lunes, 28 de febrero de 2022

Taller didáctico

Atado a una rueda de fuego Ixión da vueltas en el infierno por toda la eternidad. Júpiter lo castiga por haber traicionado su hospitalidad cortejando a Juno. Ixión es el padre de los Centauros. Luego de la sesión con Restrepo sobre Cortazar y la literatura fantástica, la piel pegajosa tras un día de trajín, estoy sentado en un banco del corredor del segundo piso del bloque de idiomas. Miro el atardecer. El sol me golpea el lado izquierdo del rostro. Desde aquí observo las macizas columnas  de la biblioteca central. ¿No es Carlos Eduard, mi colega en La Salle, ese que cruza la explanada? Como una ballena gigantesca y retinta, una nube cubre temporalmente el sol, privándole de su vigor. Voces,  lejanas unas, como murmullos, otras más próximas, y el sol, ahora azul en el centro, oro en los bordes de la ígnea rueda, hace que recuerde a Ixión y sus biformes descendientes. ¡Cómo osas irrespetar a la mujer de Júpiter! Rey de los lapitas, Júpiter te asila en el Olimpo. ¡Y la embarras! Pero engendras a los Centauros. ¿Somos biformes? Más que eso. Detrás de mí una voz con tono conspirador, dice: "esa pelada es más chimba". Sí, son chimbas esas peladas. En un momento tendré que ir a clase de Taller Didáctico. ¿Qué tipo de hombre es el profesor de este curso? Es un hombre maduro, delgado, de color cenizo. Muy formal y decoroso en el vestir, brilloso y compacto el cabello negro. Su voz es cansada y lánguida. Una voz fría, lejana, acompañada de ademanes. A mi me parece que chochea, que parece una viejita dando consejos. Siento que hay algo caduco en él, a pesar de que todavía se ve joven. Su piel es renegrida, sin arrugas, me recuerda a un indio. En ocasiones mando al diablo al profesor y contemplo las piernas de esa compañera con cara de grilla. Es más emocionante. No son fáciles estos días. Son los días del racionamiento de energía. Leo a Soren Kierkegaard, Temor y temblor. Papá se levanta y entra a nuestra pieza, la de los varones, y sincroniza los relojes con la nueva hora nacional. De encima del chifonier toma los relojes de Jhony y Carlos y los cuadra, mientras yo hojeo la agenda vinotinto en busca del apunte de la chica que se quiso matar con pastillas. En el curso de Taller didáctico conozco a una muchacha que es sobrina de un finquero de Concordia, a quien conocí cuando viví allí de niño. Se llama Ligia. A Ligia la veo al mediodía, almuerza con dos amigas en el bloque 9. No la saludo, tal vez por fastidio, tal vez porque es mediodía. Sí, tal vez porque la veo fuera de la densidad que la noche le confiere, cuando estamos en clase de Taller didáctico, y salimos y caminamos y yo sé, más que nunca, que sus brazos son velludos, encendida su cara, como la del finquero de Concordia que es su tío, un hombre legendario por su valentía en los duelos con machete y pañuelo. Para mí Ligia no existe al mediodía, solo en la nochecita. Papá luego hace lo mismo con el rondel de madera del reloj de pared, sosteniéndolo con la mano izquierda, moviendo las doradas agujas con la otra. Por último, se sienta en el borde de la cama de Smith: "venga, también le arreglaré el suyo". Y busca el brazo de Smith bajo la manta. Smith duerme. Pero papá saca el brazo a la luz, desabrocha la manilla (el niño duerme con el reloj puesto) y comienza la tarea Es por esta época que, aludiendo, por ejemplo, a estas ocurrencias de papá, pienso en una serie de bellos momentos hogareños. Mientras sincroniza la hora del reloj de Smith, papá musita al niño palabras sonreídas, tiernas. Termina y ata el reloj en la muñeca de Smith. Papá sale del cuarto. Entonces miro el rostro de Smith: está enfadado. Entre dormido y despierto, se acomoda el reloj. Si mi reloj hubiese estado a la vista, seguro que no escapa a la corrección de papá. Lo tengo en el bolso. Una hora de adelanto, vivir las ocho, cuando en realidad son las siete. Soberano lío. En estos días salgo con Magnolia y leo Cartas a un joven poeta, de Rainer María Rilke. Lou Andreas Salomé. Tenías que ser de por allá, de San Petersburgo, de la inmensa Rusia. Rilke. ¿Nietzsche? ¿Freud? "Ningún terreno de la experiencia humana está tan provisto de convenciones como este (el amor): ahí están el cinturón salvavidas de la invención más variada, la barca y el flotador; la convención social ha sabido crear escapes de toda especie, pues, estando inclinada a tomar la vida amorosa como una diversión, debía también darle forma fácil, barata, sin peligro y segura, como son las diversiones públicas", Rilke. Ah, es mi alegato con Magnolia, cómo no me ajusto a esos banales arquetipos del amor, por eso soy un tipo extraño y, en definitiva, un aguafiestas. Atados a la rueda maniática de la academia, como Ixión, giramos, como las manecillas del reloj. Claro, la rueda de Ixión es el reloj del infierno. Lucifer también debe sincronizarlo con la hora nacional. Así nosotros rotando de aula en aula, de profesor en profesor, de lección en lección. A veces uno zanja el asunto no asistiendo a clase. Pero entonces no vemos a Ligia. "A las doce de la noche modificarán la hora nacional", reflexiona mamá. "El primero de mayo a medianoche". Entonces ya no serán las doce sino la una, y tendremos que prolongar la vigilia para sincronizar los relojes, sino queremos trastabillar en el caos. Las menecillas del amor, digo, del reloj. Rilke. La rueda del tormento. Se llama Ligia. Después que nos vemos, siempre acompaño a Magnolia a coger el bus. Me vuelvo solo, pensando en Ixión. Kierkegaard es otro asunto: la fe.                                 

