John Charles es quizás uno de mis condiscípulos de la u de quien más he escrito a lo largo de los años. Lo conocí en los semestres iniciales, cuando él cursaba Bibliotecología. Hoy, transcurridas tres décadas, me lo encuentro por ahí de vez en cuando (claro que, a esta fecha, llevo años sin verlo. La última vez nos cruzamos en el centro, en el andén de la biblioteca Comfenalco). Su figura es harto peculiar, obliga a mirarla más de una vez. Es decir, no es una persona que pasa desapercibida. Cojea al andar, y su cuerpo es sacudido por un temblequeo incontrolable. Este temblequeo le entorpecía al escribir, por eso se atrasaba en clase, y luego pedía a los compañeros que lo desatrasaran, que copiaran por él. No tenía pudor al respecto. Es un poco cargado de espaldas. Aunque su fisonomía resulta extravagante por estas dificultades motrices, su rostro no es desagradable. Siempre se ha preocupado por la higiene de sus dientes, a un punto casi enfermizo. Cuando nos hicimos amigos, me hablaba de que galvanizaba su salud con duchas de agua fría. Era un apologista de la circuncisión, que él se había practicado de manera manual, por medio de un dispendioso y complicado sistema basado en los pajazos. Cosa de locos, la verdad. Hoy puedo afirmar con toda certeza que era un maniático sexual. La circuncisión manual, qué descabellado. Sí, en algo recuerda al sanguinario ritual del escalpelamiento o caza de cabelleras de algunas tribus de Norteamérica, los sioux, por ejemplo. Según John Charles los circundidados tienen mayor goce durante el sexo. Científicamente comprobado, según él. Lo más disparatado es que había detallado en un escrito el proceso de la circuncisión manual, el cual leyó en clase de Español, el curso que nos dictaba Rogelio Franco. Consideraba la masturbación como algo natural, saludable. Afirmaba que la mayoría de hombres exitosos eran circuncisos, y me enviaba a comprobarlo consultando el mundo de la farándula y la política. Toda esa gente triunfadora se había operado el prepucio. Los circuncisos son individuos caracterizados por inconfundibles rasgos físicos, sobre todo faciales. John Charles se jactaba de que, en siete de cada diez casos, con solo estudiar el rostro de alguien, sabía si era circunciso o no. "Circuncídese", me alentaba. "Mañana le enseñaré mi método con detalle. Leeré mi escrito en clase. Quizás lo convenza".
Dos días después, antes de la sesión, John Charles me confió el texto. Su caligrafía eran unos pobres mamarrachos. Permanecíamos sentados en un banco del alto corredor del bloque 11, junto al aula. Desde allí se tenía una agradable panorámica de árboles y tejados universitarios, además de algunos retazos de ciudad. Era a media mañana. El aire tenía esa luz radiosa y acariciadora del verano. Un imperceptible temblor en nuestras fosas nasales delataba la sensualidad de nuestros cuerpos frente al estímulo atmosférico. ¡Sagrada concupiscencia! John Charles se les insinuaba con un descoco sin par a las mujeres que pasaban. No le intimidaban las circunstancias desfavorables de su voz gangosa y su cojera. Ah, porque era un seductor. Tenía la filosofía de que de diez mujeres a las que les pidas el teléfono, al menos cuatro te lo darán. Había que hacerlo, no dormirse, actuar con rapidez, no dejarlas escabullir sin pedirles el número. Las amistades de John Charles eran mujeres sobre todo. Si le presentaban una, la asediaba con descaro, mostrándose confianzudo, manoseándolas. A las compañeras de clase las utilizaba para cumplir con los deberes académicos. No era tímido. Al contrario, era tan desfachatado que rayaba en la impertinencia. Su falta de tacto exasperaba. No se conformaba con hacerlas sus sirvientas, también quería arrastrarlas a la cama. No establecía diferencias de rango. Con las profesoras era igual de imprudente. Varias veces su indiscreción le hizo pasar momentos amargos. Pero él tenía un carácter tan ligero e infantil que lo libraba de remordimientos. Era rijoso como un viejo verde. Su lengua era un panal de abejas. Las mujeres sentían derretirse la miel en sus oídos con sus susurros melosos. A veces se lo veía como un ventarrón impetuoso por los ámbitos de la u, cuando iba tras una mujer o un compañero. Era un tipo del montón, alegre, risueño, bulloso, parrandero, que contaba chistes obscenos, desaplicado, que pagaba para que le hicieran los trabajos, que bebía cerveza, que narraba con ingenua fruición sus aventuras amorosas, llegando a tal minucia en el relato que hacía sonrojar al más licencioso. En fin, era un pesado. Yo me comportaba con reserva. A ratos, mientras John Charles leía, me abismaba contemplando las copas de los árboles y las nubes, transportándome a mundos lejanos e incorpóreos. John Charles me hacía volver a la realidad con enérgicas palmadas en el muslo y con su vocecilla dulzona: "Eh, ¿sí está prestando atención?" "Sí, claro".
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