Qué habría sido de la vida de John Charles sin la mamá. Como en una matemática atrofiada, la otra parte de la ecuación (el papá), por circunstancias de nuestra cultura, no existía: se había ido, lo habían matado, falleció, etcétera. Es una matemática desquiciada, la nuestra, en este aspecto familiar. Cuando esa otra parte de la ecuación (el papá) está presente, suele ser un borracho, mujeriego, maltratador y hasta violador. No son nada halagüeñas nuestras circunstancias. La mamá es la guapa, la valiente, la que se hace cargo de todo. Esta fue la situación de John Charles, hijo único. Jhon Charles vivía con la mamá. La primera imagen que tengo de ella fue un mediodía en que John Charles me llevó a su casa en Prado Centro. Quería presentarme a su madre, ardía en deseos de que ella me conociera. Me consideraba su gran amigo, una persona prudente, un estudiante adelantado. Le había hablado de mí a la mamá en los términos más elogiosos. La verdad, le colaboraba harto a John Charles, casi al extremo de sentirme explotado. Una mujer añosa apareció al fondo del pasillo y caminó hacia nosotros secándose las manos en el delantal. Era baja, robusta. John Charles la besó. Entre amable e impaciente, la señora nos saludó y regresó a la cocina: estaba poniendo a punto el almuerzo. John Charles me llevó a su cuarto y descargó el morral. Me recibió mi mochila y la depositó en el escritorio. Embebido de orgullo, sin tardanza, abrió su baúl y me enseñó su colección de revistas pornográficas. Estaba alerta a los movimientos de la mamá, no fuera a sorprenderlo. Pasaba las hojas y observaba los posters con delectación de pervertido, engarzando comentarios y suspiros. ¡Cómo suspiraba! Me pareció que había decantado el arte del suspiro ante la exuberancia del cuerpo femenino. Me confesó que se había pegado muchas masturbadas con el estímulo visual de esas fotografías. Extraña relación la de un hombre deforme con unas mujeres esculturales, me dije. Si esas mujeres puediesen hablar desde sus imágenes de polaroid, seguramente pondrían el grito en el cielo.Pero estaban cautivas, John Charles las tenía a su disposición. Y se divertía vertiendo sus chorros de semen en las tersas y luminosas caras de las modelos. Luego secaba con un trapo. John Charles guardó las revistas de prisa al sentir en el pasillo los pasos de su madre. La señora se arrimó a la puerta con ojos desconfiados, miró al hijo con severidad y le hizo una pregunta inofensiva. Advertí la añagaza de la mujer: solo quería vigilar a John Charles. Pero este, ágil, se había apoderado del fólder de las máximas y fingió una lectura inocente al amigo, ante la hostilidad de la madre, la cual acabó por regresar a su oficio. Tanta lata me había dado John Charles con su colección de revistas pornográficas: al fin me la había enseñado. Era de los que asistía a los cines del centro a ver filmes de sexo. Un personaje del centro, ese era John Charles. Amaba los corrillos polemizantes de los parques, le gustaba meter baza, discutir. Y siempre iba a la caza de placeres obscenos. La última vez que nos vimos en la acera de Comfenalco, ya viejos, me confesó que se estaba comiendo a una muchacha de veinte años. Me lo contó con su voz lenta y suave, con sus ademanes reposados y pulcros, con sus dientes bien cepillados, donde la seda dental había realizado una concienzuda labor previa. ¡Una muchacha de veinte años! Se la comía en un hotel del centro. Sabía cómo conquistarlas. Para él no había mujer fea. No iba tras la cara, sino tras el cuerpo y la exquisitez de las sensaciones. Dentro de todo este obrar de Jhon Charles, alguna vez alcancé a intuir una sensualidad profunda, sabia, del todo desconocida para mí. Tal vez era el amante perfecto. No sé. Sabía decirles a las mujeres cosas dulces. Quizás no fuese palabrería lo de las ventajas de los circuncisos en lo sexual. La cuestión del prepucio no sería una pequeñez. En fin, nunca me tomé muy en serio estas cosas de John Charles, me parecían excentricidades. Ser esclavo del sexo tampoco es que sea gran cosa. Tener en un baúl con llave una colección de revistas, deslizarse todas las tardes a un cine porno, perseguir muchachas y murmurarles piropos. Hay gente para eso. en fin. Un momento después, John Charles me otorgó la preferencia al sentarnos a la mesa. La mamá nos sirvió con una diligencia entre ofuscada y sumisa, y Jhon Charles ostentaba una cara de dignidad acatada. Había advertido una vez y otra a su mamá que invitaría a un amigo a almorzar, que estimaba sobremanera a ese amigo, que debía atenderlo con todos los honores. La pobre señora se afanaba por complacer al hijo y por halagarme a mí. Dimos cuenta de los platos, mientras la mujer iba y venía de la cocina al comedor. No se sentó con nosotros. Me mostré sencillo, educado. Comimos con apetito. En medio de una actitud pugnaz hacia su hijo, la mujer me bombardeó a preguntas sobre el comportamiento de John Charles en la universidad y en la calle. No le tenía confianza, se veía a la legua. Daba a entender que John Charles le mentía mucho. A todo esto, el aludido respondió con un gesto de ofendido pundonor, asegurándole a la mamá que todo iba bien, que era irreprochable en todo, "¿no es cierto, Marcos?" Y yo no tuve más opción que asentir. Pero la señora no quedó muy convencida. Sin embargo, corrió a la cocina a traernos el postre. John Charles le pidió luego un vaso de agua helada y ella se lo trajo con presteza refunfuñona. Jhon Charles estaba satisfecho. La madre se vistió y se despidió, debía ir a trabajar. Era un freno moral que trataba de meter en cintura a ese hijo díscolo. Antes de irse le espetó una lista de admoniciones. Sin hacer caso a las advertencias maternas, John Charles me llevó de nuevo a su cuarto y se absorbió en la lectura y explanación de las máximas. "Escucha esta: la belleza comienza cuando se empieza a cortejar a la bestia". Yo pensé en su postulado de que no hay mujer fea.
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