sábado, 16 de abril de 2022

Los condiscípulos (John Charles. Cap. 2.)

En mi novela inédita Hojas al viento la parte correspondiente al personaje John Charles va de la página 83 a la 151. Junto con el capítulo de Gildardo (el estudiante de medicina) y el de José Lebrún (el profesor de literatura), constituyen los más extensos, y acaso también los mejor logrados. Marcos Pita (a quien ya había puesto como protagonista en mi otra novela inédita, Las vueltas de la pelota) vuelve a ser el personaje principal en Hojas al viento. Hojas al viento versa sobre la vida de la universidad, se hace eco del exhorto repetitivo de Estévez sobre que aún no se había escrito en nuestro medio una novela sobre la u. No es una obra que me haya dejado satisfecho. La considero una tentativa. El personaje femenino, Mónica, se asemeja una migaja a la Maga de Rayuela. Aún Marcos Pita no puede ser feliz con una mujer, así que rompe con Mónica. A Mónica se la saca de escena mediante el socorrido recurso de un viaje a otro país, Suecia. Todos estos textos que ahora publico en Trapos de luna (donde aparecen semblanzas de mis maestros y de mis condiscípulos), son material recaudado para otro intento de la novela de la u. Supongo que ahora sí escribiré algo que me deje contento. Sin embargo, ahí está Hojas al viento, pasada en limpio, argollada, archivada en una gaveta de mi escritorio, entre otras obras inéditas. Quién sabe cuál sea su suerte. De algo servirá, al menos como documento de una época. La acabé en marzo de 2007. Allí vemos a John Charles (lo nombro Jhon Wilson) al final de su capítulo anotando en su cuaderno de proverbios un versículo de Isaías 48-21: "abrirá la roca y brotarán las aguas". Este proverbio John Charles se lo dedica a Marcos Pita, a sus búsquedas, a su tenacidad en querer cifrar lo hermoso en el lenguaje. "Abrirá la roca y brotarán las aguas". Algún día. En este proverbio que escribe en su cuaderno como homenaje a Marcos Pita, John Charles patentiza el gusto de Marcos por la Biblia, texto que trajina desde joven. Hasta muy veterano, siempre que salía de viaje, el primer libro que Marcos echaba en su morral era la Biblia. Llegó un tiempo en que no lo hizo más. Pero siempre mantuvo una Biblia de cabecera. Así, pues, John Charles recopilaba máximas en un fólder. En el transcurso de cuatro o cinco años había copiado más de quinientas. Quizás algún día publicase un libro con toda esa sabiduría compilada. El escrito sobre la circuncisión manual lo tenía en una agenda. No había que mezclar las dos cosas. Un asunto era la sapiencia de los siglos, otra la murga de los prepucios. Era digno de ver el recogimiento y la meticulosidad con que John Charles revestía el acto de anotar un proverbio en el fólder. Alguna vez Marcos lo dejó en la biblioteca universitaria entregado a esta pasión de recopilador de máximas. Así que el hombre no era del todo un papanatas. Solía adornar su conversación engarzando una frase célebre aquí, un proverbio allá. "Un voluntario", dijo Rogelio, abriendo el espacio para la lectura de la tarea. John Charles salió al frente, presto. Confiaba en el impacto de su escrito. Se posesionó del atril. Enfrentó al auditorio con un gesto sociable y una mirada risueña. Su tenue voz nasal dominó el aula. Leyó la experiencia de la circuncisión manual. Leyó despacio, con sonreída delectación, marcando el énfasis con pausas deliberadas, hiriendo el aire con los puñales de los dedos, como en espasmódicos movimientos de esgrima, saboreando cada palabra, deteniéndose para dar explicaciones, retomando con calma el hilo de la lectura. Tenía un vicio de dicción consistente en agregar una "q" en medio de algunas palabras, por ejemplo: "haceqdor", "asignaqción". 

El tratado masturbatorio narraba con prolijidad la técnica de la auto-circuncisión con base en una metódica e intensiva práctica de pajazos. La prueba de que el método era eficaz no había que buscarla muy lejos. Estaba ante los ojos del auditorio. John Charles mismo se había circuncidado con este procedimiento. El día en que el cuerito de su prepucio se desgarró y se separó del glande en medio de una jubilosa efusión de sangre fue uno de los más felices de su vida. Al leer, hacía más gráfico el acto masturbatorio con lentas evoluciones de la mano. El tratado terminaba con un breve panegírico sobre las bondades de bañarse con agua fría. Circuncidarse era, pues, una práctica salutífera, así no fuese por cuestiones religiosas. Con pavorosa tranquilidad, John Charles alentó a los varones a seguir su ejemplo. Era fácil, barato. Se evitaba la cirugía, que podía ser costosa. Unos pajazos concienzudos, usando vaselina como lubricante. Suave la mano, constante y ¡ahora! Un tirón más fuerte para desgarrar el cordoncillo prepucial. Qué importaba el dolor pasajero, la escandalosa sangre. Coagulantes caseros a la mano: telarañas o café en polvo. Ya está. Luego abundosa agua fría en el glande. El pene ganaba en apariencia sin esa tirita advenediza. Y el goce sexual se multiplicaba. John Charles se había salido con la suya. A mí volvía a parecerme un ritual salvaje, como el de los sioux y la caza de cabelleras. El escalpamiento de Ralph Morrison, cazador de búfalos, por los cheyenne, en la pradera fuera del fuerte Dodge, en diciembre 7 de 1868. El cadáver tendido con la cabeza pelona, con señales de la reciente tortura. Hermosa cabellera. Bello prepucio. Olor conducente a descanso, y esas cosas.                      

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