viernes, 25 de febrero de 2022

Luis Fernando Macías

Según los médicos, el defecto de una pierna más corta que la otra es algo más común de lo que cualquiera podría imaginar. Hasta donde entiendo, lo que los especialistas recomiendan es usar una plantilla, y santo remedio. Una vez el amigo Luis me contó que tuvo que ir al doctor porque le dolía la columna. Luis estaba nervioso, sospechaba un mal tremendo, una enfermedad que implicaba cirugía. El doctor lo tranquilizó. Sencillamente, tenía una pierna más corta. Se le aconsejó usar una plantilla.   

Luis Fernando Macías usaba un bastón. Debía padecer alguna dolencia de las piernas, porque no creo que fuese una indumentaria decorativa. Stephen Dédalus inmortalizó su bastón en la novela Ulises, y esto hizo que muchos adoradores de ese libro intentaran imitar al héroe de Joyce. El bastón del bardo. Creo recordar que lo que Stephen usaba era más bien un cayado. Sea como fuere, la imagen que tengo de Luis Fernando Macías (el autor de Amada está lavando, Ganzúa y El cuarteto de la Milagrosa), es la de un hombre sentado en el sofá de la sala de profesores del Pascual Bravo, apoyado en un bastón barnizado. Ignoro si, de algún modo, rendía homenaje a Stephen Dédalus, o simplemente actuaba bajo la coerción de un padecimiento físico. Pero allí estaban el hombre y su bastón, dupla de carne y de ficción, entronizados en ese espacio académico al que yo llegaba con las fuerzas menguadas a realizar mi práctica docente, luego de una jornada análoga en La Salle de Bello. Creo que fue Jairo Guzmán, el de la revista Prometeo, quien me habló bellezas del cayado de Stephen Dédalus, una noche de bohemia en el parque de Bostón y alrededores. En Stephen era más un ornato de su estampa que otra cosa, algo así como el báculo de un domador de hombres que, a su debido tiempo, también podía servir como objeto de defensa. Jairo Guzmán hablaba de imitar a Stephen, ir por la ciudad con un cayado simbólico. La verdad, el asunto me hacía gracia. Lo pensé bastante. Al punto de que en una novela que intenté sobre la u, Mónica, personaje que evoca a la Maga de Cortazar, usa un cayado. 

A lo más que Macías podía acercarse con su bastón barnizado era a una semejanza, no demasiado favorecedora, con el poeta León de Greiff. Ignoro si este ilustre bardo usaba bastón, a lo mejor sí. Con certeza sé que usaba boina, la cual, junto con las gafas y la pipa, componían una figura característica. Macías me recordó siempre a León de Greiff, no porque fuese un poeta de gran envergadura, sino por el tono que se daba, por el aire de literato que gustaba dimanar, por cierta ostentación en sus ademanes. Un narrador sí era. Alguna vez leí Amada está lavando, e intenté meterle el diente a Ganzúa. El cuarteto de la Milagrosa solo lo conozco de nombre. Alguna vez hablé con Luis sobre esta obra y convinimos en que era un título bastante pretencioso, en su emulación de la obra maestra de Laurence Durrell, El cuarteto de Alejandría. 

Nunca en la vida crucé más de dos palabras con Macías. Me dicen que asistía de vez en vez al taller de Estévez, pero jamás coincidimos allí. Yo lo observaba en la u, se movía por el bloque 12 y por las cafeterías. Siempre con esa ampulosidad, con esas ínfulas de gran cosa. Buen escritor sí era. Al menos era un tipo consagrado al arte, con una obra. Siempre vi en él algo postizo. Quizás estaba demasiado pagado de su imagen. Yo rehuía los ambientes y las tertulias donde solían reunirse los escritores. Para mí eran una especie adulterada, amante de falsos brillos. No entendía bien cómo un tipo de estos podía ser profesor en el Pascual Bravo y en la u. Por necesidad tenía que desempeñarse a medias en uno de los dos cargos. Y seguro que la peor parte la llevaba el colegio. Con razón recibían practicantes. Era un buen negocio. La imagen de Macías que observé el día en que fui al Pascual, lo dice todo: un hombre fatigado. Fatiga, esto era lo que reflejaba su cuerpo. También, algo de indefensión. Empacho. Quizás acababa de almorzar y luchaba con la dispepsia. (¡Los péptidos!) A esa hora ambigua entre vigilia y sueño, el sistema digestivo elabora sus síntesis (jugos gástricos, albúminas, peptonas), y el trabajo de este alambique interno doblega la voluntad. Borborigmos. Bien, y los sufridos o explayados pedos. Depende de sí hay personas cerca. Si no hay gente cerca, ah, qué delicia. La forma como Macías estaba sentado (la espalda recta, la mano asiendo el bastón con energía), le daba aspecto de inválido. Y, a la vez, cierta gravedad. Aparecía entre lejano y próximo, entre indolente y atento. Sus ojos no traslucían nada. Me parecieron serenos, mirando más dentro de sí que cualquier otra cosa. También había innegable belleza estética en ese ser, una entidad de inteligencia, de sensibilidad, de discurso, dígase lo que se diga. ¿Ojos negros? (¿En realidad sí hay ojos negros, o es otra tontera de los romances? Sí los hay, pero son escasos.) Se arriesga uno al afirmar de entrada que unos ojos son negros. Los de Macías me parecieron oscuros, ni fríos ni cálidos, ni quietos ni vivaces. El bastón le prestaba una dignidad patente. Era un sujeto joven, aunque la barba, negra y despoblada, le confería un aspecto maduro. Vestía con magisterial decoro. Se notaba en ese carácter una soberbia, un toque de vanidad. Cualquiera que lo viera estaría dispuesto a creer que ese individuo ocupaba un puesto de mando, una jerarquía superior. En esa apatía, en esa desgana, en esa quietud de ídolo, se notaba. Claro, era el jefe del departamento de humanidades del Pascual Bravo. Hasta Ignacio lo trataba con respetuosa consideración. "El escritor", le llamaban en el Pascual, título que haría esponjarse a Macías. Eran palabras mayores. Se llega a merecer ese trato cuando se ha trabajado bastante. Y Macías había hecho lo suyo, qué duda cabe.                        

