Amed no aparece por ningún lado en mis cuadernos, ni siquiera en los de aquella época de la u, cuando coincidimos en el curso de Inglés Diversificado, con el profesor Alcides. Reviso unas páginas en las que escribí unas notas sobre los condiscípulos de entonces, y Amed no aparece por ninguna parte. Es en ese curso de Inglés Diversificado con Alcides, en el bloque de Ingeniería, donde su memoria se precisa. En la clase de las dos de la tarde, donde a más de uno le atacaba la somnolencia y, entre cabeceos, echaba un sueñito. Era el caso de Jhon Carlos, el cojo, un temperamento demasiado sensual y vidabuena, que se entregaba a los placeres del dios Morfeo, porque luego se le daba un ardite pedirle el cuaderno prestado a un compañero para desatrasarse y, lo que es más, para copiar la tarea. Era un tipo perezoso, que hacía apología de la circuncisión y de los baños con agua fría. Estudiaba Bibliotecología. Tenía medio cuerpo torcido, con motricidad dificultosa, por lo que le daba lidia escribir: lo hacía muy despacio. Había quedado así a resultas de un accidente en moto en el que casi pierde la vida. Muchas veces, sin pizca de verguenza, te pedía que le sirvieses de amanuense. Ya hablaremos de Jhon Carlos en otro capítulo. Amed era otra cosa, del todo distinta. Ahora pienso que ese cuento de Luis (La sonrisa de Abud) es un homenaje a Amed. Luis conoció a Amed en la u, eran coterráneos. Luis y Amed siempre me recordaron el libro de Musil (Las tribulaciones del estudiante Torless), donde el escritor austriaco demuestra su pasión por las matemáticas y por la filosofía de Kant. Amed estudiaba Ingeniería, Luis estudió Física antes de enrolarse en Español y Literatura. "Abud era un hombre del desierto. No tuvo padres que lo vieran crecer y hacerse mayor: murieron en una tempestad de arena, dejando a su vástago a merced de las ensoñaciones (que no lo abandonaban) y de la perfidia humana. Todos sabían de Abud, a quien consideraban un ser como pocos; lo miraban ir y venir, ajeno a los trajines de sus congéneres. Para Abud la vida era otra cosa. En el tiempo en que los hombres buscan el calor del cuerpo femenino, Abud solía fijar su vista en las estrellas. Fue así como engendró el propósito de soñar el más hermoso jardín. Abud no hablaba con nadie. Iba y venía por el desierto. Su sueño se fue poblando con los árboles y los animales más soberbios. Abud empezó a sonreír. Su sonrisa se hizo famosa entre los habitantes de las dunas. Mirando su sonrisa, todos podían imaginarse tigres apacibles y serpientes de onduladas pestañas saltando a través de sus palabras. Pero Abud no hablaba, sonreía. Hasta que Ibrahím y Tamar, marido y mujer, concibieron la idea de escamotear el sueño a Abud. Habían amasado una fortuna con vejámenes y sangre. Ibrahím gozaba de un bien surtido harén. A capricho, destinaban a sus semejantes al infortunio o la dicha. Consiguieron su propósito. Abud se pierde para siempre en la noche del desierto. Antes de desaparecer, lo escuchan llorar". Este es el relato de Luis. El amigo Luis. Cuando lo conocí siempre hablaba de Henry Miller. Su vida era parecida a la del escritor norteamericano: irreverencias, amores, penuria, soledad. Siempre estaba hablando de Anais Nin y su libro El delta de venus. Él era Abud, el personaje de su cuento. Amed era de ancestros libaneses, tenía ese hermoso aire del desierto, una virilidad agraciada, don de gentes, como un sol, una estrella de las dunas. Así era Amed. Me gustaba la clase de Alcides nada más por conversar y reír con Amed, por ayudarle en los trabajos de inglés, por estar cerca de ese hálito de costa, arena, mares tórridos, de donde también procedo. Era otro vidabuena, como Jhon Carlos, pero con otro espíritu: era un galán, vestía bien, conquistaba mujeres. Era ese amigo que te ganaba con su sonrisa cálida y franca. Tras unas vacaciones, regresamos a clases y nos derrumbó la noticia: Amed había muerto en un accidente. Se mató en la moto. Fue una cosa maluca de digerir, como con Arizmendy. En su recuerdo se tamiza esa vida festiva e intensa de los costeños que venían a estudiar al interior, que vivían en pensiones, que eran unas porras en matemáticas, que jugaban softbol. En fin, esos seres que se tomaban la existencia con un desenfado superior, de los que acaso debí aprender algo. Luis llevaba un poco las cosas a lo terrible, pero Amed era liviano, volátil. Tenía en sí esa gracia suprema de lo eterno y lo efímero. Sus camisas eran de colores tropicales, y no podía faltarle la colonia. Me hubiese enseñado cómo entrarles a las mujeres, si la vida nos hubiese dado más tiempo. Y seguro que habría incentivado en mí la pasión por las matemáticas. Hoy pienso que Amed fue esa brisa en que se condensó la esencia de la vida universitaria, ese flogisto del tiempo, ese resorte de la imperecedera alegría. El sembrador que ata la gavilla, la deja en el campo, y se va.
No hay comentarios:
Publicar un comentario