado en voladora a los pormenores ofrecidos por mi amigo Joaquín Botero. En mi recuerdo veo a esta fina mujer desplazándose por los tránsitos del bloque 12, en la proximidad de los despachos de Sonia Gómez y de Restrepo. Hoy no tengo una idea precisa de aquello. Recuerdo (y aparece en mis apuntes) a una muchacha llamada Elein, que debía de ser auxiliar o monitora de Dora o de Sonia, y que además debía de ser estudiante de pregrado. Mi memoria no me envía ningún rasgo físico de esta Elein, pero el nombre se me antoja delicioso. Sé que más de una vez nos vimos y cruzamos palabras, siempre en ese ámbito próximo a las profesoras del cuarto piso. Elein. El que aparezca rodeada de un entorno de poesía española, me la hace más sugestiva. Lope, Quevedo, Góngora. Uno sentía fraguarse el poema en su interior, como recóndita hojarasca, como larva dormida, como blando designio. Por ejemplo, en un aula donde uno se quedaba solo, luego de que el profesor no acudía y de que los compañeros, tras un lapso prudente, se marcharan. El poema. Elein. Las colgantes lámparas de luz blanca se transformaban en gigantescas libélulas, el contorno del recinto se difuminaba, entre las sillas crecía una densa y abundante vegetación, de la pizarra resquebrajada salían pájaros, tórtolas, y en la escena cambiada de aula de clase en paraje inhóspito, surgía un personaje de exaltados ojos, escaso y raído atavío y expresión agresiva, y acaso desenfundaba un arma y se alejaba en ritmo violento por esos pasillos, esas escaleras. Todo eso podía ocurrir. Elein. El romance de la blanca niña, Amor constante más allá de la muerte, poesía española de altos vuelos. Uno sentía que un arbusto lo aguardaba con una vieja lealtad, con un calor que ningún vino había ofrecido, con una paz menos comprometedora que el costado de una mujer. En nuestra mente de humilde mamífero errabundo, sosegado, se acurrucaba ese sueño magnífico del arbusto. Venía de regreso de todas las muecas viciadas, de todas las frases inanes, de todos los convenciones cómodas. Se paladeaba la suave mentira de que la ciudad quedaba atrás con su masa de espejismos. Hasta acá no alcanzaba el triste bálsamo de la luna. Con una astucia aprendida a la fuerza, entrábamos en el vaho del arbusto. No estaba exento de algunas miradas que llevaban mi depredación a extremos de adefesio. No ignoraba el peligro que amenazaba a mi arbusto. Pero me dormía allí. Me dormía.                    

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