Puede que un profesor no hiciera la revolución, que no fuera un Lenin-Trotski, pero de que sembró en nosotros semillas de descontento, eso sí. Georlán nos deslizaba la rebelión con sigilo, como entregando un panfleto, un papel incendiario. Yo lo veía como un escogido para esparcir el germen de un mañana distinto, donde los maestros ayudaran a desarrollar las capacidades del individuo, en lugar de castrarlas. Yo lo consideraba un hombre inteligente, con el que da gusto hablar. Todavía recuerdo su discurso enfático, sus ojos saltones y movibles tras los anteojos, su caminar empinado (así mismo caminaba Kolia, el hijo de Natalia Pikouch, y también, una migaja, la misma Natalia, ahora que lo pienso), su marchar rápido de hombre ocupadísimo, maletín en mano, ropas sencillas, que le daban una apariencia de juventud, y, por qué no, de conspirador. Sin duda que era joven en aquellos días, ¿quién no? Estaba pletórico de rigor dialéctico, como cualquiera de nosotros, de los que asistíamos al abrevadero de Nietzsche, Marx y Engels. Era muy satisfactorio sentirse colmado de ese fuego intelectual, llegar a una clase y plantar bandera de entendidos, de que estábamos en la ruta, a la altura. Y era muy grato sentir el cruce de inteligencia con el profesor, como cuando en el bachillerato uno se topaba con un condiscípulo que también escribía y que leía a Hermann Hesse. No es que fuéramos unos condenados pedantes, unos teorizadores relamidos y cargantes, nada de eso. Una humildad tranquila y despistada asomaba la cabeza tras nuestros temibles apotegmas. Que nos interesaban otras cosas, la hermosa y puta vida que zascandilea en las calles y en los afeites de las mujeres, eso es lo que decía nuestra desorientada juventud, que no paraba mientes en los engolados discursos, que Nietzsche es grandioso, pero que así mismo es estúpido y prescindible.
Sin embargo, uno se prendaba de profesores como Georlán, tipos que al menos presentían las rutas cainescas, que venían de las siembras del hambre, que, sin hacer de la cátedra una tarima ideológica, inseminaban el ardor del pensamiento. Era chévere sentirse en el mismo camino con el profesor, obtener de este una mirada de pares, un gesto de conmilitón, una atención especial. Sorprende constatar cómo un mínimo afecto del docente juega en favor del bienestar del alumno. Es algo mágico. Yo iba a clases donde no abría la boca, donde me mostraba ausente. Pero si en la próxima sesión el profesor se interesaba un ápice por mí, entonces me tornaba activo y hacía aportes. Y así es todo en la vida. Eran hombres y mujeres (los profesores y profesoras) la mayoría en los cuarenta o cincuenta años, viejos panzones, señoras empingorotadas, que también se jugaban la existencia en un detalle, una palabra cariñosa, un buenos días, profe, cómo está. Cuán variable era yo de clase en clase. Y así exigía uno al profesor que fuera el mismo siempre, que se mostrara formal, de una pieza, un modelo. Qué tontos éramos entonces. Siquiera hubo ejemplos de docentes desordenados, locos, que hasta se desquiciaron con las drogas y se perdieron en el libertinaje. Nada de esos sacros arquetipos de museo. Recuerdo a un profesor de inglés que se demacró en la droga, y con todo era siempre un buen espécimen, saludable y cálido. Y qué rico que hubiese existido una profesora que se lo daba a los alumnos, una non santa maestra que se dormía a los pupilos. Demás que de todo eso hubo un poco. Tal vez de cosas como esas dependía que uno fuese diciendo al final del día: "hoy me fue bien en la u". No porque hayas hecho bien las tareas, por haber leído el texto y estar participativo en la clase, sino porque una compañera te dio un beso o porque un profesor te palmeó el hombro, o porque, en fin, compartiste un tinto en la cafetería con un docente.
Todo esto podía ocurrir. Uno tenía un hueco de doce del día a dos de la tarde y se iba al estadio a ver un partido de fútbol. El tiempo pasaba insensiblemente. Luego, nos desplazábamos hasta una cafetería, comprábamos una gaseosa (en aquellos días aún bebíamos gaseosa, no nos espantaba el azúcar), y no nos sentábamos a beberla, sino que caminábamos en pos del bloque y del aula donde nos aguardaba la próxima clase y, entre sorbo y sorbo, vaciábamos la botella. Eran cosas que podían ocurrir. Estar animado en una clase, semiología, por ejemplo, intervenir, preguntar, cuestionar. O que un profesor te advierta, paternal: "cuidado, estás un poco atrancado con respecto al resto de los alumnos, hay que trabajar más duro." Era hermoso.
Esta advertencia me preocupaba por dos o tres horas. Luego, tiraba frescura.
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