Con los años Nelly acabó por convertirse para mí en una desconocida. Era una maestra. A veces se daba una vuelta por la u. Se reunía en la cafetería a botar corriente con un grupo de viejos camaradas, a renegar de las indignas condiciones de su trabajo en un colegio de Medellín. Su escape era la pintura. No era raro que llevara consigo alguna de sus obras, un cuadrito o un lienzo, que enseñaba a sus compañeros de charla, deteniéndose en comentarios sobre aspectos técnicos, particularidades de su estilo, el tiempo que consagraba a su hobby, etcétera. Tampoco como pintora alcanzaba a sentirse plenamente realizada. Era una afición ocasional. A lo mejor también se jalaba sus escritos, como la mayoría de nosotros, pero nunca dio nada a la imprenta ni supe que participara en algún concurso literario. Era una maestra. Es decir, su figura era la de una señora atareada, con ojeras, un poco agria, que no se ha dedicado al cultivo estético de su cuerpo, porque los gorditos rebalsaban aquí y allá. Una señora de fisonomía achaparrada, con cierta insolencia en el andar, testimonio de mejores y lozanos tiempos. Ya todo era un poco ingrato para nosotros, que habíamos dejado atrás la dorada juventud. Éramos unos asalariados del gobierno y, muchos, unos resentidos. Pero este resentimiento no nos impulsaba a nada hermoso, no nos hacía arriesgarnos a dejar la docencia e intentar otros rumbos. De alguna manera, nos habían domesticado, nos habían privado de la rebeldía, y nos sentíamos cómodos. Nos citábamos en la u para esquivar la apabullante sensación de inutilidad de la vida, para compartir un café y conversar. De pronto, entre una cosa y otra, algún colega decía recordarnos de la camada de primíparos, de la tarde de la inducción, de aquellos días en que aún éramos imberbes. ¡Cómo! Sí, ¿no me recuerdas? Somos del mismo año y del mismo semestre. Estuvimos en el mismo grupo de la inducción, aquella tarde. No, no podía recordar que el colega estuviese en aquel grupo de novatos. Si él lo decía. En cambio, recuerdo perfectamente que Nelly estuvo entre el grupo de principiantes de aquella tarde. Nelly y Diana de los Ríos. Muchacha hermosa, Nelly. Diosa radiante, Diana de los Ríos. Era la vida plena de belleza y dulzura, amplia y promisoria como la ribera del mar. ¿Cómo es que Nelly era ahora una desconocida para mí? Si fue de las primeras amistades que trabé en la u. ¿Qué había pasado entretanto? Ahora la veía con indiferencia. Y debo confesar que no me era extraño el motivo de ese desvío. Una vez, en una taberna de salsa, Nelly se negó a bailar conmigo. En otra oportunidad, un amigo común me contó que habló de mí a Nelly y ella dijo no conocerme. El amigo recalcó las señas, en vano. Entonces pensé que la amnesia de Nelly era más orgullo que desmemoria. Cómo es que la vida puede adulterar de tal manera la simpatía, cambiarla en desgana. Así, un día en que Nelly se hallaba en la cafetería universitaria entre un puñado de amigos exhibiendo sus cuadros, me acerqué y saludé a todos, menos a ella. Y aunque parezca ruin, me alegré de las ingratitudes de su fisonomía, de su grasa de más, de sus ojeras profundas. Y cuando contó lo mal que le iba con los alumnos, me mostré desinteresado. Me parecía lamentable que todo esto ocurriera. Conservaba gratos recuerdos de aquella tierna época de estudiantes novatos, cuando coincidimos en el entusiasmo de los cursos introductorios y nuestros cuerpos eran juveniles, flexibles y hermosos. Ah, por qué era todo tan frustrante ahora. ¡Nelly! Aquella joven tarde de siempre: Nelly. Ahora nos reuníamos y mirábamos pasar a la la anciana de ochenta años que estudiaba idiomas. Paraba en Troncos y comía un pastel, despaciosa, desdentada. Lamía las migas de la servilleta. ¿Cómo sería esa lengua? ¡Qué absurdo todo, la vida, esta anciana, y el colega que nos recuerda de la camada de primíparos, sin que uno se acuerde que él estuvo allí, en el glorioso y florido grupo de neófitos! Bebamos una cerveza, brindemos por eso, colega. Bebamos una cerveza y brindemos porque nuestra amiga anhelosa de amor halle un novio esta tarde, porque esta otra amiga de vaparosos vestidos no sea devorada por la ceniza del tiempo. El amigo del colegio que decía que los sesenta años es la edad justa para mandarse mudar. Y el colega memorioso rebatiendo esta tesis: no, la vida, los proyectos, y todas esas monsergas. Pero yo creo que era el condiscípulo del colegio quien tenía razón. Los griegos eran más estrictos en ese sentido: la muerte joven es el ideal. Nelly murió a los veinte años, lo mismo Marcos, lo demás es una máscara raída, gesticulante, grosera. Ah, la anciana que estudiaba idiomas. Bueno, ¿qué habrá sido de ella?
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