lunes, 28 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap. 11.)

Amigo Iván Arizmendy, Bello era tantas cosas: caminar por una calle, quedarse un rato en la biblioteca Marco Fidel Suárez (aunque yo prefería el aire reposado de la biblioteca de la cooperativa de los trabajadores textiles, que estaba cerca de Fabricato), entrar a tomar algo (una gaseosa, un café) en una cafetería del parque, sentarse en un banco al aire libre y sentirse viejo con apenas veintidós años. Eran días perdidos, intentando encontrarnos en nuestros pasos errabundos, en el rostro enigmático que nos devolvía el espejo, en la visita a un amigo de la época del colegio, un amigo que nos prestaba libros. Era estar enemistado con los dioses, como un Laocoonte y sus hijos, que serán asfixiados por dos enormes serpientes marinas. Tenían que ser lampreas gigantes, digo yo, poderosas anguilas. El castigo de Poseidón también amargó los días de Ulises, aunque, por otra parte, le concedió inolvidables aventuras y amores: la bella Calipso. Caminábamos las calles de Bello, rebeldes, irredentos, investidos asimismo de una alegría que nadie podría descubrirnos en los ojos, porque era en el alma donde moraba. Con ganas de derrocar a los dioses y a los amos del mundo, a esos tipejos, reyezuelos, y a sus esbirros, quienes toda la vida nos han molido a cachiporra. Un Tomás Cipriano de Mosquera, un Marco Fidel Suárez, un Rafael Reyes, un Laureano Gómez, un Gustavo Rojas Pinilla, ajustarles las cuentas a todos esos canallas. A todos, los de ayer y los de hoy, sin remisión. Sentíamos esa incomodidad a flor de piel, sudábamos por nada, no cabíamos en la ropa, los zapatos nos tallaban. Era precisamente por eso, porque la sociedad nos presentaba unos modelos pervertidos por la arrogancia y el poder, nos exigía rendirles culto, cantar loas a Marco Fidel Suárez, pasar admirados ante su choza. Pero esas devociones no estaban en nuestro corazón. Quizás algún día hasta nos burlamos de esa estúpida choza atravesada en nuestro camino, lamentando no tener una cerilla para echarle fuego como al descuido. El viejo Marco Fidel. Teníamos que alegrarnos porque un ciudadano de Bello había formado parte de la canalla que entregaba nuestro suelo y nuestras riquezas a los rubios del norte. Lo que nos alegraba era caminar, sentir la magia maravillosa del aire matinal, de la brisa vespertina, mirar una manga, un árbol. Seguro que más de uno nos veía cara de guillados, de estar a punto de perpetrar una enormidad, y se apartaban de nuestro lado. ¡Cómo! Si éramos unos jóvenes universitarios, una promesa. Sí, pero habíamos peleado con los dioses de esta tierra, quienes nos mandaban sus serpientes para que nos asfixiaran, para que no nos dieran respiro en casa, en la calle, en la biblioteca, en la cafetería, en el parque, en el banco donde éramos abuelos de veintidós años. El viejo Rojas Pinilla, entregándole la cartera del país a su hija María Eugenia y a su yerno Samuel, bajo el pretexto de obras sociales, de un comité de asistencia. Y de paso destituyendo al que le llevaba la contraria, matando estudiantes, liquidando a cachiporra limpia a los que lo rechiflaban en la  la plaza de toros. En recuerdo suyo hay una plaza homónima en Medellín, detrás de Tejelo, entre Primero de Mayo y Juanambú. Los indigentes que duermen a la intemperie a plenas tres de la tarde ignoran el nombre del personaje del busto ante el que se acogen, un señor de cabeza pelona ataviado con banda y charreteras. Por esos rumbos del centro también caminaba, amigo Arizmendy, años después de que te mandaste mudar, en mi rol de profesor. Te era fiel en el afán de las caminatas y los desvelos, porque nunca he dejado de ser un errante. Y atravesaba la plaza Rojas Pinilla rumbo al colegio privado en que trabajaba, constatando el desdoro del poder, una olvidada estatua de un militar en medio de unas callejas torcidas  y agrias, donde el transeúnte era saludado cotidianamente con sangrazas en la calle, rastro de la marea de violencia de la noche. Como escaras de odio las manchas de sangre se endurecían en la calle, conforme subía el sol. Era más que una reyerta o un simple muñeco despatarrado en la calle y que los técnicos de la muerte levantarían luego. Era un olla, la plaza del viejo general era un lugar peligroso. Todo Medellín y el país era un cementerio. Masacres en aquel bar de la esquina, en aquella cuadra del barrio, en los montes donde se luchaba con la guerrilla, más los millares de muertos por hambre y desnutrición y por falta de oportunidades, la estadística oculta. El busto del militar parecía señorear la inmundicia. Y cada día sería peor. Las hordas de la prostitución y la delincuencia se tomarían el lugar. No había salida. Era el nefasto legado que los canallas nos dejaban. Los nietos en la cárcel por desfalcar las arcas públicas. Y una estatua del prócer en una gangrenada plaza del centro. ¡El prócer! Una de estas tardes, amigo Iván, me atreví por la plaza del viejo general en pesquisa de unos almendros que iluminaban mi recuerdo. Eran tres almendros. Los conocí tiernos, casi recién plantados. Los recordaba de los días en que era profesor y cruzaba a menudo por allí. Tras más de veinte años, esta tarde lluviosa, regresé a buscarlos. Me interné por esas calles siniestras. Umm, en qué sitio vine a dar, me dije, dudando si seguir adelante. Se veía que aquello estaba infestado de bandas. El patrullaje continuo de la policía motorizada parecía confirmar tal realidad. Seguí adelante, a prisa, medroso, fui por Cundinamarca, Juanambú, Tejelo, Carabobo. El general seguía en su pétreo formato de dignidad, rodeado de humana escoria. Solo un almendro, despelucado y añoso, quedaba de los tres del recuerdo. Había otros árboles, jóvenes. El sector había sufrido remodelaciones. Un solo almendro, pero qué grato. La tarde y la aventura me resguardaban ese tesoro. El viejo almendro sigue allí. Eran tres, cada uno en un ángulo de la plaza triangular. Quedó el más próximo a Juanambú. Era eso lo que buscábamos, amigo Iván, por lo que estábamos dispuestos a arriesgar la paz de una tarde en casa con café y libro a bordo, ir al centro de la barbarie y la soledad, atestiguar lo vivido, más allá del desvío de los dioses y las fauces de las serpientes.                     

lunes, 21 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap. 10.)

