Fue una época dura, aquella en que intenté postularme para profesor de los cursos de extensión de la u, en que Ignacio mostró un interés cierto por ayudarme a conseguir esa plaza. Lo único que tenía que hacer era redactar un plan de área de español convincente, pero me agarró ese desánimo. Trabajaba en el colegio Fray Rafael de la Serna y el dinero no alcanzaba. Necesitaba otros ingresos. En esos días dejé el cobijo de mi hermana mayor y me iría a vivir solo, y pronto me amancebaría con una mujer y nos embarcaríamos en el reto de ser padres. Había que hacerse cargo de los gastos de arriendo y lo demás. Soy un tipo con suerte, porque siempre encontré personas en mi camino dispuestas a ayudarme, gente que percibía nobleza en mí y que me echaba una mano. Jorge Gil, por ejemplo, un valluno que fue colega mío en la Salle de Bello, y que siempre estaba listo a salvarme prestándome unos pesos. Y el maestro Estévez, que me pasaba prospectos de concursos literarios y me animaba a participar, confiado en que me los ganara y saliera de mis apuros económicos. Ignacio se hacía cargo de las penurias de mi bolsillo, y una vez se ofreció a pagarme si le ayudaba a calificar trabajos del colegio, pero ni siquiera tomé en serio su propuesta, porque se me antojaba un asunto horrible. ¡No! Jamás. En aquellos días el maestro Estévez, que también dictaba cursos de español en la universidad, me suministró un programa elaborado por él. Todavía pensaba en la oferta de Nacho Pierna Corta con respecto a la plaza de profesor de los cursos de extensión. Al final, como he dicho, mandé todo eso al diablo. Seguro que a Ignacio le inspiraba la buena fe al ofrecerme que le calificara los exámenes, no podía ser de otro modo. Este muchacho anda mal de dinero, está necesitado, tirémosle el gancho. Jamás me ha gustado calificar exámenes. De profesor prefería eludir, hasta donde fuera posible, esta forma de evaluar a los estudiantes. "Ese profesor no hace exámenes", era una frase de los alumnos que sonaba elogiosa a mis oídos, aunque los colegas y los directivos viniesen lanza en ristre contra mí. Ignacio sabía de mis dotes de escritor y poeta, y halagaba mi vanidad con su interés y confianza. Un mediodía en el Pascual Bravo convocó al alumnado a un acto especial en el que leí mis poemas. Recuerdo que yo había escrito unos textos sobre Machu Pichu, Chichen Itzá y Chichicastenango, y eso fue lo que leí, mayoritariamente, en aquel acto. Ignacio se extrañó de que yo celebrara esos lugares míticos en mis versos, incluso me preguntó si había estado allí. Le dije que no necesitaba estar en un lugar para escribir sobre él, que me abandonaba a la imaginación y listo. No sé si esto le hizo gracia o no. Si hubiese entrado en un debate con Ignacio (cosa que nunca ocurrió), mi argumento hubiera sido este: "escribí un poema sobre el devónico, ¿quiere decir que estuve allí? ¿Es un pecado sentirse hermano del categocéfalo?" ¡Chichicastenango! Algo tengo que ver con la piedra y su noche de siglos. Algo tengo que ver con el dolmen y el menhir. Total, que esa fue de mis primeras lecturas de poemas ante un auditorio, y agradecí a Nacho que me diera la oportunidad. De vez en cuando pensaba en devolverle el libro de Lu Sin que me prestó. Por ahí debe estar. Ignacio era un buen tipo, lo mismo su esposa, Luz Estela, buena persona. Las hijas practicaban patinaje a escala profesional, eran medallistas en torneos importantes, y ellos, los padres, se mantenían ufanos, lo mismo que con el parlache. Había en Ignacio una faceta sencilla y cálida que me entusiasmaba, un ángulo de su personalidad que me hacía sentirlo como un buen amigo. También había en él la un poco convencional y vacía dignidad del profesor, del que se ha superado mediante la educación. Una vez, hablando de un colega de español del Pascual Bravo, comentó: "don Julio es una persona interesante, pero carece de instrucción". En ese entonces yo comenzaba a escribir algunos apuntes pedagógicos, a echarle candela al sacro templo de la tradición. ¿Qué es la instrucción al fin y al cabo? Fernando González, el maestro de Otraparte, nos advierte: "No creas que te haces más sabio leyendo que atisbando". Ignacio era un vidabuena, de los que aguardaba la pensión entre cómodos arquetipos y seguros hábitos. La mayoría somos como Ignacio, estamos con el mejor postor, queremos atravesar la montaña y coronar el cielo sin el susto de los abismos.
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