domingo, 20 de febrero de 2022

Ignacio Henao (cap.2.)

Fue una época dura, aquella en que intenté postularme para profesor de los cursos de extensión de la u, en que Ignacio mostró un interés cierto por ayudarme a conseguir esa plaza. Lo único que tenía que hacer era redactar un plan de área de español convincente, pero me agarró ese desánimo. Trabajaba en el colegio Fray Rafael de la Serna y el dinero no alcanzaba. Necesitaba otros ingresos. En esos días dejé el cobijo de mi hermana mayor y me iría a vivir solo, y pronto me amancebaría con una mujer y nos embarcaríamos en el reto de ser padres. Había que hacerse cargo de los gastos de arriendo y lo demás. Soy un tipo con suerte, porque siempre encontré personas en mi camino dispuestas a ayudarme, gente que percibía nobleza en mí y que me echaba una mano. Jorge Gil, por ejemplo, un valluno que fue colega mío en la Salle de Bello, y que siempre estaba listo a salvarme prestándome unos pesos. Y el maestro Estévez, que me pasaba prospectos de concursos literarios y me animaba a participar, confiado en que me los ganara y saliera de mis apuros económicos. Ignacio se hacía cargo de las penurias de mi bolsillo, y una vez se ofreció a pagarme si le ayudaba a calificar trabajos del colegio, pero ni siquiera tomé en serio su propuesta, porque se me antojaba un asunto horrible. ¡No! Jamás. En aquellos días el maestro Estévez, que también dictaba cursos de español en la universidad, me suministró un programa elaborado por él. Todavía pensaba en la oferta de Nacho Pierna Corta con respecto a la plaza de profesor de los cursos de extensión. Al final, como he dicho, mandé todo eso al diablo. Seguro que a Ignacio le inspiraba la buena fe al ofrecerme que le calificara los exámenes, no podía ser de otro modo. Este muchacho anda mal de dinero, está necesitado, tirémosle el gancho. Jamás me ha gustado calificar exámenes. De profesor prefería eludir, hasta donde fuera posible, esta forma de evaluar a los estudiantes. "Ese profesor no hace exámenes", era una frase de los alumnos que sonaba elogiosa a mis oídos, aunque los colegas y los directivos viniesen lanza en ristre contra mí. Ignacio sabía de mis dotes de escritor y poeta, y halagaba mi vanidad con su interés y confianza. Un mediodía en el Pascual Bravo convocó al alumnado a un acto especial en el que leí mis poemas. Recuerdo que yo había escrito unos textos sobre Machu Pichu, Chichen Itzá y Chichicastenango, y eso fue lo que leí, mayoritariamente, en aquel acto. Ignacio se extrañó de que yo celebrara esos lugares míticos en mis versos, incluso me preguntó si había estado allí. Le dije que no necesitaba estar en un lugar para escribir sobre él, que me abandonaba a la imaginación y listo. No sé si esto le hizo gracia o no. Si hubiese entrado en un debate con Ignacio (cosa que nunca ocurrió), mi argumento hubiera sido este: "escribí un poema sobre el devónico, ¿quiere decir que estuve allí? ¿Es un pecado sentirse hermano del categocéfalo?" ¡Chichicastenango! Algo tengo que ver con la piedra y su noche de siglos. Algo tengo que ver con el dolmen y el menhir. Total, que esa fue de mis primeras lecturas de poemas ante un auditorio, y agradecí a Nacho que me diera la oportunidad. De vez en cuando pensaba en devolverle el libro de Lu Sin que me prestó. Por ahí debe estar. Ignacio era un buen tipo, lo mismo su esposa, Luz Estela, buena persona. Las hijas practicaban patinaje a escala profesional, eran medallistas en torneos importantes, y ellos, los padres, se mantenían ufanos, lo mismo que con el parlache. Había en Ignacio una faceta sencilla y cálida que me entusiasmaba, un ángulo de su personalidad que me hacía sentirlo como un buen amigo. También había en él la un poco convencional y vacía dignidad del profesor, del que se ha superado mediante la educación. Una vez, hablando de un colega de español del Pascual Bravo, comentó: "don Julio es una persona interesante, pero carece de instrucción". En ese entonces yo comenzaba a escribir algunos apuntes pedagógicos, a echarle candela al sacro templo de la tradición. ¿Qué es la instrucción al fin y al cabo? Fernando González, el maestro de Otraparte, nos advierte: "No creas que te haces más sabio leyendo que atisbando". Ignacio era un vidabuena, de los que aguardaba la pensión entre cómodos arquetipos y seguros hábitos. La mayoría somos como Ignacio, estamos con el mejor postor, queremos atravesar la montaña y coronar el cielo sin el susto de los abismos.                   