Los adioses son tristes, las rupturas desgarran, sí. Pero entristece y asusta saber que, entre todo este desbarajuste del corazón, nuestro orgullo, nuestra terquedad, o simplemente el impulso de la vida, nos permiten vislumbrar la posibilidad de otro amor, nos arrojan en otros brazos. Arizmendy acaso no pudo con el dolor de la separación, de perder a su novia, y se mandó mudar. Para mí todo es incierto en las circunstancias de su muerte. Unos dicen que se suicidó, otros que cayó abaleado en una reyerta de madrugada en una calle de Bello. Yo imagino que regresaba a su casa, ebrio, dispuesto a dormir o a estrujar su dolor escribiendo alcoholizadas páginas, cuando le dispararon. Y allí quedó Iván. Aunque era de natural bondadoso, su exaltación y su locura podían hacer que se enzarzara en alegatos. El ambiente de las tabernas y el trago harían el resto. No es difícil alzarse con enemigos en estos rumbos. Entre las imágenes que la noticia de su fin suscitaron en mí, está la de su cuarto con su escritorio, su máquina, sus papeles, sus bolígrafos, sus libros. Imaginaba su espacio hogareño, su cuarto, su parafernalia de escritor, ese último reducto íntimo donde podía sentirse a salvo de las maquinaciones del mundo, donde era un poco dios y se afanaba por crear mundos. Imaginaba quizás lo cerca que estuvo de llegar a casa, de alcanzar las paredes tras la cuales resguardarse de su victimario. Borracho, dando bandazos en la calle, en una atmósfera turbia y desolada, en un soliloquio ruidoso, se aproximaría a su casa. Puedo ver la calle, imaginarla, y el cuarto de Iván me sale al paso, se abalanza a la calle, ante él, ante su impulso de llegar allí y escribir. El cuarto sale a recibirlo en la propia calle en que lo asesinan. Pero los verdugos no ven el cuarto, las paredes que han venido a proteger a Iván, a envolverlo en la calidez de un aire familiar. No, los verdugos solo ven a un hombre que es preciso aniquilar, y le disparan. Pero allí, donde Iván cae, está el cuarto con el escritorio, la máquina de escribir, la hoja en blanco. Mientras los asesinos huyen, él se sienta y escribe su último cuento, que es el primero, El sueño perdido. Yo lo veo allí, tendido, sentado, escribiendo a máquina, muriendo en el asfalto, viviendo en la historia. Esa calle la conozco bien, como conozco la biblioteca, la iglesia, la choza  de Marco Fidel, el complejo fabril al lado de la autopista, el hospital de los locos. Yo solía trotar por esas calles, en vena de juicioso deportista. Las mismas calles por las que Iván discurría en vena de enamorado abrazado con la novia o de solitario coqueteando con la luna. El cuarto venía a mí, entre el arrasamiento de la noticia, y se instalaba en mi mente, con el ensayo sobre Borges que Iván adelantaba, con los rayos y penumbras del misterio de la creación. Mi mente era otra calle de Bello donde Iván caía, donde se levantaba el cuarto del escritor como otra choza de Marco Fidel que todo el mundo tendría que visitar de ahora en adelante, más valioso para mí que la choza del presidente involucrado en la pérdida de Panamá a manos de los gringos. Es la calle donde llevaba a reparar mi máquina de escribir, una cuadra arriba del parque, por el costado derecho de la iglesia. Es por allí donde imagino la casa de Iván, que nunca conocí a ciencia cierta. El técnico era un hombre de figura modesta, sencillo, delgado, de ligero prognatismo. Tardaba más de la cuenta en hacer el trabajo. Yo me devolvía una vez y otra con los crespos hechos. Cobraba barato, pero no se apresuraba en la reparación. Esto me hacía rabiar. Imagino que Iván también tenía una máquina de escribir, una Olivetti monumental, como la del amigo Luis. La mía era una pequeña Brother, regalo de papá a sus hijos, que estudiaban y tenían que hacer trabajos para el colegio. Yo usurpaba el dominio de la máquina sobre mis otros hermanos, y también era el que se preocupaba por mandarla a reparar. ¡Esas viejas máquinas de escribir! Algún día tendremos que hacer un capítulo aparte en su honor. La Olivetti de Iván y de Luis, la Brother de Marcos. ¡La máquina de escribir de Gabo, la de Vargas Llosa, la de Carlos Fuentes! ¡Talleres de Prometeo! ¡La fragua de Vulcano! El sueño perdido tallado a cincelazos de chuzografía, en noches y madrugadas de insomnio. La misma muerte cincelada a martillazos de ensayo y error. Arizmendy regresando a casa aquella madrugada, la cabeza llena de estrofas y versos, su amado Borges, la novia perdida. Yo pasaba por la calle aquella, la del técnico cachazudo, y allí estaba el cuarto de Iván, interrumpiendo mi ruta de caminante ensombrecido, abriéndome la puerta del reducto del amigo: "entra, ahí está la máquina, escribe". Y yo entro, tomo asiento y me pongo a escribir. Para eso madrugo.                    

sábado, 19 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap. 9.)

*Arizmendy y su cuento El sueño perdido; Gildardo y el suyo, Una sombra en la penumbra; Luis y su mujer, que fue novia de Gildardo. Es el cuento de Luis, El hilo, o mejor, su poema, Anáfora del agua. Y está esa otra mujer, Diana Bernal, con su cuento Háblame en silencio, texto al que el amigo de Estefanía (ese Marcos) no cesa de apabullar. ¿Es esa mujer del cuento de Gildardo la que sufre en el cuento de Arizmendy? Pero en el cuento de Arizmendy es el muchacho quien sufre, quien espera en vano el sonido del teléfono. Es “esa mujer anhelante, aguardando la periódica visita de su novio, en el aire de una sensualidad compartida, en la penumbra de una casa (su casa, la de la mujer) donde los bombillos encendidos fastidian la tranquilidad de los padres”. Esa mujer es Estefanía, la madre de Celeste, con su divorcio de un hombre que la golpeaba, con su noviazgo y su idea de romperlo, con su cuadro clínico de ansiedad, con su oficio de profesora de primaria y su relación con Selene, la alumna ciega, con su furor uterino y su desdén por los escritos del amigo. Estefanía es una mujer un poco histérica, irritable. También se le intuyen asuntos lésbicos (su grupo de amigas) y trágicos (la amiga a la que asesinaron en el bus, de regreso de una obra teatral). Es el personaje masculino del cuento de Gildardo, que vive sobrecogido por la violencia que azota a la ciudad. Y está además el poema de Jhony a Teresa, iniciadora de amores. Bueno, y el cuento de Elvia Cecilia, sobre la historia de Marta Luz. Luis no recuerda a Arizmendy, no lo conoció, no lo trató. Pero en esta trama de locura, se reconocen, los ata una mujer. Esa mujer, Estefanía, que de pronto cae en periodos de silencio, apartándose del amigo, negándose a responder a sus mensajes. Todo porque cualquier cosilla la ofende. Porque el amigo habla poco, porque ella quiere hablar y ser escuchada. No es amiga de los monosílabos. Y el amigo se pregunta (también esta es una causa de su ir soltando), si ella gusta de la lectura, ¿por qué se ha mostrado indiferente ante los escritos de él? Él le ha hecho más que una insinuación con respecto a ellos. Pero Estefanía se muestra ajena, descortés, fría. ¿Qué hay tras esa frialdad? Es extraño. Porque ella ama la lectura, es lo que afirma. Ama leer para sí y a los demás. En varias ocasiones le ha leído a él apartes de la novela Una mujer de cuatro en conducta, su libro favorito, la historia de Helena, una campesina de Santa Elena. Él le compartió su blog literario, le compartió su libro de cuentos, le compartió la  obra pedagógica con la que ascendió en el escalafón docente. Sólo por esta última demostró una pizca de interés, sin que la cosa pasara de ahí. Tiene demandado al ex marido. Este se consiguió una novia y se fue a vivir a Bogotá. Gildardo, Luis, Arizmendy. Y siempre esas historias de amores. A Gildardo no se le da nada que Luis se haya quedado con su novia. Cosa que no ocurre con Arteaga, que se distancia de Luis por líos de faldas. Las faldas siempre andan por allí, metiendo ruido, intoxicando el cerebro de cuanto incauto se cruza en el camino. Madre y padre veinticuatro siete, así le toca a Estefanía. Y esto la mantiene al borde del estallido. Y Estefanía afirma que si le descubren una enfermedad grave, se manda mudar. ¿Fue eso lo que hizo Arizmendy? En el que menos se piensa laten instintos suicidas. Estefanía tiene 36 años, y su hijita, 6. Se embarazó a los 30, luego de convivir diez años con el marido, de haberse casado con él en el octavo año de la relación. Un asunto desquiciado. En su boda, dos carretas de libros fueron colocadas a la entrada del salón de recepciones, para que los invitados cogieran el volumen que quisieran. La idea fue de ella. Su otro libro preferido es El amor en los tiempos del cólera. Siempre se la ve andando como a disgusto, a los empellones, en compañía de su niña. A Estefanía le gusta callejear, y la pequeña limita sus expansiones. “La tuve muy tarde”, afirma.       

