Hoy todavía doy vueltas en mi cabeza a la pregunta insistente de John Charles. Se me antojaba una perogrullada, no tenía dificultad en responderle, pero debía de existir algo más allá. Hoy todavía lo medito. Era el énfasis, la tenacidad, el misterio de que revestía su interrogante lo que me decía que no era tan simple la respuesta, que era preciso ahondar. Me preguntaba si John Charles no se hacía un lío, si no se ahogaba en un vaso de agua, si lo suyo no era pura necedad, dar lata. Su cuestión era esta: "¿dónde se proyectan las imágenes que las personas y las cosas suscitan en nosotros? Una película se proyecta sobre una pared o un lienzo, bien, ¿dónde se proyectan las impresiones que los objetos externos originan en nosotros?" Para John Charles, en aquella época, esto parecía un enigma insoluble. Hoy volvería a contestarle, acudiendo a la lógica, que en la mente, en el cerebro, en un órgano sensorial relacionado con la visión, el oído, etcétera. En aquellos días, como hoy, John Charles solo hubiese tenido que consultar al respecto en algún libro. Hoy Google le hubiese sacado del apuro en un segundo. La verdad es que John Charles era perezoso. En las cosas en que su ardor maniático le guiaba era presto, en lo demás, negligente. Claro. En los sentidos está todo, son la clave de la percepción, del entendimiento. ¿Cómo podría ser de otro modo? Los sentidos son esos eficaces apéndices que nos ponen en contacto con el mundo. Por ellos aprehendemos lo que Kant llama las intuiciones primordiales, los dos grandes a priori, el espacio y el tiempo. Los sentidos son el enlace con la realidad. Claro que hay algo más allá, el universo formal, trascendente, la razón pura. Seguro que en aquellos días de la u, yo remitía a John Charles al signo linguístico y la teoría de Saussure. Significante (espectro sonoro) y significante (imagen conceptual). En fin. Hoy añadiría a la explicación a John Charles el fenómeno de la visión humana, la luz que impacta en los ojos, su paso a través de la córnea, el iris, la pupila, la retina, el nervio óptico, el cerebro (entre la pupila y la retina, el cristalino, que es como un espejo, como una pantalla). El cerebro recibe la información y la devuelve en imágenes. No hay colores propiamente, solo radiaciones electromagnéticas con determinada longitud de onda. Cada tono en el espectro de colores del ojo corresponde a una longitud de onda, donde la mayor magnitud equivale al rojo e infrarrojo (700 nm, -nanomol, cantidad de una sustancia igual a una billonésima de mol). El ultravioleta se ubica a unos 400 nm. El espectro visible (nuestra vista) a 550 nm. La radiación ultravioleta proviene del sol y de fuentes artificiales: fenómeno de la fluorescencia. Son rayos invisibles. Se hacen visibles a través del fenómeno de la fluorescencia. Es una cosa muy hermosa. Tras la sesuda explicación científica alcanzamos a vislumbrar la belleza. Más allá de los fenómenos está la cosa en sí, dice Kant, lo intangible. Es a través de esta maraña de teorías y explicaciones donde se supone que alienta la causa primera, Dios. Era así como John Charles, tal vez sin mucho fundamento, por medio de una pregunta capciosa, trataba de llevarme a Dios. Es lo que pienso hoy. Ya la filosofía nos pone en guardia contra la apariencia y la ilusión. Platón le llamaba mundo de sombras. ¿Dónde se proyectan las imágenes? Ese John Charles. Recordar asimismo que todo es materia, la res extensa de Descartes. Y nosotros, el individuo, res cogitans. Somos una partícula de materia. Es muy bello. Que John Charles no era un tipo del montón lo probaba su colección de máximas. "La belleza comienza cuando se empieza a cortejar a la bestia". Radiaciones electromagnéticas, eso es lo que han visto los científicos. ¡Pero cuántas cosas no han visto aún! Lo que está más allá del ultravioleta y del infrarrojo, las subpartículas, cantidades subatómicas. Es eso inasible que Walt Whitman resuelve con un simple verso: "agonies are one of my changes of garments, I do not ask the wounded person how he feels, myself become the wounded person". Con razón (Kant) John Charles gustaba de la literatura inglesa, un Bernard Shaw, un Dos Pasos. Y ese Dean Moriarty de En el camino (Jack Kerouac) con su apetito por Nietzsche. La generación Beat. Leer En el camino en estos días en que escribo sobre John Charles, no es gratuito. Ese mundo loco de la literatura y la filosofía y la música y la errancia y el sexo y la heroína. John Charles venía de un desorden parecido. En noveno de bachillerato ya venía en picada con los estupefacientes. La mamá le compró una moto. Claro, era hijo único, había que consentirlo. Se quebró el culo en la moto. Esto lo aterrizó. La recuperación fue larga y difícil. Duró tres meses en coma, en estado vegetativo. Se fue restableciendo poco a poco. Con fuerza de voluntad volvió a caminar y a hablar. En adelante su andar fue ese desacompasado movimiento convulsivo y su hablar, ese gangoso tartamudeo. Al escribir, no podía dominar ese nervioso temblor en las manos. El bolígrafo bailaba sobre la hoja y debía realizar un gran esfuerzo de concentración que acababa exasperándolo. Durante la convalecencia tuvo un descubrimiento maravilloso: el goce de la lectura. Un profesor del colegio del que se había hecho amigo le prestaba libros. Lo deslumbró con el comentario de que Shakespeare y Dostoievski son dos autores que uno debe conocer antes de morir. Entonces leyó Antonio y Cleopatra, Crimen y Castigo, El rey Lear, Los hermanos Karamazov. Los leyó con fervor, y luego siguió con la Biblia y cualquier libro que cayera en sus manos. Siempre traía algún libro en el morral, lectura de turno. De mormón ya solo leía literatura de circuncidados, Bernard Shaw, por ejemplo. "¿Sabías, Marcos, que Bernard Shaw fue el primer dramaturgo en ganar el Premio Nobel?" Cuando volvió a caminar comenzó a visitar las bibliotecas. Había retrasado sus estudios. Concluyó el bachillerato juiciosamente y se presentó a Bibliotecología.
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