miércoles, 13 de abril de 2022

Los condiscípulos (Diana.)

Son muchas cosas las que llegamos a olvidar si no estamos compulsando el recuerdo de manera constante. La memoria es un barco naufragado, hundido, del que a veces sale a flote algún cacharro. Lo abolido se forma en estas lagunas de la memoria, en el cieno donde anclan para siempre las cosas vividas, que ahora son olvido. Mis cuadernos y mis apuntes de escritor son esas fuertes poleas con las que rescato recuerdos del fondo donde yacen los naufragios del tiempo. ¡Y qué cosas encuentro! Diana de los Ríos fue mi condiscípula del primer semestre, igual que Nelly. Con Diana me unió siempre una amistad más cierta, de afinidades y coincidencias. Ya veteranos nos hemos topado por ahí, al azar, conversando con agrado recíproco. Creo que ella terminó de rectora de un colegio, cosa a la que le huí como si en ello me fuera la vida. Yo seguí en mi rol de maestro ordinario, de los que no aspiran sino a pasar desapercibidos, de los que renuncian a formar parte de sindicatos y asociaciones, de los que esquivan reunirse en grupos de estudio y esos asuntos. Diana fue maestra muchos años, luego concursó para rectora. Hay gente que busca una pensión jugosa. El cargo de rector acrece el sueldo. Bueno, cada cual. En mis apuntes de la época de la u encuentro que hasta tuve un flirteo pasajero con Diana. Durante el primer semestre platicamos bastante, novatos ambos, inseguros en el vasto mundo universitario. Después, encuentros ocasionales, breves, saludo, anodinos intercambios de cordialidad, nada más. Y de pronto, a raíz de una coincidencia en un corredor de la u, en el tedio del mediodía, nos vimos desde un ángulo distinto, hubo el hallazgo de algo, la percepción de una luz largo tiempo velada, una mayor delicadeza en las palabras. La camaradería del semestre inicial resucitaba, un deseo en cierne, algo que era mejor, más exquisito, si se callaba y dejábamos que las cosas sucedieran. Convinimos en estudiar juntos, robarle tiempo a la academia para investigar otros tópicos, materias diversas, filosofía, literatura, pedagogía (a Diana le interesaba mucho la pedagogía). Esto resultó a medias. Las obligaciones personales nos imponían un yugo. Sin embargo, hubo una visita a la biblioteca, indagación libresca, discusión leve, lectura parca, poco estimulante, nada más. Así es mejor, pensaba yo. No atarse demasiado a Diana, máxime si su amigo aparecía siempre en el lugar donde ella estuviera, urgiéndola a reunirse con él. Era, el amigo de ella, un joven amable, pero al demonio con los amables jóvenes que andan celando a su mujer. Era más grato dejar todo en manos del destino, no forzar nada, bastarse con los encuentros inopinados, charlas imprevistas, compartir un café, una gaseosa, meterse en un recital de poesía o en la función de un mimo. A veces Diana como que se sentía culpable por exhortarme al proyecto de estudiar y luego no tener tiempo, irse con su amigo, dejarme en la estacada. "La próxima semana estudiamos juntos", me decía a las volandas cuando nos cruzábamos por ahí, y seguía adelante con su amigo, un estudiante de derecho que andaba con una mochila de los kogui terciada en bandolera. Su amigo me propinaba una palmadita como despedida al muchacho taciturno que estudia con mi novia. Esto no era fácil de digerir, hacía tarugo en la garganta. Bueno, eran cosas que pasaban. Ignoro si Diana se casó al fin con ese muchacho, creo que no. La novia del estudiante no es la esposa del profesional, reza el folclore vallenato. Los vi juntos todavía por mucho tiempo, pero no creo que se hayan casado. Nunca llegué a sentir antipatía por Diana, como sí se la tuve una migaja a Nelly. Dondequiera que me veía, Diana se apresuraba a saludarme, siempre con esa energía y ese calor de viejos camaradas. Espero que sea una buena rectora, no una de esas lacras que sólo piensan en el salario y en la jubilación de millones. Me hubiese gustado más, de todos modos, que siguiera como profesora rasa, en lo que existe un dejo de nostálgica belleza.            

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