jueves, 17 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap.8.)

Háblame de ese amigo con el que nos cruzamos una tarde, mientras caminábamos cogidos de la mano. ¿Quién es él? Su atmósfera de solitario me turbó, ese como callado desgarramiento. ¿Es un condiscípulo de la u? ¿Estudia literatura como tú? ¿Es otro desvelado? Ah, se llama Marcos. Háblame en silencio, ese silencio tuyo tan profundo, tan decidido. Es verdad, sueles estar alegre, reír, pero no es ese tu ser verdadero. Lo he notado. Tus expansiones y tus risotadas tienen un fondo de tristeza y lastimadura. Háblame en silencio de ese cuento que escribías, que terminaste y te sugerí enviar al concurso: El sueño perdido. Recibió una mención de honor. Es una historia de dos universitarios, un amor, una ruptura; y el muchacho, después de siete años, sigue llamándola, y ella negándose a una reconciliación. Y él espera de este lado del teléfono, ansioso, en suspenso, en vano. Háblame de esta historia, ahora que estamos sentados en la cafetería, entre los amigos y la gente, y estás como ausente, y te miro, y me digo, háblame en silencio. Tienes un aura de prófugo, como la de tu amigo Marcos, el moro que vimos aquella tarde, y que yo he visto e otras ocasiones. Es muy extraño ese Marcos. Me dices que asiste al taller de Estévez. Sí, ese maestro regañón, al que tú le dices Tarzán Amargado. A ti no te gustan esos talleres de escritores, echas pestes de ellos. A veces he visto a tu amigo caminando en solitario por las calles de Bello. Un día nos cruzamos en la biblioteca de la cooperativa de los obreros textiles. En otra ocasión lo vi salir de un garito, en la calle de los bares. Debe ser más solitario que tú, si no se permite la compañía de una muchacha. Háblame en silencio de Marcos, ese nimbo de costa que lo rodea, esa brisa de río que expele. ¿Sabes muy poco de él? ¿Coincidieron en un curso o dos? Nos saludó desde el otro margen de la vía , aquella tarde; y entonces me pareció avistar la desolada ribera de su existencia. Así que también él escribe. ¿Has leído algo de él? ¿Nada? ¿Son sesudos sus aportes en clase? ¿Saca excelentes notas en los informes? ¿Tiene una imagen de chico listo entre los profesores? Zaida, que asiste al taller de Estévez, me habla de él. Dice que su prosa es impactante, que escribe muy bien. Estévez le ve madera. Acabó por echarse al bolsillo al maestro, luego de que la aspereza de este lo mortificara al principio. Pero es que Marcos es muy disciplinado y puntual. Háblame en silencio de todo eso, Iván. Y háblame en silencio también de ti, por qué tu rechazo visceral de los talleres, por qué ese arriscamiento en la bohemia y la bebida, oh, mi prófugo. ¿Cuál fue el embrujo de esas páginas acaso malditas, de esas calles? ¿Tanto te lastimó el desamor? Una mujer, ¿la causa de tu desesperación? Esa mujer por la que me dejaste; luego ella te abandonó. Como un mendigo, con furor enloquecido, la buscabas por los bares. "¿La han visto?" preguntabas aquí y allá. Yo fui esa primípara que te ofreció mi mundo, que anheló acompañarte. Me gustaba ese orbe de la literatura, los libros, la escritura. Esto me ató a ti. Por un tiempo te oculté que escribía. Mi experiencia con Estévez fue bochornosa, infeliz, por eso no volví. Solo asistí a una sesión. Aquella tarde en que te conocí fue el cielo para mí. "Acompáñame al amor" osé decirte, cuando me propusiste acompañarme al bus. Y eso fue todo. Fueron días de encandilamiento, de una felicidad sin nombre. Te hice caso cuando me exhortaste a abandonar el taller de Estévez. No se le puede poner cortapisas a la imaginación, ese era tu credo. Era tu pelea con Estévez.    

miércoles, 16 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap. 7.)

*Autónomo, batido, cadáver, chulo, dormido, extinto, finado, gélido, huero, inmóvil, jugado, quieto, lueñe, muñeco, negado, occiso, pospuesto, quintaesenciado, resumido, solo, tundido, uno, varado, walhallado, xiloide, yerto, zafado, en fin, muerto. Es mediodía y estoy tendido de espaldas en una losa de la Facultad de Medicina, cubierto con una sábana. Para ser sincero, ignoraba este destino antecesor de la tumba. Borges me hubiese augurado un jardín de senderos que se  bifurcan, una excentricidad de piedras azules o una celda donde acaso pudiera descifrar la escritura del dios. ¡Recalar en este antro desnudo donde los pichones de médico me picotean, vaya suerte! Como es época de inicio de vacaciones, el edificio está desierto. Casi todas las dependencias están cerradas. En una sala contigua a esta, una muchacha ataviada con una bata blanca se las ve con otro cuerpo tieso y terroso. Yo que destazaba a Faulkner y su método de la impersonalidad artística, hoy sufro el rigor del bisturí de estos jovencitos engreídos. Yo que me solazaba en el dominio de la sinonimia y competía con mis compañeros de la u al que enumerara más “parecidos” de una palabra, hoy, en la definición sucinta de los discípulos de Hipócrates, no soy más que un cadáver.              

