jueves, 5 de mayo de 2022

Los condiscípulos (John Charles. Cap.7.)

De mirar los pies de una extraña sentada en la cafetería de la u (ella se ha quitado los zapatos por pasajera comodidad) a conocer intimidades tales como que tiene el clítoris invertido, es preciso que transcurra cierto lapso. Nos magnetizan los pies de la extraña, nos levantamos de nuestro asiento, nos acercamos a ella y le decimos: "me gustan tus pies". De esta coquetería superficial a conocer particularidades del órgano sexual de la susodicha, la vida debe acomodar ciertas cosas, formalidades, etcétera. Se trataba de Patricia. A John Charles le tomó dos meses hacerla su novia. Pero, ¿qué relación hay entre los pies de una mujer y su clítoris? John Charles debía saberlo. Era un experto en esas cuestiones. La sexualidad humana le interesaba por encima de todo. El vulgo también hace gala de algunas creencias y supersticiones al respecto. Resultan hasta chabacanos. John Charles era un entendido sobre características anatómicas, magnitudes y rentabilidad en el placer. Del grosor de la muñeca de un individuo deducía rigurosas proporciones en otro órgano. John Charles llegaba al punto de parecer maricón, porque en el estudio admirativo del cuerpo y su capacidad erótica, se desvivía hasta por las fisonomía masculinas. A mí me decía: "eres apuesto, admiro tu físico, tu piel; en serio, no te rías". Uno no se imagina el día de un sujeto con esta fijación. El asunto es tal, que además del  amor voyerista por la calle y la manía de los cines porno del centro, John Charles tenía en su casa, guardada bajo llave, una colección de Play Boy y su tratado masturbatorio. El clítoris de Patricia lo traía feliz. ¿No era por esa época que me hablaba del libro El punto G? Un clítoris es un pene, con glande y todo, lógico. Uno se maravilla de la sexualidad humana. Es que realmente somos hermafroditas. La determinación del sexo es un fenómeno que parecería tener más de magia y encanto que de determinismo genético. Cuánto tabú existe todavía en estos temas. A John Charles se le abona cierta cientificidad y su voluntad dilucidadora. Era un estudioso del caso. Desde la anatomía, un sexólogo es como un botánico que estudia las flores. Ahí está la flor, muy bonita, pero es sólo el botánico quien la hace objeto de análisis. Los demás nos conformamos con cortarlas y adornar nuestra sala. Lo mismo ocurre con la sexualidad. La gente va al grano. No se interesa por más. Hoy debe haber todavía mucha gente que no sabe nada del clítoris, que no ha oído hablar del punto G. Preguntémosle a John Charles. Nos dará una conferencia. No será tan burdo que te hable de cuántos centímetros se requieren para satisfacer a una mujer, porque el hombre entiende del tema. Es en la raíz del clítoris donde está el goce. Con razón John Charles mantenía su atado de revistas Play Boy en un baúl con candado. La mamá, mujer puritana y severa, habría levantado el grito al cielo al descubrir todo ese arsenal del Diablo. Mínimo un exorcismo hubiese mandado a practicar en el hijo. El clítoris. Hazme ahí, sí. La mamá de John Charles dispersaría anatemas y condenaciones a diestra y siniestra. La vida no era fácil para ella con ese vástago indócil. Le tocó criarlo sola. Cuidaba enfermos, ancianos sobre todo, en horarios agotadores. Ancianos. Qué mundos dispares. El mundo de John Charles centrado en el disfrute del sexo, el de la mamá esquinado en la lidia con los viejos. ¿Cómo vivían? John Charles era un simulador. Ante su madre, no tenía más opción. La conversación necesaria hubiese tenido que darse entre esos dos, entre todo el mundo, en  todas partes. Tú también tienes pene, madre, se llama clítoris. Hijo, tú también tienes clítoris, se llama pene. Y así. Un ser más abierto. Esto tiene necesariamente que hacer una sociedad mejor, sin tanta frustración y tanto asesino en serie. La mamá no se imaginaba los alcances de John Charles, lo entrón que era con las femmes. Me gustan tus pies, estoy buscando novia, ¿estás comprometida? Al poco tiempo ya le está haciendo el amor, descubriendo las peculiaridades de su clítoris, como todo un anatomista. Asesinos en serie de la imaginación, los amantes dedicados, con lupa y bisturí. Seccionemos esta parte, esta membrana. Ahora vamos por aquí. Se vuelven unos artistas, como Jean Batipste Grenouille, el personaje de El perfume. Una sensibilidad tan alquitarada conduce a la monstruosidad. Mejor el bruto que solo se desahoga. El polvo de gallo contento, sin retórica. Bueno, cada quien. Con John Charles nada de polvo de gallo, piensa uno. Ni con el amigo Luis que le gusta que se lo mamen. Non plus ultra del placer. Me gustaría cruzarme con John Charles en esta época de la vida, sostener una charla con él, enterarme de sus avances en la disciplina de la sexología. Preguntarle si volvió a ver a Patricia. Cómo se corteja a la bestia.                        

No hay comentarios:

Publicar un comentario