Otra imagen memorable de John Charles: lo veo alejarse por la explanada de la Plazuela Barrientos, abrazado con la novia. Acaban de despedirse de mí. Jhon charles camina voleando la pierna izquierda. La muchacha se aprieta contra él como un polluelo voluptuoso, necesitado de calor. Es todavía el tiempo en que John Charles no se apasiona a tal punto con los mormones que abomina de la novia, del alcohol, del café. Ella es una mujercita narigona, con ojos de lechuza festiva, pequeña y con algo contrahecho en su fisonomía. Una vez coincidimos en la cafetería. Mientras John Charles dialogaba conmigo, ella convirtió su dedo índice en un estilete de esgrima y chuzó repetidamente a su novio en el estómago, a la vez que articulaba interjecciones alegres. Todos los esfuerzos de John Charles por aquietarla eran vanos. La mujercita se traía sus mañas para darme a entender lo dichoso que hacía a John Charles y las tremendas barreras que cualquier intruso tendría que derribar para cambiar la dirección de su amor. John Charles exhibía ese aspecto de lobo domesticado que presentan los enamorados. Estaba visto que no podríamos conversar por mucho tiempo, pues la inquieta figurita femenina hacía de las suyas. De súbito, los tórtolos se pusieron de pie, debían irse. Estreché la crispada mano de John Charles, dije hasta pronto a la novia y los vi alejarse, cual hijos predilectos del sol, con traza de ser los seres más felices del mundo. Los imaginé yendo a piscina, a hacer el amor. John Charles no pensaba en otra cosa. Ella se llamaba Patricia. Cursaba sexto semestre de Contaduría. Era promotora de ventas en una fábrica de helados. John Charles exhalaba dicha. La conoció en la cafetería de la facultad. "Me gustan tus pies", le dijo. "Gracias". Estoy buscando novia", bromeó él. "No tengo compromiso". Se hicieron amigos. Semanas más tarde habían formalizado el noviazgo. John Charles la recogía en el trabajo. Sentía que el amor era maravilloso. Patricia había transformado su vida. Ella era más bien feíta, pero en ocasiones John Charles la veía tan linda. Sí, Patricia era muy bonita. John Charles no entendía por qué algunas personas no eran capaces de conseguir un amor. Es preciso lanzarse. No era difícil encontrar la media naranja. No hay que guiarse por la belleza del rostro. Patricia manejaba sus pesos. Esto le sonaba bastante a John Charles, quien consideraba siempre insuficiente el dinero que podía sacarle a la mamá. Patricia también cumplía con la exigencia de John Charles de encontrar en la pareja una buena interlocutora tanto para el diálogo como para el tálamo. Se entendían y se colaboraban. Al poco tiempo de la relación, Patricia cambió de empleo. Comenzó a vender cosméticos. Visitaba almacenes y boutiques. John Charles solía acompañarla, pero cada que ella entraba a un negocio, le decía: "espérame afuera". Él respondía con docilidad. Como era observador, se entretenía mirando las vitrinas o sacaba un libro, buscaba asiento y leía. Se sentía a gusto con el aplomo que había ido ganando en la compañía de Patricia. Iba adquiriendo una severidad en la expresión digna del hombre que medita mucho. En lo erótico ella hacía gala de un desenfado y una sapiencia cautivadores. John Charles a su vez se consideraba un buen amante. Cada uno hallaba en el otro un complemento perfecto. En cierta ocasión John Charles y yo estábamos sentados en una mesa de estudio de la u. Yo leía a Edmundo de Amicis, él a Dos Pasos. Hicimos una pausa en nuestras lecturas y nos pusimos a "cachar" (término acuñado por John Charles, sinónimo de "platicar"). John Charles trataba de inducirme a que hablara de mis conquistas amorosas. Yo me mantuve en mi reserva. "Imagino que se rebusca por ahí, ¿no? Aunque tenga aire de misógino, no creo que se mantenga casto. Bueno, sepa una cosa. Las mujeres están para hacerles el amor". Me mostré remiso y acabé desviando el tema. Así era John Charles. Todo lo que estuviese relacionado con el sexo despertaba en él un interés acucioso. Un día lo sorprendí en la biblioteca consultando una enciclopedia de sexualidad en tres tomos. Hojeaba volumen tras volumen. Se fijaba sobre todo en las láminas donde presentaban vaginas, dibujos en blanco y negro. Me dejó perplejo con un comentario: "Patricia tiene el clítoris invertido", al tiempo que confrontaba las gráficas. Barajé por muchos días eso de clítoris invertido. Blandón estudiaba medicina, le preguntaría.
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