¿No es Marcos Pita quien entra en este momento acompañado por un estudiante de último semestre?  Solía cruzarme con Marcos en mis errancias por los parajes de Bello. Yo marchaba abrazado con Patricia y él parecía tropezar con su propia sombra. Eh, Marcos, ¿qué haces aquí?  Mira en donde he acabado, en manos de esta tropa de buitres, una estampa que el mismo Kafka podría reclamar como suya. Incluso a este prospecto de médico que hace tan buenas migas con Marcos, creo reconocerlo, es un vecino del barrio. Claro. ¿Cómo es que se llama? ¡Camilo! El doctorcito Camilo. Pero, ¿qué es lo que pretenden? Me indigna esa mueca asqueada de Camilo. A pesar de tantos semestres, no ha aprendido a dominar su fastidio frente a las emanaciones de los muertos. “Las secreciones humanas son aburridoras. No hay nada más asqueroso que las autopsias, abrir intestinos”, dice a Marcos. Me gusta la impasibilidad de Marcos. Seguro que fue él quien pidió a Camilo que le enseñara esta sección. Debió soltarle así nomás que desde hace tiempo sentía curiosidad por visitar este lugar. Pero si Marcos frecuenta los garitos de Bello, varias veces lo he sorprendido allí. También nos hemos cruzado en esa atmósfera noctámbula de los bares de salsa. Es un poco más joven que yo, y tampoco se ha salvado de la obsesión de las palabras. Asiste al Taller de Bagual. El viejo rijoso se quiere merendar a las potranquitas. Yo no hago concesiones a esa moda de los talleres de escritores, que en el fondo no es otra cosa que un círculo del mutuo elogio. Como decía el viejo Truman Capote, si quieres escribir qué haces aquí, por qué no estás escribiendo en este instante; o como decía Cesar Pavese, amárrate a la silla, que no sientas la tentación de levantarte, escribe como un condenado.  Patricia era la admiradora y la confidente de mis escritos. A nadie más se los enseñaba. Me alentó a que enviara El sueño perdido a un concurso. ¡Patricia! Mi hermosa Patricia. Camilo desliza la sábana y expone mi desnudez a la seria mirada de Marcos. Muy bien, amigo, aquí me tienes. ¿Qué es lo que piensas?

Con un tonito desabrido, Camilo dice: “¿quiere ver más?” Marcos hace un gesto afirmativo. Camilo me destapa hasta la cintura. Soy un cuerpo rígido, de morbosa coloración, la cabeza parda y el torso amarillento. Una costura chapucera me atraviesa el vientre. (Traigo el cráneo mondo. La boca entreabierta muestra pequeños y terrosos dientes. Parezco un hombre senil. Blancos pelos tiesos en la cara. Pero, ¿soy yo? ¿Qué se hizo mi barba de Walt Whitman? ¿La canjeé por aguardiente?) Suturas más chicas aquí y allá. Camilo me golpea una, dos veces, con el índice en el costado: “ya está duro”, dice. La materia putrefacta y negra parece querer reventar por mis costuras. Camilo baja la sábana otro poco, y aparece mi pene, terroso, con el glande carnoso, quieto, duro. Es un miembro viril de tamaño regular. Más grande que pequeño, como le gustaba a Patricia, que seguro, dondequiera que esté, pensará en esto, en su pene. Ven por él, ahora. Está intacto, sin heridas ni costurones. Como si allí la tarea de la descomposición fuese más lenta. “Este cuerpo está inyectado de formol”, dice Camilo. “Suficiente”, dice Marcos.         

domingo, 13 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap. 6.)

*Tzinacán, último sacerdote del imperio (que vive bajo la tutela de un dios al que es costumbre sacrificar víctimas humanas), presencia y sufre en carne propia la intrusión de las hordas conquistadoras, fieras ávidas de botín, cebadas en la matanza. El conquistador Pedro Alvarado somete a Tzinacán a terribles suplicios, con el fin de arrancarle la confesión del escondite del tesoro.Tzinacán no habla, padece los tormentos serenamente. Pedro Alvarado despoja, estraga e incendia la ciudad, y encarcela al sacerdote en una prisión circular, de piedra, en la cual, separados por un muro medianero que no alcanza a la bóveda, yace en compañía de un jaguar. En la bóveda se ha practicado un agujero por el que un carcelero, valiéndose de una roldana y una cuerda, hace llegar trozos de carne y cántaros de agua al animal y al reo, respectivamente.Tzinacán ha envejecido en la cárcel y aguarda, abnegado, la muerte.En medio de sus meditaciones, el prisionero recuerda una de las profecías o leyendas del dios imperial: el dios, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras, el primer día de la Creación escribió una sentencia mágica con el propósito de conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió ni con qué caracteres, pero consta que perdura, secreta, y que la leerá el elegido.Tzinacán se impone la tarea de agotar el tiempo que aún  le conceda la muerte descifrando la escritura del dios. Baraja varias hipótesis, imagina distintas fórmulas, se dicta numerosas preguntas, antes de alcanzar el instante maravilloso de la unión con la divinidad. La imagen que le revela este suceso es una Rueda infinita, en la que están fusionadas todas las entidades, causas y efectos, realidades, preguntas y respuestas del Cosmos. Antes, Tzinacán ya había razonado que, siendo el tigre uno de los atributos del dios, en él podría estar la escritura. Y, en efecto, estaba allí. Ahora sólo necesitaba descifrarla. La imagen de la Rueda, de la que él mismo es una parte, le da la explicación.Tzinacán lee la escritura del dios en las rayas y lunares del tigre. Entendiendo la esencia de la Rueda, entiende el misterio del jaguar. Es una fórmula de catorce palabras, de cuarenta sílabas. Pero Tzinacán no la revela, no la comunica, porque es consciente de que, ante los designios del universo, un hombre (y sus dichas o desventuras triviales) no vale nada, es nadie. Por eso no pronuncia la fórmula del dios y prefiere morir en la oscuridad y el olvido.Tzinacán se convence de que “aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. En el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría una infinita concatenación de hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Un dios solo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo”.

(Callarás la fórmula, te irás en silencio, eso aprendiste de Tzinacán, que estuvo en el secreto y supo qué decía la escritura, pero no lo reveló. Aun así, te irás con un ansia enorme de aprender, hurtándole a la vida el último sorbo. Cuando le preparaban la cicuta, Sócrates se esforzaba por aprender un aria de flauta. Quería saberla antes de morir. Es lo que se dice del maestro ateniense. Escamotearle a la vida la sensación postrera, sin angustia, disfrutándola. Eso harás tú. Absorberás en tu alma la caminata en la tarde, con las montañas tocadas por la luz desfalleciente, con las calles animadas de gente, con un atisbo de dicha en el alma, aunque también puede ser un asomo de tristeza. Porque algo duele. Tal vez el desespero del amor. Quizás el tedio de la vida, ese callejón en el que nos arrincona. No hay otro modo de irse, callar. Así en los momentos previos hayamos barbotado un sinfín de disparates. La palabra del dios queda contigo, impronunciada. Ahí radica el misterio. Un prisionero, acaso en esta imagen descansa el infortunio de la existencia. Un reo, quizás eso fuiste. Del otro lado, en la muerte, se abaten los muros de la cárcel, irrumpe la libertad. Anulada la última ilusión, la del ser. Por fin un reino sin palabras, un orbe de silencio. Por fin libre de la envoltura del lenguaje, del tinglado de las apariencias. No dirás nada, callarás. Ya todo está dicho. La celda se borra, el cuerpo se evapora. Solo queda lo innombrable. Sí, en cierto modo serás eso, un prófugo. Vendrás caminando en el atardecer. Rebasarás a un hombre con traza de guillado que avanza cantando con una voz sonora, profunda, grata al oído. Su canción es una especie de lamento con el que llama a un amor: “Dónde estás, dónde estás, dónde estás; desde que te fuiste no tengo a nadie”. Lo mirarás. Es un individuo maduro, de espesa barba, con una expresión de melancolía. No tiene zapatos. Su ropa está mugrosa. Camina y canta, absorto. Lo dejarás atrás, y pensarás, no sin sarcasmo, que podrías entonar una canción similar. Te alejarás, perseguido por esa queja solitaria. Pasarás frente a un taller donde unos operarios trabajan en un frenesí de martillos y badanas. El estrépito de la ciudad ahogará la tonada del vagabundo. Vagarás, por ahí, describiendo una trayectoria en círculo, embotado por el agrio tufo de la urbe, sintiéndote un fantasma entre millares de espectros grasientos. Sentirás el vago impulso de beber, pero detestas la idea de arrimarte a un bar a exhibir tu soledad. Deambularás, sintiéndote inmerso en un bestiario del Bosco, avanzando sin luz en un laberinto donde todo alarido es inútil, porque nadie te oirá. Terminarás en el parque. Comprarás un paquete de crispetas y te sentarás a comerlas en el atrio de la iglesia. Observarás al grupo de evangélicos disperso en la explanada, envueltos en un aire de bienaventuranza y exultación. Los envidiarás una migaja. Te harás el de la vista gorda ante la mirada insistente y el gesto lascivo de un tipo con aspecto de sodomita. Entrarás a la iglesia, y te sorprenderás al descubrir entre los monaguillos a un muchacho de tu barrio. El joven lee un pasaje del Éxodo, donde Yahvé recrimina a Moisés y le anuncia el destino del pueblo de Israel tras superar el yugo egipcio. Reconocerás la voz del muchacho. Te acercarás al atril y confirmarás tus sospechas. Carlos, ese es su nombre. Mirarás su vestidura blanca y resplandeciente, su cabello negro y compacto, su rostro serio, modelado en una materia austera. Te apaciguará la imagen de ese chico. Asociado al encanto de la arquitectura y a lo emotivo del ritual, ese rostro te reportará sosiego y paz.)         