sábado, 19 de febrero de 2022

Ignacio Henao

No recuerdo con precisión si Ignacio me dictó alguna materia. Lo conocí por Luz Estela, su esposa, que fue mi profesora de uno de los cursos del pregrado. Tampoco recuerdo qué curso me dictó Luz Estela. Solo sé que no se cansaba de hacer cuñas en clase sobre una investigación que Ignacio había realizado sobre el parlache. En ese tiempo los dos daban la lata con el parlache. A menudo me la encontraba en el bloque 12, donde Ignacio tenía su despacho, y conversábamos. Creo que fue ella la que me habló de que Ignacio colaboraba con los practicantes. Era la época en que yo andaba a las puertas de la práctica docente y necesitaba un colegio donde realizarla. Me habían dado a elegir entre varias instituciones y opté por el Pascual Bravo. En el Pascual Bravo había dos profesores que recibían practicantes, Arlés e Ignacio. Una tarde, después de cumplir mi jornada matutina de profesor en La Sallle de Bello, me fui al Pascual Bravo. Nunca antes había pisado yo ese lugar. En esa época no me interesaba saber quién fue Pascual Bravo, solo me preocupaba adelantar mi práctica y salir del paso lo mejor posible. Después supe que Pascual Bravo fue un político y militar antioqueño, de Rionegro (1838-1864), presidente del Estado Soberano de Antioquia entre 1863 y 1864, que murió a temprana edad, asesinado. Me gustó el aire del colegio, las zonas verdes, la amplitud, el estilo antiguo y noble, los jóvenes en la cancha de fútbol, en las escalinatas, en los pasillos, en los salones. Un lugar profano, distinto al que que yo frecuentaba a diario, donde se cantaban las alabanzas a San Juan Bautista de La Salle. Me agradó ese hálito pagano. Estaba allí, entrevistándome con las personas que podían ayudarme. Primero hablé con Arlés, veterano profesor de español, para lo cual tuve que subir al segundo piso y hurtarlo a su clase por un momento. Un hombre panzón, lerdo, que no desaprovechó la ocasión de hacer un chiste a sus alumnos para impresionar al visitante. No me opuso problema, claro. Los practicantes les ahorraban trabajo. Luego decidí conversar con Ignacio. Entonces fue cuando un profesor pulcramente vestido salió de un salón cercano y, sin que yo se lo pidiera, me dijo: "vaya al salón de los tintos, queda abajo". A este hombre lo había encontrado en el portal al llegar. Entonces le pregunté por Arlés e Ignacio, y me instó a ir al segundo piso con una información descabalada. Se había cruzado conmigo otra vez, mientras yo hablaba con Arlés. Y ahora volvía a aparecer, como en cumplimiento de un deber que la conciencia le mandaba: orientarme con suma cordialidad. 

Entré en la sala de los tintos y dije: "¿Ignacio Henao?" Me respondió un hombre de tez trigueña, maduro, casi hundido en un sillón. Nos estrechamos la mano. Ignacio me dijo: "¿conoce al señor?" Y señaló a Macías. "No", mentí. Entonces me lo presentó: "Luis Fernando Macías, jefe del departamento". Estreché la mano al dignamente sentado Macías. Su apretón de mano fue más cálido que el de Ignacio, y esto me hizo anotar un punto en su favor. Ignacio me había tendido una mano fastidiada, negligente, floja, y esto jamás me ha gustado. En el bachillerato un amigo (cuyo nombre no olvido, Martín), corrigió mi defecto de dar la mano flojamente, enseñándome el apretón enérgico, que adopté desde entonces. ¡Cuán agradecido vivo con ese amigo y su cordial enseñanza! Macías y yo cambiamos una mirada. Advertí que recelaba de mi respuesta sobre que no lo conocía. ¿Cómo no iba a conocerlo? Tenía unos ojos sagaces. Detectó mi renuencia. En fin, algo tenía de basilisco, sentado allí en ese blando sillón de la sala de los tintos, un no sé qué de saurio satisfecho y soñoliento, con la facultad intacta de petrificar con la mirada. 

