lunes, 25 de abril de 2022

Los condiscípulos (John Charles. Cap. 4.)

John Charles se percató de que Marcos, aun siendo tan amable y considerado con él, no seguiría su consejo de circuncidarse, y menos según el procedimiento manual del que se jactaba. Así que trató de adherirlo a la iglesia mormona, a la que se había afiliado hacía poco y de la que estaba orgulloso, aunque su mamá se lo reprochaba. La mamá era católica, apostólica y romana. No podía sino sentirse escandalizda y triste por la elección confesional del hijo, el cual, no se sabe de cuándo acá, se había dejado descrestar por la cultura norteamericana y, en el caso específico de la fe, por un tal Joseph Smith, el fundador de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos días. John Charles regaló a Marcos el Libro de Mormón, una especie de biblia de los seguidores de Smith. "Estúdielo, para que vea la validez de esta religión", lo animó. ¿Qué hubiera dicho la mamá de John Charles si supiese que Joseph Smith se casó con cuarenta mujeres, entre estas una niña de catorce años y señoras casadas? El tipo era todo un bajá, y tenía de dónde escoger mujeres: la congregación. Marcos fue entendiendo que el sistema de vida al que John Charles se adaptaba no era auténtico, que todo ese discurso de la circuncisión y una dieta moderada obedecía a un lavado de cerebro. Los mormones hacían bien su trabajo. Entre las prácticas de esta iglesia estaba la de realizar entrevistas anuales a sus fieles, en las que abordaban preguntas sexuales. No eximían a los niños de estas pruebas. Marcos no podía sentir más que perplejidad cuando su amigo le contaba que había blasfemado del alcohol, el café, el té, el tabaco y la carne, asuntos que Mormón prohibía. "Me deshice de mi colección de revistas pornográficas, rompí el tratado onanista, no volví a ver películas eróticas. Una sensualidad extremada pervierte. Sólo conservo mi colección de máximas". En fin, John Charles delegó en los mormones la tarea de proporcionarle una existencia disciplinada, en regla. Si hay gente que se preocupa por implementar medios para la felicidad de los demás, ¿por qué no confiar en esas personas y en sus métodos? John Charles seguía los consejos de sus maestros espirituales. Había reflexionado bastante respecto al rumbo que debía seguir su vida. La religión le daba seguridad, solvencia anímica, responsabilidades. "En todo ser combaten dos potencias contrarias, la materia y el espíritu. Estas dos fuerzas luchan a lo largo del periplo de cada persona, y pueden destruirnos, pero también pueden fortalecernos. Lea el Libro de Mormón". Y agregaba que uno necesita un ideal para vivir, que su vida transcurría plácida en comunión con sus hermanos de fe, que ojala pudiese convencer a todos sus amigos para que hallaran la dicha en el seno de esta iglesia. Lo consideraba un deber humanitario. Trabajaba por él. En ocasiones Marcos envidiaba esa plenitud en que parecía vivir John Charles. ¿Por qué iba por la vida sintiéndose un desgraciado? ¿Necesitaba unirse a la grey anestesiada para no sentirse excluido? La masa es necesaria, pensaba. El individuo insular es peligroso para sí y para los demás. Veía a la religión y a la ciencia como dos perros rabiosos disputándose el hueso de la verdad. 

Los templos mormones eran bonitas construcciones funcionales, con verdes prados, jardines y a veces hasta con canchas donde practicar deportes. ¡Y esas piletas bautismales! El aire parecía impregnado de inmunizada paz. Los fieles transpiraban bienaventuranza. La comunidad mormona estaba fuertemente unida. ¡Había tanta alegría! ¡Tanta certeza! La suya era la única iglesia verdadera, las demás eran falsas, ni siquiera eran iglesias, sino sectas. Los mormones tenían dinero, y una iglesia rica es una iglesia poderosa. Marcos había acompañado a John Charles al templo mormón de Prado Centro. Salían de la u y caminaban hasta allí, aspirando el aire señorial de las viejas mansiones que ennoblecían ese sector de Medellín. Jhon Charles terminó con la novia que tenía, la cual no congenió con esos arrebatos protestantes. John Charles se iba volviendo austero y acaso pensara que su novia era demasiado mundana. Sus hermanas de fe eran mujeres discretas, llenas de entusiasmo devocional, hermosas chicas entre las que uno podía hallar el amor ideal. Y John Charles se aplicaba a eso, por supuesto, como el fundador Joseph Smith que, entre otras cosas, murió asesinado en Carthage, Illinois, en 1844. John Charles aconsejaba a Marcos unirse a su fe y encontrar una mujer honesta y digna entre todas esas jóvenes que asistían a la congregación. Que no se conformara con una mujer que bebe licor, que fuma, que viste sin recato. Las mujeres del rebaño eran otro cuento, mesuradas, con una alegría matizada por la fe. John Charles era amistoso y locuaz con todas. Marcos acompañaba al amigo, examinaba el terreno. En el fondo, no se sentía bien allí. Sus rumbos eran otros. Acaso le pareciera mejor una mujer que sabe disfrutar de unos tragos, que se abisma en sus pensamientos mientras fuma un cigarrillo, que se viste con seducción. No, no acaba de creerle a Joseph Smith. Sin embargo, una de las imágenes más cautivadoras entre sus recuerdos de la u, es la de John Charles sentado en la biblioteca o en algún pasillo leyendo la Biblia. Cómo había cambiado. Ya no era un tipo del montón, se apartó de todos. Se hizo solitario. La u pasó a jugar un rol secundario en su vida. Descuidó el estudio. Las reuniones y ceremonias con los mormones atrajeron la mayor parte de su tiempo. Leía mucho. Escogía sus amistades con un criterio condicionado por su actitud proselitista. Se comportaba como un tipo reposado, parsimonioso, metódico. Marcos encontraba algo admirable en el proyecto vital de su amigo. ¡Leyendo la Biblia! En tanto que Marcos leía la Sonata a Kreutzer.                       

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