sábado, 12 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap. 5.)

*El sueño perdido entre tus ojos que no dan tregua, que me persiguen a toda hora, que se han vuelto verdugos. ¿Quién lo hace difícil? ¿Tú? ¿Yo? Tu voz. Es eso, tu voz rompiendo el silencio, torturando, negando la paz. La búsqueda ciega a través de la madrugada, el licor, el desvelo, la poesía. La pugna por ganar una postura firme en el día. Cuando menos se piensa, la confianza en uno mismo se debilita y, poco a poco, el ánimo se desmorona. Oh, infeliz. Las horas vienen a nuestro encuentro como sendas sin torsión y, de pronto: el abismo. Entonces el espíritu se exaspera, y algún inocente ha de pagar. El animal nos posee. Llega a existir una impetuosa fraternidad con la bestia acosada. Este voltear por el horario y las impostergables obligaciones con la generosidad a flor de piel. Aunque los poemas son casi siempre inasibles, nos conformamos con la perspectiva venturosa de una dádiva o de una responsabilidad aceptada y cumplida. Pero cuando caemos en un inopinado recoveco del infierno y los deseos ya no son mansas palomas y la templanza nos deja: ¡piedad! ¡Piedad! ¡Piedad! Uno es un monstruo. Esta lanzadera de días, horarios, auditorios, charlas. Hay que sumar a todo esto unos gramos de aburrimiento, otros de tolerancia. Ahí está el invierno, el frío. Y las palabras no prescritas, las músicas del alma, tu sonrisa que podría salvarme de la inminente catástrofe. El gesto que podría exhortarnos a lo sublime. Pensar que acaso, como Tzinacán, uno sea el elegido y, aun así, que debemos asumir una filosofía de la paciencia y la reflexión. Dejar de lado toda precipitud. Caminar, masticar, pensar despacio. Rumiar. El vértigo es una sensación placentera, pero infecunda y peligrosa. Tampoco hay que vivir cachazuda y torpemente, no. Simplemente, refrenarse un poco, moderarse, templar las pasiones. Maldita sea, ¿para qué somos animales racionales, entonces? Salir de la biblioteca universitaria y sentir la lluvia como una cosa bella y suculenta. Leer esas Baladas y canciones de Rafael Alberti. La exultante osadía de correr un tramo bajo la lluvia, mientras los timoratos se quedan resguardados en el pasillo. Canturrear una canción por los desiertos corredores, en ese ambiente propicio para los besos y el amor. Todavía al entrar al orinal seguir silbando esa música que viene de un lugar del alma donde batalla el mar. Encontrarse con Beatriz, la muchacha que dirige el espacio poético de los viernes al mediodía. Venir por el pasillo, sentir a la espalda pasos rápidos, volver el rostro y reconocer a Beatriz. Primero una sonrisa, luego un hola, un intercambio de frases baladíes, adiós. Pero qué maravilloso haber visto a Beatriz, oír su voz. Y Rafael Alberti, esa infinita sed de mar en el destierro. Baladas y canciones del Paraná. Poemas fáciles de leer. Páginas recorridas por un río inmenso, por una naturaleza vasta, virgen, asombrosa. Extensiones de pasto y firmamento. Lueñes horizontes. Caballos, vacas, ovejas paciendo. Bucólico escenario. Y esa profunda ansiedad del mar, de la patria, del pueblo natal, de los amigos vivos y muertos, de la literatura, de la guerra y su crueldad.  Las ansias de sentirse bien, beber un café con leche, saludar y decir hasta luego a ese muchacho oscuro que asiste al Taller de Estévez, condiscípulo en literatura griega. Sentirse inundado por  una sensación de connivencia con el prójimo. Nadie es perfecto. Todos estamos inmersos en lo cambiante.  ¿Y la dicha? ¿Muy cuesta arriba la dicha? Es en la cafetería, antes de ir a la clase. El vestido anónimo, la facha ordinaria de un estudiante cualquiera. Una camisa negra, un pantalón, unos tenis. Nada del otro mundo. El velo. El castigo de Adán. Angustia, obscuridad. ¿Por qué nos pesa el alma? ¿Alguien podría contarnos? ¿Diagnóstico reservado?

viernes, 11 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap. 4.)