Así fue que di con Ignacio, el gran Nacho Pierna Corta. Tenía un defecto en una pierna, y caminaba con un saltito, algo de lo que también adolece el amigo Jhony. Eran cojos. Y los cojos son malos, según dice mi madre. Mi bisabuelo era mocho, y cuán matacuras era. Un perfecto renegado. Creo que le heredé no pocas prendas. Me arreglé con Ignacio y empecé la práctica. A Ignacio le dije que me dejara los grupos, que no necesitaba quedarse en el aula, que yo tenía experiencia con alumnos. Estuvo de acuerdo. Fue todo un año en esas, de Bello a Robledo, en jornada doble, en la mañana La Salle, en la tarde el Pascual Bravo. No se nos eximía de nada. La práctica era todos los días, con dos grupos cada vez, primero once A, luego once F, por decir algo. Cuando el asesor se quedaba en el salón, los alumnos calaban el asunto, notaban que el practicante estaba siendo evaluado y, en consecuencia, perdían un poco la consideración al neófito, por saberlo sujeto a un supervisor. Eran unos vivos, los alumnos. Su actitud hacia el practicante era la suma de todos esos supuestos. Un tanto por eso eximí a Ignacio de quedarse en el salón. Que se fuera a la sala de tintos a beber café o a dormir. Bien sabía él lo que hacer con el tiempo que los practicantes le aderezaban. A veces me presentaba al Pascual Bravo y encontraba a los docentes en paro. Me salvaba de dar clase. Me iba a la biblioteca del colegio, donde leía a Steinbeck (El omnibús perdido) y a Hawthorne (la letra escarlata). Me vencía el sueño. 

Con Nacho Pierna Corta hice buena amistad. Me prestó un libro de novelas de Lu Sin que jamás le devolví. Aún lo conservo. Tras la práctica, solía visitarlo en su oficina del bloque 12. Siempre daba la lata con el parlache. Un día me ofreció una plaza como profesor de cursos de extensión, para lo cual había que redactar un programa de español. Me prestó un programa para que me orientara. "Examínelo, ojalá le sea de algún provecho", me dijo. "Gracias", dije. Me marché de la oficina de Ignacio con dos cuartillas estenografiadas donde descansaba un concienzudo plan de área. Mi propósito era estudiar el material para, a mi vez, redactar uno propio. Estaba entusiasmado con la idea de obtener un trabajo complementario a mi labor de docente. El hecho de que Ignacio estuviese a cargo de los cursos de extensión, me colocaba en una situación ventajosa sobre los demás aspirantes. Analicé el programa y me avasalló un desánimo abrumador. No hallé manera de elaborar algo donde brillara una pizca de creatividad personal. Acaso no me empeñé demasiado en ello. Las propuestas de Ignacio eran sumamente sensatas, estructuradas con rigor científico. Yo entendía que ese era el camino a seguir. Intenté definir los mismos postulados con distintas palabras. Tachoné. Enmendé. Reescribí. Al final, venció la desgana, el pesimismo, un desaliento sin parangón en la historia de mis sensaciones. Me desentendí del asunto. Renuncié a la posibilidad de competir por esa plaza. No volví a hablar con Ignacio. En el fondo, me mostraba escéptico frente a esos trabajitos y las maniobras que había que realizar para conseguirlos. La misma impotencia de redactar ese programa (lo huecas que parecían las frases de la justificación y los objetivos) constituía una señal significativa de mi estado anímico. Mis finanzas no eran muy solventes. Requería un empleo adicional. Yo más que nadie lo sabía. Preferí desechar esa expectativa, librarme de las angustias que esta me ocasionaba y aguardar otra oportunidad.                                

miércoles, 16 de febrero de 2022

Orlando Carrillo, Hugo Guarín, Rito Llerena, Norbey, Ignacio Henao.

