Orlando Carrillo era un profesor de la Facultad de Educación, una eminencia. Sus cursos eran muy famosos, y los estudiantes predicaban las bondades del maestro. Hugo Guarín, que nunca me dictó clase y que se aquerenciaba donde Pastora. Era un profesor de matemáticas, uno de los autores del famoso libro Matemática moderna estructurada, en boga en mis tiempos de colegio, así como Español y literatura, de Lucila González de Chávez, era la biblia de ese tiempo entre los libros de texto de español. Había otro libro de texto de español para el bachillerato muy corriente en aquellos días: Comuniquémonos, pero no recuerdo sus autores. Rito LLerena era un negro de andar garboso y de sosegada estampa, profesor de Humanidades. Su libro de texto Lengua Materna fue de mucho predicamento en la época en que comenzaron a difundirse los pre-Icfes. Recuerdo que en la u dictaban pre-Icfes los sábados, siendo muy célebre el de Lengua castellana, basado en el citado texto de Rito Llerena. Mis vecinos universitarios del cuarto piso, los Blandón, me prestaron el libro Lengua materna, y allí fue donde me entrené para el examen de admisión a la de Antioquia. Así que tengo una deuda con Rito Llerena (y con los Blandón, por supuesto) que, por otra parte, era costeño, de la misma tierra mía. También estaba Norbey, el bajito saludable y cálido, de chiverita, que nos dictó Epistemología, y que solía decir: "bueno, la clase ha terminado". Y entonces nos íbamos. Y cuántos otros. Ignacio Henao, que fue mi asesor de Práctica en el Pascual Bravo, que era el esposo de Luz Estela, una profesora de comienzos del pregrado. Ignacio tenía una investigación sobre el parlache (la forma de hablar de las comunas de Medellín), y Luz Estela le hacía propaganda en su clase. Después supe que eran esposos. De esta época tengo el recuerdo de unos estudiantes de Educación que eran estilistas, motilaban, y practicaban su arte en la cafetería, así como otros jugaban cartas o leían el Tarot. Recuerdo en especial a uno que era moreno, tipo latino, muy pagado de su figura y de su atuendo. En algo me recuerda a Charlie Za. Una tarde en que me interné por el Aeropuerto (así llamábamos a la zona boscosa cerca del Coliseo, donde la gente despegaba en sus humosos vuelos) vi, a la sombra de un mango, al joven peluquero motilando a otro que tenía traza de futbolista. Conversaban entre ellos. Se contaban sus cuitas de universitarios. El viento jugaba con las hojas secas y amarillentas. Eran las dos de la tarde, y esos dos muchachos se habían apartado del bullicio y adelantaban su ritual estético. El joven peluquero usaba tirantes negros, bluyín, camisa blanca. Manaba un aire de pulcritud. Maniobraba sus tijeras y su peinilla con cierto embarazo. En un salón de belleza, cómodamente instalado, se desenvolvería mejor, sin duda. Estaría en su reino. ¿Qué fue de esos peluqueros de Kokorico? ¿Qué fue de Pastora? No estoy hablando del célebre guerrillero nicaraguense, que la peló en 2020, a los 83 años, sino de la sencilla, cordial e inmarcesible señora que atendía la cafetería de Kokorico, junto a la Facultad de Educación. Los peluqueros de Pastora tenían un aire delicado, de chicos fun. Armaban sus fiestas ahí mismo, en la cafetería, sin dárseles nada. Se tomaban la universidad con un desparpajo. Amaban el jolgorio. Estudiaban Educación Primaria y esas cosas. ¡Los peluqueros! ¿Que habrá sido de ellos? Y cuántos profesores. El de psicología, Luis Hernán Laverde, del que creo que ya he hablado unas líneas en estos capítulos. Sí, claro. El charrito que era tan pagado de su aspecto físico, que hasta barras debía hacer. Tenía una bolsita de tela amarilla en la que cargaba las tizas. Era muy sonriente. Un tipo complacido de su suerte. De espalda al tablero, inclinado sobre la mesa, buscaba una tiza en su bolsita, que debía estar marcada con su nombre. Pero todavía no se atrevía a comenzar la lección, porque no había llegado un buen número de alumnos. Entonces, mientras se compactaba el grupo, se relajaba fumando un cigarrillo. Era frecuente que los profesores fumaran en clase, que compartieran un cigarro a un estudiante, o que, en los apuros de fumar, recibieran un cigarro de un alumno. Y todos contentos. Cuántos docentes no merecieron el apodo"Diasepan", porque sus lecciones nos adormecían. En ocasiones era el chirrido de la tiza en la pizarra lo que nos desperezaba. Parecía un corrientazo eléctrico. Algo de charco de petróleo tenía la pizarra, y solo bastaba una chispa de fuego para originar el incendio. ¡Que todo ardiera! Charcos de pez en los que chapoteábamos. Pero no íbamos más allá de la tiza y lo que esta escribía, números, conceptos, cuadros, mapas, árboles semánticos, en fin. La pizarra podía con cualquier idea, incluso la más extravagante e infernal, incluso la más inofensiva. Y de verdad que jamás vimos que aquello fuese una petrificada laguna de brea. Ningún profesor quiso enseñarnos eso. Por eso más de uno se desentendía del asunto y subvertía la clase escribiendo poemas en su cuaderno. Sé que por ahí debo tener otros apuntes sobre Orlando Carrillo e Ignacio Henao, alguna imagen de Hugo Guarín. Habré de buscarlos.
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