*Iván faltó a la u una semana, sin que nadie diera razón de él. Cualquier tarde, luego de la sesión de literatura rusa, Marcos se cruzó en el corredor con Héctor y supo la noticia de labios de este. Quedó mudo, extraño.Se paró ante el pretil, al lado de Héctor, mientras los compañeros de clase se marchaban sin molestarse en despedirse, como si él no  existiera. Sí, los muchachos se alejaron por el pasillo, hablando animadamente, muy amistosos entre sí, ajenos a su dolor, a este golpe que lo tenía al borde de las lágrimas. Héctor añadía detalles. Se hablaba de suicidio, de desengaños amorosos. Marcos se dijo que Arizmendy había seguido el ejemplo de Tzinacán, el personaje borgiano, irse de este mundo sin revelar el secreto. Porque, ¿qué es un hombre ante los designios del Universo? Nadie. Nada. Tal vez por eso se había mandado mudar, llevando el pensamiento de su autor preferido a su lógica consecuencia. Igual que Tzinacán, prefirió la oscuridad y el olvido. ¿Penar por una mujer? ¿Desvivirse por los sueños triviales que la sociedad blande como acicate? ¿Aspirar a la meta de los profesores, una pensión miserable tras treinta años de deslome? ¿Realizar una obra? Hasta eso era  vanidad. ¡Se ha escrito tanto! ¿Para qué seguir borronando cuartillas? Se puede tener talento, pero a veces se requiere más que eso. Fortuna, por ejemplo. Estrella. De otra parte, somos demasiado ególatras. Si en realidad se creyera en algo. ¿Qué había sido la pasión con los libros? Un altar levantado al paganismo. La confraternidad con los espíritus más rebeldes y telúricos. Un panteón de apóstatas. Nietzsche, por ejemplo. Marcos trató de vislumbrar la mínima lucecita de una tomadura de pelo en las palabras de Héctor, pero no vio sino el desmadeje que cualquier alusión a la muerte de un ser querido provoca en la gente. Qué irónico que fuera Héctor quien le comunicara la novedad. Marcos se acordó de que, días atrás, tuvo desconfianza de Héctor al ver que traía una cámara fotográfica en el morral. Héctor era fotógrafo de eventos sociales, ya se lo había contado. Sin embargo, una emoción enrevesada hizo nacer en Marcos la  sospecha. Fue una cosa momentánea. Salió de la ciudad universitaria. La tristeza lo llevó al Gatopardo, la taberna del frente, a una cerveza, a una desolación sin flancos. Escribió en su cuaderno unos versos desconsolados. Luego, en el humillante hacinamiento del bus de Bello, oprimido por la brutal confabulación de hombros, caderas y costados extraños, pensaba en Arizmendy. No era la tenacidad con la que lo pensaba la que le encharcaba los ojos, sino la idea de que el amigo estaba muerto. Héctor acababa de referírselo. No era que no creyera lo de la muerte de Arizmendy. En una sociedad genocida, la desaparición de un hombre es cosa corriente. ¿Qué escepticismo cabía? La historia reciente de la ciudad era la vaharada de un cementerio. El país estaba bañado en sangre. Qué vaina. Una cuenta más en el rosario de fantasmas de la memoria. Quizás era eso lo que agobiaba. No tanto las circunstancias objetivas del fallecimiento del camarada. Si se suicidó o lo mataron, carecía de importancia. También el lugar donde lo habían sepultado. Marcos pensaba en la cadena de sucesos que se resolvían en esa vida noctámbula e insatisfecha llamada Iván Arizmendy Posada. Cómo esa rutina taciturna y excéntrica se volcaba en un propósito supremo: la literatura. De todos esos días, esas coincidencias, esos diálogos en la u ¿qué quedaba? ¿Cuál era el sedimento de ese precipitado de los días? El recuerdo, sin duda. Para recordación quedaban las carcajadas festivas de Arizmendy, su figura dispar y sus seguidillas de sinónimos: hombre, animal racional, homúnculo, criatura, individuo, macho, persona, prójimo, semejante, mortal.  Claro que era un mortal. Marcos hasta jugó en la mente con el archisabido silogismo: Todo hombre es mortal, Cayo es hombre, luego Cayo es mortal.  Pero eso no explicaba nada. Beatriz, esa joven que también vivía en Bello y que lideraba un espacio poético los viernes al mediodía, le honró con un homenaje póstumo, la lectura de uno de sus escritos: El sueño perdido. La cita fue en el Museo. El facsímil del relato fue repartido entre los asistentes.

jueves, 10 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap. 3.)

*Por los días en que Marcos iniciaba la carrera de español y literatura, tuvo un compañero de clase llamado Iván Arizmendy Posada. Un sujeto indolente, gran lector, amante de las letras, a las que se dedicaba con apasionamiento y disciplina. Amaba a Borges y estaba escribiendo un ensayo sobre éste. Iván citaba con frecuencia la obra borgiana, y vivía absorto en ese mundo de tigres y espejos, de sueños y literaturas exóticas. Medio en broma, recurriendo al paralelismo con Borges, decía que él también batallaba con su Estela Canto. Tenía novia. Era de esos amantes que abrazan a su amor al ir por la calle, envueltos en un aire desinhibido, en una burbuja de arrebato y dulzor. Iván tenía piel clara, estatura sin realce.Era un muchacho extrovertido. Se notaba que tenía más años y experiencia  que el resto de la camada,  aunque no debía rebasar los veintiséis. Manaba de él un aura excéntrica, algo antañón, de vida bohemia y vigilias arduas. Parecía un eterno trasnochado. Daba la impresión de no haber dormido por noches.  Se desplazaba con movimientos rápidos, largas zancadas, brazos agitados. Su insolencia contra el mundo se apaciguaba en el contacto con los amigos. Era versado en muchos temas, conversador; su carácter se expandía y estallaba en fáciles y jocundas carcajadas. Tenía una personalidad atrayente. Convertía en ágora el sitio en que estuviese disertando, ya fuese una jardinera de la explanada de la u, un café de barrio o una banca del bus. Su barba crecida y sus ojos brillantes convocaban escuchas, de los que se constituía en centro de atención. Pronto ganó predicamento entre los compañeros. Era una porra en inglés, materia en la que se había preparado de manera autodidacta. El pensum de los estudiantes de licenciatura en español contenía tres niveles de inglés diversificado, basado en la comprensión lectora, más que en las estructuras profundas de la lengua. Iván volaba en  esta clase.  No presumía de esta ventaja sobre el grueso de sus condiscípulos. Era servicial y se reía de todo. Desprendido con los libros, siempre estaba dispuesto a prestarlos. Una semana se le veía afeitado y, a la siguiente, se paseaba de nuevo con la barba llena, que le daba una apariencia austera y sabihonda. Marcos no entendía el efecto que la clase de Psicología obraba sobre Iván, porque allí guardaba un silencio supersticioso, como si temiera meterse con Freud, Lacan y Jung. Tal vez por su costumbre de trasnochar, siempre iba un poco descuidado en el vestir y con señales de estrago físico. Vestía con modestia, pantalones de ancha bota y camisas manga corta, de géneros más bien escandalosos; calzaba tenis. No cargaba mochila. Iba de aquí para allá con un cuaderno  barato en la mano y a veces sólo con un libro. Vivía en Bello. En sus caminatas íngrimas por calles despobladas, Marcos se había cruzado varias veces con Iván. Una tarde lo vio muy acaramelado con la novia, caminando por el borde de una avenida despoblada, en una atmósfera de intensa pasión. También habían coincidido en el tropel de las tabernas, atraídos por el embrujo de la salsa y el licor. A veces Iván andaba solo, con traza de despechado, con una botella de aguardiente en la pretina. Antes de que Blandón exhortara a Marcos a participar en concursos literarios, Iván ya había encendido en él esa luz. Iván le hacía acordarse de Óscar, ese compañero de décimo, escritor declarado, que llevaba al salón una libreta atiborrada de historias. Marcos se había sentido perplejo por la temprana vocación de Óscar, y por la seguridad de su decisión. Era un muchacho tímido, callado. Al ver que Marcos iba en la misma línea de búsqueda, le confió sus escritos. Marcos se encontró gratamente sorprendido y, desde ese día, lo consideró un amigo. Iván les había contado (a la entrada del salón de clase o en la jardinera bajo el laurel) de su mención de honor en un concurso de cuento, de sus desvelos ante la hoja en blanco, de sus fiestas y tormentos con el lenguaje. Su desparpajo era contagioso. Entre ostentación y chanza, soltaba chorros de palabras sinónimas, exhibiendo su dominio del idioma, tan importante a la hora de vérselas con la escritura. En el recuerdo de Marcos se fijaba una imagen: la singular figura de Iván en medio del corrillo de amigos departiendo un tinto en Kokorico. Al hilo de la plática, Iván ensartaba una palabra y en seguida pronunciaba, risueño, suelto, los sinónimos correspondientes. Gozaba con esta destreza lingüística, en la que no había petulancia, sólo diversión y agudeza. 

martes, 8 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap. 2.)