Orlando Carrillo era un profesor de la Facultad de Educación, una eminencia. Sus cursos eran muy famosos, y los estudiantes predicaban las bondades del maestro. Hugo Guarín, que nunca me dictó clase y que se aquerenciaba donde Pastora. Era un profesor de matemáticas, uno de los autores del famoso libro Matemática moderna estructurada, en boga en mis tiempos de colegio, así como Español y literatura,  de Lucila González de Chávez, era la biblia de ese tiempo entre los libros de texto de español. Había otro libro de texto de español para el bachillerato muy corriente en aquellos días: Comuniquémonos, pero no recuerdo sus autores. Rito LLerena era un negro de andar garboso y de sosegada estampa, profesor de Humanidades. Su libro de texto Lengua Materna fue de mucho predicamento en la época en que comenzaron a difundirse los pre-Icfes. Recuerdo que en la u dictaban pre-Icfes los sábados, siendo muy célebre el de Lengua castellana, basado en el citado texto de Rito Llerena. Mis vecinos universitarios del cuarto piso, los Blandón, me prestaron el libro Lengua materna, y allí fue donde me entrené para el examen de admisión a la de Antioquia. Así que tengo una deuda con Rito Llerena (y con los Blandón, por supuesto) que, por otra parte, era costeño, de la misma tierra mía. También estaba Norbey, el bajito saludable y cálido, de chiverita, que nos dictó Epistemología, y que solía decir: "bueno, la clase ha terminado". Y entonces nos íbamos. Y cuántos otros. Ignacio Henao, que fue mi asesor de Práctica en el Pascual Bravo, que era el esposo de Luz Estela, una profesora de comienzos del pregrado. Ignacio tenía una investigación sobre el parlache  (la forma de hablar de las comunas de Medellín), y Luz Estela le hacía propaganda en su clase. Después supe que eran esposos.  De esta época tengo el recuerdo de unos estudiantes de Educación que eran estilistas, motilaban, y practicaban su arte en la cafetería, así como otros jugaban cartas o leían el Tarot. Recuerdo en especial a uno que era moreno, tipo latino, muy pagado de su figura y de su atuendo. En algo me recuerda a Charlie Za. Una tarde en que me interné por el Aeropuerto (así llamábamos a la zona boscosa cerca del Coliseo, donde la gente despegaba en sus humosos vuelos) vi, a la sombra de un mango, al joven peluquero motilando a otro que tenía traza de futbolista. Conversaban entre ellos. Se contaban sus cuitas de universitarios. El viento jugaba con las hojas secas y amarillentas. Eran las dos de la tarde, y esos dos muchachos se habían apartado del bullicio y adelantaban su ritual estético. El joven peluquero usaba tirantes negros, bluyín, camisa blanca. Manaba un aire de pulcritud. Maniobraba sus tijeras y su peinilla con cierto embarazo. En un salón de belleza, cómodamente instalado, se desenvolvería mejor, sin duda. Estaría en su reino. ¿Qué fue de esos peluqueros de Kokorico? ¿Qué fue de Pastora? No estoy hablando del célebre guerrillero nicaraguense, que la peló en 2020, a los 83 años, sino de la sencilla, cordial e inmarcesible señora que atendía la cafetería de Kokorico, junto a la Facultad de Educación. Los peluqueros de Pastora tenían un aire delicado, de chicos fun. Armaban sus fiestas ahí mismo, en la cafetería, sin dárseles nada. Se tomaban la universidad con un desparpajo. Amaban el jolgorio. Estudiaban Educación Primaria y esas cosas. ¡Los peluqueros! ¿Que habrá sido de ellos? Y cuántos profesores. El de psicología, Luis Hernán Laverde, del que creo que ya he hablado unas líneas en estos capítulos. Sí, claro. El charrito que era tan pagado de su aspecto físico, que hasta barras debía hacer. Tenía una bolsita de tela amarilla en la que cargaba las tizas. Era muy sonriente. Un tipo complacido de su suerte. De espalda al tablero, inclinado sobre la mesa, buscaba una tiza en su bolsita, que debía estar marcada con su nombre. Pero todavía no se atrevía a comenzar la lección, porque no había llegado un buen número de alumnos. Entonces, mientras se compactaba el grupo, se relajaba fumando un cigarrillo. Era frecuente que los profesores fumaran en clase, que compartieran un cigarro a un estudiante, o que, en los apuros de fumar, recibieran un cigarro de un alumno. Y todos contentos. Cuántos docentes no merecieron el apodo"Diasepan", porque sus lecciones nos adormecían. En ocasiones era el chirrido de la tiza en la pizarra lo que nos desperezaba. Parecía un corrientazo eléctrico. Algo de charco de petróleo tenía la pizarra, y solo bastaba una chispa de fuego para originar el incendio. ¡Que todo ardiera! Charcos de pez en los que chapoteábamos. Pero no íbamos más allá de la tiza y lo que esta escribía, números, conceptos, cuadros, mapas, árboles semánticos, en fin. La pizarra podía con cualquier idea, incluso la más extravagante e infernal, incluso la más inofensiva. Y de verdad que jamás vimos que aquello fuese una petrificada laguna de brea. Ningún profesor quiso enseñarnos eso. Por eso más de uno se desentendía del asunto y subvertía la clase escribiendo poemas en su cuaderno. Sé que por ahí debo tener otros apuntes sobre Orlando Carrillo e Ignacio Henao, alguna imagen de Hugo Guarín. Habré de buscarlos.                         

jueves, 10 de febrero de 2022

Investigación educativa

"Ahora sé lo que hay en la naturaleza de la mirada del profesor. Durante el semestre en que asistí a su clase no dejó de turbarme algo malsano en sus ojos, algo repelente. Poco ha lo vi, lo saludé, nos detuvimos a conversar un instante. Me puso la mano en el hombro. Entonces sentí que su mano estaba sucia de la misma porquería que enturbia su mirada. Se me antojó cruel la manera con que sus pupilas apoyaban la esencia e intención de su mano." Tiempo después volví a cruzarme con este profesor durante una lectura de poemas efectuada en Troncos, al mediodía. Uno asiste a estos actos buscando sentidos, luces (o sencillamente por malgastar el tiempo, seamos sinceros), pero casi siempre acaba por fastidiarse (hay tantos escritores con ganas de sobresalir, tanto muchacho creando fantasías, tanto talento y tanta petulancia). Madurar la certeza de que lo que tienes que decir no resiste públicos diletantes. Que las personas que van a escuchar tus escritos antes que iluminación, buscan refugios. En fin, que jamás dejarás de estar solo en medio de un cerco de indolentes máscaras. El masoquismo implícito en leer poemas en frente de una concurrencia ostensiblemente perversa, envidiosa (de algún modo te han elevado a la descolorida peana de dios y lucharán por derribarte), descontentadiza y sin tiempo. La incomodidad propia de esos eventos donde siempre hay complicaciones de sonido o iluminación, retrasos, aplazamientos o desidia. Sentarse, presidir la solemnidad con un montón de cuartillas impresas constituyendo nuestro tesoro, nuestro frágil sostén contra un mundo plagado de asechantes demonios. Tener que dar explicaciones, sentidos, método de trabajo, influencias. No tener la insolencia o la sinceridad de desnudar la tosquedad de la palabra, el chapuceo, la ineptitud, el ridículo. Que lo abucheen a uno, que el público vaya desertando, obviamente desencantados. En este entorno psicológico y locativo me hallaba yo cuando, sorpresa, una palmadita en el hombro llamó mi atención y volví la cabeza . Sentado detrás mío estaba el profesor de investigación educativa con su rostro asqueroso. "¿Tienes un facsímil de los poemas?", preguntó. Le señalé la mesa donde estaba el cerro de hojas, ese signo simple y elocuente de la impopularidad del evento que allí tenía lugar. El horror y la repugnancia vinieron en seguida. Me resultó ofensiva la presencia de ese tipo detrás de mí. Sus gelatinosos ojos de pervertido me estaban devorando. Así que me marché.   En mi cuaderno, un poco más adelante del episodio que acabo de referir, garabateé dos versos: "purificaos de los rostros hediondos, que os degradan con su presencia". La tinta roja del lapicero con que escribí lo anterior, acaso sea una señal de escándalo. Hoy pienso que debí escribirlo con tinta amarilla. En seguida anoté lo que significa vampirismo: "En metapsíquica, fenómeno imaginario según el cual las almas de los difuntos vagarían de noche para absorber  la sangre de personas y animales inmersos en el sueño, al objeto de prolongar la conservación de su propio cadáver". Esta descripción me da una imagen exacta del profesor de investigación educativa. Investigaba mucho el señor, en la carroña.