Marcos le llama prófugo. Ninguno de su círculo de amigos se acuerda de él. Les pregunta, les da señas, y nada, no lo recuerdan. Inicios de la u, primeras cátedras, y todo ese fervor. No, no se acuerdan de esa barba que a veces se dejaba, de esos ojos volados, de esas risotadas alegres, de esos intempestivos abismos. Hombre, no lo recuerdo, tengo una imagen vaga. Es todo lo que atinan a decir. El de El sueño perdido, ese relato que la u publicó y divulgó en el Espacio Poético de los viernes al mediodía en el Museo. Ese texto que habla de un amor trunco, de una separación y un dolor. ¿No conservas la fotocopia? Amarillosa, casi desleída por los años, ¿no la conservas? ¿La hiciste picadillo? Hay otra hoja de esas, que guardas entre tus viejos papeles, donde aparece un cuento de Diana Bernal. Diana Bernal fue otra invitada al Espacio Poético. Diana Bernal sí estuvo allí, de facto, leyendo su Háblame en silencio al auditorio, saboreando la huera ceremonia del halago, mientras que él, a su turno,  no fue más que una sombra invocada, un nombre, un relato en una hoja reproducida por docenas. ¿De verdad no lo recuerdas? Estruja la memoria, devuélvete a esa época, baraja rostros. Incluso como terapia es saludable. Y a veces vienen unos tipos. Sí, es un  poco como una sesión espiritista. Se queda uno perplejo con los rostros que vienen. Esa Diana Bernal, por ejemplo. No, la prosa de él es superior, de lejos. El cuento de Diana Bernal es insípido. Quizás tengas una fotocopia de El sueño perdido por ahí, entre tus libros, doblada, quién sabe. Tal vez un día, buscando alguna otra cosa, como al descuido, salte la hoja con el cuento. Te sentirás impelido a leerlo, verás la fuerza con que escribía y te acordarás de él. Se perdió en el sueño, muy a lo Borges, su escritor preferido. A propósito, hay que releer a Borges. Su Sueño de amor le llevó a otras aguas, a parajes fatídicos. Marcos se pregunta si esa muchacha con la que lo vio caminando alguna vez es la misma de El sueño perdido. La forma como la abrazaba al avanzar por el borde de la calle, parecía que quisiera retenerla para toda la vida y la eternidad. Pero también se dice que ya ahí, en ese abrazo apasionado, revelaba su talón de Aquiles. Para Marcos es más fácil el desvío, la sequedad. No entiende del todo cómo una persona se entrega de tal modo a otra. El prófugo. Se fue una noche, en una de sus bebetas del viernes en el parque de Bello. Había bebido varios días seguidos. Ese día lo vieron en la u, ebrio. Estaba listo. Lo hablaría consigo mismo, que no era su propósito llegar a octogenario, como su querido maestro rioplatense, que mejor honraba el antiguo ideal griego de la muerte joven. Y bien, las fotocopias. El mimeógrafo. Los organizadores del Espacio Poético, los asistentes, el cerco de máscaras indolentes. No alcanzan a llevarse todas las fotocopias, queda todavía un cerrito. Es que no vino toda la gente que esperábamos. Es que la poesía no es que tenga demasiados seguidores. Es que al mediodía uno está pensando en almorzar, en hacer deporte, en darse la siestecita. Marcos siente que le palmean el hombro por la espalda. “¿Me pasas una fotocopia?” Marcos vuelve la cabeza y, sorpresa, ahí está el profesor Fabián con sus gelatinosos ojos tras los lentes, dulzones y perversos ojos. Es la clase de personas que asiste a estos actos, y que también infestan las salas de cine y de conciertos. Qué rostro asqueroso. ¿Y ese tipo ha estado todo el tiempo allí, detrás de él? ¿Y cómo es que Marcos no lo había descubierto? Qué horror. Esos tipos tienen sus mañas. El libreto es el mismo, o quizás introduzcan leves variaciones en el viejo formato. “¿Tienes un facsímil de los poemas?” No es la primera vez que siente el asedio de esos ojos repugnantes. Sigilosos, rastreros, han estado ahí siempre. Es la misma mirada que te escruta desde un lugar incierto del teatro donde asistes a una presentación musical, presta a abordarte en la confusión del interludio. El prófugo. Quizás él se libró adrede de toda esta miserableza, de una vez por todas, mandándose mudar. Con esas maricadas a otro.              

lunes, 7 de marzo de 2022

Los condiscípulos (Arizmendy. Cap. 1.)

*Héctor (el fotógrafo de eventos sociales) y Fredy (el mono que después viviría en San Antonio de Prado, vereda La Florida) le informaron esa tarde, en el corredor del bloque 11, ante el parapeto del cuarto piso, de la muerte de Arizmendy. Fredy fue de los condiscípulos de la camada de primíparos, un joven muy alegre y sociable, con traza de hippie o de artesano, al estilo de Elina y sus amigos. Cuando Marcos se mudó a San Antonio de Prado (cuando empezó como profesor estatal) rumbo al colegio solía cruzarse con Fredy, que bajaba de su predio campestre rumbo a la tiza en otro barrio. Charlaban unos instantes, al borde de la calzada, en vena de buenos camaradas. En esa vereda vivían (de hecho viven aún) otros artesanos, entre estos una mujer tromponcita, a la que Marcos ve todavía por ahí, trasegando por el parque, ahora con sus años, aseñorada, con su buena papada. Esta debió ser pareja de Fredy, debieron vivir juntos. El mono se abrió y la mujer se quedó en el pueblito.

De esos primeros semestres databa asimismo la amistad con Héctor. Coincidieron en la clase de Restrepo, que dictaba Introducción a la literatura, y en cursos como Literatura griega (con Hernán) y Literatura rusa (con Natalia Pikouch). Fueron los amigos iniciales, que luego se irían esfumando, el primero de ellos, Arizmendy, que la peló una madrugada de bohemia incurable en las calles de su amado Bello. Con estos, aunque llegó a tener un trato cordial, no fue amigo de verdad. Arizmendy falleció cuando adelantaba el pregrado, así que no se retrató en los tediosos despachos oficiales, donde se solicitaba una plaza de profesor y se cobraba el sueldo. Uno de sus encuentros ulteriores con Héctor, luego de que ambos se graduaran, fue en  el Distrito Educativo, adonde Héctor fue  a cobrar el salario de maestro cofinanciado. Marcos aún no se había vinculado. Los maestros estaban en paro. Héctor solicitó el cheque en la oficina correspondiente, pero no se lo dieron. “Entonces, seguiremos en paro”, dijo, con una risita sarcástica, mueloncita, que pretendía incomodar al funcionario. A este se le daría un comino la risita y el comentario sarcástico de Héctor. En ese tiempo en que comenzaba las diligencias para enrolarse, Marcos se cruzaba con antiguos compañeros de la u en los despachos del Distrito, ese edificio de Los Huesos. Allí se cruzó una vez con Loren, que tenía un negocio de tizas coreanas y las ofrecía.