miércoles, 9 de febrero de 2022

Dora Tamayo, Elein.

"Dora Tamayo era muy respetada entre los estudiantes de Comunicación Social, por sus cursos. No fui su alumno. La recuerdo chiquita y con un caminar lleno de seguridad. Estuvo casada con el antropólogo Hernán Henao, director del Instituto de Estudios Regionales, que fue asesinado en su oficina de la U. de A., por fuerzas oscuras de la izquierda, dicen". Joaquín Botero me suministra estos datos, luego de leer el capítulo donde hablo de Dora Tamayo. Claro que caminaba con mucha seguridad, y también vestía con elegancia. Era pequeñita, aunque no en exceso. Marina Quintero y ella se parecían mucho, en el físico achaparrado, en las ropas atildadas, en la prestancia al andar. Sólo que Marina Quintero superaba a Dora en el desenfado y la alegría. Dora era más recatada, más estilizada. Marina siempre se orillaba hacia lo extravagante, hacia lo chillón. Sin embargo, creo que era más fácil una conversación con Marina que con Dora. Marina era una profesora que se daba al trato con los estudiantes, sociable, risueña, fiestera. A Dora la recuerdo empingorotada y en sus asuntos. No recuerdo lo del asesinato de su esposo, aunque algo debí oír en aquel entonces. La u es un mundo movido, incluso peligroso, en cuestiones de ideologías y agrupaciones de toda índole. Uno trataba de mantenerse al margen de esas cosas y, no obstante, le salpicaba algún suceso. En más de una ocasión asistí a quema de buses, atracos a las fotocopiadoras y encapuchados que se colaban a una clase cualquiera a escribir consignas en los muros, ante la estupefacción del profesor y los estudiantes. Es un mundo en el que hay que ir con cuidado, en todo sentido. Con Dora vi además un Seminario de Literatura Española, en el que trabajé a Fray Luis de León y La profecía del Tajo. También recuerdo que alguna vez asistí a unas charlas sobre el Quijote, que dictó en el auditorio de la Biblioteca Pública Piloto. Era el mismo escenario donde, en cierta época, funcionó la sede del taller de escritores de Estévez. No he encontrado en mis cuadernos apuntes personales sobre Dora, solo las notas de clase y los borradores de los informes de lectura. Quizás por eso me le he lanzado en voladora a los pormenores ofrecidos por mi amigo Joaquín Botero. En mi recuerdo veo a esta fina mujer desplazándose por los tránsitos del bloque 12, en la proximidad de los despachos de Sonia Gómez y de Restrepo. Hoy no tengo una idea precisa de aquello. Recuerdo (y aparece en mis apuntes) a una muchacha llamada Elein, que debía de ser auxiliar o monitora de Dora o de Sonia, y que además debía de ser estudiante de pregrado. Mi memoria no me envía ningún rasgo físico de esta Elein, pero el nombre se me antoja delicioso. Sé que más de una vez nos vimos y cruzamos palabras, siempre en ese ámbito próximo a las profesoras del cuarto piso. Elein. El que aparezca rodeada de un entorno de poesía española, me la hace más sugestiva. Lope, Quevedo, Góngora. Uno sentía fraguarse el poema en su interior, como recóndita hojarasca, como larva dormida, como blando designio. Por ejemplo, en un aula donde uno se quedaba solo, luego de que el profesor no acudía y de que los compañeros, tras un lapso prudente, se marcharan. El poema. Elein. Las colgantes lámparas de luz blanca se transformaban en gigantescas libélulas, el contorno del recinto se difuminaba, entre las sillas crecía una densa y abundante vegetación, de la pizarra resquebrajada salían pájaros, tórtolas, y en la escena cambiada de aula de clase en paraje inhóspito, surgía un personaje de exaltados ojos, escaso y raído atavío y expresión agresiva, y acaso desenfundaba un arma y se alejaba en ritmo violento por esos pasillos, esas escaleras. Todo eso podía ocurrir. Elein. El romance de la blanca niña, Amor constante más allá de la muerte, poesía española de altos vuelos. Uno sentía que un arbusto lo aguardaba con una vieja lealtad, con un calor que ningún vino había ofrecido, con una paz menos comprometedora que el costado de una mujer. En nuestra mente de humilde mamífero errabundo, sosegado, se acurrucaba ese sueño magnífico del arbusto. Venía de regreso de todas las muecas viciadas, de todas las frases inanes, de todos los convenciones cómodas. Se paladeaba la suave mentira de que la ciudad quedaba atrás con su masa de espejismos. Hasta acá no alcanzaba el triste bálsamo de la luna. Con una astucia aprendida a la fuerza, entrábamos en el vaho del arbusto. No estaba exento de algunas miradas que llevaban mi depredación a extremos de adefesio. No ignoraba el peligro que amenazaba a mi arbusto. Pero me dormía allí. Me dormía.                    