Luis tenía la misma categoría contractual que Héctor, eran maestros cofinanciados, una parte la pagaba el departamento, otra la nación. En esos días ya eran profesores en funciones, mientras que Marcos todavía no se ubicaba. Marcos aún laboraba en colegios particulares, y le atacaba la pachorra al pensar en las vueltas del enrole. Pero al final acabaría por allanarse a la realidad. No podía darle largas, como hacía Gallego, que desperdició tantos años, sacándole el cuerpo a la enseñanza, hasta que por fin se decidió, con el consecuente atraso en lo relativo a la pensión y esas cosas. Héctor, Luis y Marcos (y quizás también Fredy) ya estaban jubilados, en tanto que Gallego todavía cogía el tajo, y más, en época de pandemia. La imagen de Iván Arizmendy, entre socarrona e irónica, caracoleaba en el recuerdo, entre los hábitos grises (como decía Luis) de sus condiscípulos, que no habían tenido agallas para largarse, que se habían sometido a una vida de indignidad ante el discutible logro de asegurar la pitanza, conseguirse una casa, un carro, un terrenito.

Arizmendy se fugó, fue un maestro de la fuga, otro Bach. Una melodía recóndita e inclasificable lo sugería en el recuerdo de los que lo conocieron. Los que lo recordaban acaso fuesen pocos, pero no podían olvidarlo. Alguno de estos conservó anotaciones en su cuaderno de la época, apuntes en que lo salvaba del olvido. Sus rasgos, sus acciones, algún escrito suyo, estaban allí. Era una figura entretejida de mariposas y hojas de vid, con algo pletórico y jocundo, y también lastimado, al estilo de Walt Whitman.

Arizmendy acaso los hubiese superado a todos. Así, la noche en que, en un selecto auditorio de la Cámara de Comercio del Poblado, lanzaron el libro laureado de Marcos, y Héctor estuvo entre los asistentes, felicitando al amigo, tal vez quien debiera estar allí, recibiendo los honores, fuese Arizmendy. Porque tenía madera, como decía Estévez.

¿Cómo hubiese sido Arizmendy de profesor? Marcos lo imagina como un maestro feliz, risueño, paternal, de los que se gana, de entrada, el aprecio de los estudiantes. No hubiese sido amargo, como Luis, ni serio, como Marcos. Un locuelo, divertido y satisfecho. Por supuesto, no se tomaría la enseñanza a lo trágico. Esto se daba por descontado.             

martes, 1 de marzo de 2022

Terminología

Hacía tres años me había graduado de la u. Ocasionalmente seguía yendo allí, sobre todo a trotar y a consultar en la biblioteca. Por lo general iba en las tardes, después del trabajo en el colegio, y también algunos sábados. Una de aquellas tardes, hallándome en la biblioteca, avisté a Mónica del Valle, que todavía penaba en la academia. La vi de lejitos. Yo consultaba el catálogo, ella estaba en un extremo de la sala de estudio, con su blusa malva. Nuestras miradas se encontraron. Cambiamos un saludo quedo, superficial, que yo sentí frío. Luego me acerqué a saludarla. Expresó la calidez sonreída que es habitual en ella. Adelantaba una investigación de Terminología, una materia del pensum, me dijo. Se trataba de una reformulación de la gramática de Bello desde la necesidad de la literatura inglesa.

Por estos días he vuelto una o dos veces a la u. Pero la verdad es que, durante los últimos años, había tenido con ella un extenso hiato de distanciamiento. Ya no hay mesas de estudio en los corredores del contorno del Museo, ni en el andén oriental de las afueras del Camilo, ni en el corredor frente a la entrada de la biblioteca, sitios donde solía sentarme, que tantas veces me recibieron con su tibio hálito. Las han acomodado en otros lugares: hablo de las mesas de estudio. Ahora las hay en la parte baja de la fachada de la biblioteca (frente a Troncos, al lado izquierdo de las escalas que comunican a la explanada y al estanque). Ahí me senté a estudiar en esta ocasión, al amparo de los grandes afiches de pensadores y escritores que adornan esa parte del muro del frontis. En la cara sur de la muralla de la biblioteca luce un gran telón con la imagen y una frase de Carlos Gaviria. No recordaba que la biblioteca universitaria lleva el nombre de Carlos Gaviria Díaz. Esta vez me cercioré del dato. Por estos días acompaño a mi esposa a una clínica del centro a que le apliquen una droga intravenosa. El procedimiento es semanal y tarda dos horas. He aprovechado este hueco, mientras mi esposa está acostada en la camilla con una cánula en la vena, para venir a la u y sumirme en la nostalgia.

"Terminología", la materia que Mónica del Valle veía en aquellos días de 1996, cuando daba los últimos sorbos del pregrado (sorbos que a muchos nos saben amargos y fastidiosos), me hace pensar en la situación vital en que muchos nos hallamos, en cierto momento, frente a la u: con ganas de "terminar". Yo ya había terminado, y Mónica del Valle estaba a las puertas de hacerlo. Extrañas materias, que el grueso de la gente ignora que existan: Terminología. Recuerdo que años atrás, cuando aún cursaba la carrera, me matriculé a un curso no obligatorio: Profetas. Mis gustos o mis caprichos me animaban a matricularme en cursos ajenos al plan de estudios. Es así como un semestre asistí a Apreciación Musical, otro a Inglés Básico (nuestro pensum establecía Inglés Diversificado). En cuanto a Profetas, siempre he leído la Biblia, y esos tipos como Elías y Eliseo, así como Isaías me traían guillado. Aún hoy conservo en mi billetera un papel con un versículo manuscrito de Isaías. El papel era más grande; lo doblé y, con los días, se ajó y se partió. Perdí una de las partes. La que me resta dice: "no temas... contigo...no te asustes...yo te doy fuerza y te sostengo con mi diestra".                      

Mónica del Valle era un amor. Estudiaba Inglés. Fue novia de Gallego, un condiscípulo nuestro. Se pasó a vivir en el edificio contiguo al mío, en Bello. Yo le presté un colchón. Solo la visité una vez en que regresaba de jugar fútbol, un domingo. Me senté a charlar un rato con ella (Mónica en el rellano, yo en las escalas). Una noche me contó que se pasaba, que volvía a vivir con sus padres. Me entristecí. Mónica vino cargando el colchón, con el objeto de devolvérmelo. Corrí a recibírselo, para ahorrarle incomodidades, tan pesada carga. Casi no me lo da, quería traerlo hasta la casa. ¿No era adorable?  Yo se lo quité y me quedé hablando con ella en la acera, tan amenamente. En el cielo resplandecían las estrellas. Mónica me dijo: "estoy revisando unos trabajos de mis alumnos" (trabajaba de profesora, como yo). Me hubiese gustado hablar un buen rato con ella, pero no me atreví a proponérselo. Estuvimos de acuerdo en que el afecto familiar hace falta; la carencia de este en los meses que llevaba independiente, era uno de los motivos de su regreso al redil hogareño. No estoy seguro, pero mi distancia de Mónica se debía al hecho de que era la novia de mi amigo. "Terminaba" pues ese lapso de vida alejada de los padres, de desafíos, penurias, angustias. Volvía a casa. Ahora pienso que acaso fue la época en que ella "terminó" con Gallego.