martes, 8 de febrero de 2022

Horacio Betancur, Queipo Timaná, Dora Tamayo.

Horacio Betancur, al que apodábamos "Sancocho", nos dictaba Tecnología Educativa (aplicar formas prácticas de los principios teóricos didácticos, formas prácticas de realizar programas de enseñanza, formas de llevar a la práctica determinada concepción de la educación); mientras Queipo Timaná era el profesor que nos enseñaba Administración Educativa. Empezó haciendo un contraste entre el maestro de ayer y el maestro de hoy, según Taylor. Luego nos desbarrancó por los cantiles de las eminencias( Mayo, Durkheim, Weber, Maslow, Barnard, Kelly, Kuntz O' Donnel, Fabio Echavarría) y los decretos: 2277, Estatuto Docente y esas cosas. También vimos Didáctica por esos días, aunque no recuerdo al profesor, tal vez Norbey, o el mismo Queipo. Se define la Didáctica como el estudio de las condiciones más o menos inmediatas, los fundamentos y las formas más adecuadas para que un sujeto (el alumno) logre el encuentro más fructífero posible con el objeto del saber. Recuerdo que el profesor nos dejaba los documentos de estudio en la fotocopiadora de Ingeniería. Los datos eran precisos: Código 799, Comenio, Didáctica Magna. ¡Comenio! La grandeza de Comenio fue su idea de democratizar la educación, educación para todos. Muy al estilo de Grecia. A veces cambiaba el código y el lugar de acceso al documento de estudio: código 950, en la librería. 

No sé cómo pasé estas materias, los exámenes. Recuerdo que en este curso de Didáctica vimos la película No futuro e hicimos un cine-foro. De algún modo pasé braceando en este océano de bibliografías y documentos. Entre tanta aridez, un rayo de luz, cuando recalamos a la pedagogía entre los griegos, la época homérica. La Ilíada y la Odisea fueron los textos en los que el griego aprendió a leer, de ellas absorbió una sabiduría y en ellas modeló su carácter. Chirón, Fenix, Néstor, fueron los educadores de ese período. También me apasioné con Lutero, sobre todo por su cariz de destructor de bulas pontificias. Un pedagogo que me entusiasmó fue el ruso Sujomlinski. Las ideas pedagógicas de Sujomlinski chocan violentamente con nuestro medio. Hemos deformado sentimientos tan altos como el amor y la fe. Cuando hablamos de que el futuro del mundo está en los niños y en la juventud, tratamos, en cierta forma, de encubrir nuestra incompetencia de adultos. Esos caminos por donde me exhortaba Comenio tampoco eran mis caminos. Había algo en el estilo de Sujomlinski que lograba atraerme: el amor y la fe en los niños. Pero sin tergiversar estos conceptos. 

Esa época de mi vida estuvo viciada de "Sancocho" y de "Queipo Timaná". Por fortuna existían los oasis de cursos como Poesía Española, con Dora Tamayo. ¡Las jarchas! Era trasladarse del fantasmagórico bloque 9 al luminoso bloque 12. La oficina de Dora Tamayo estaba en este último, en el cuarto piso. La clase era los martes y jueves de 2 a 4, y los miércoles y viernes de 10 a 12. ¡Las jarchas! Y las lecturas: Poema de Mio Cid, Libro del buen amor. Recuerdo que me pasaba escribiendo en mi cuaderno apuntes burlescos y difamatorios contra el gremio de los profesores. Me parecía un gremio sin esplendor, anodino, patético. El hazmerreír de la sociedad, para muchos. Nada más había que ver a Sancocho. O ser testigo de los embustes que un profesor hila ante su directivo para no presentarse a trabajar. Es para llorar. Poema árabe con estribillo en castellano, las jarchas. Queipo Timaná. Recuerdo que este docente tenía gran predicamento en la Facultad de Educación, que eran muy estimadas sus clases y conferencias, lo mismo que sus publicaciones. A mí no me interesaba para nada. Era un buen tipo, como persona, no con sus absurdas teorizaciones. En fin, eso no calaba en mí. Asistía a esas clases como a una rutina sosa que amodorra y enerva. Los rostros me parecían repelentes, arbitrarios. Las ideas remolineaban. Había una desoladora confusión de conceptos. Era lo que percibía. Una deshumanización de la vida. Si estaba enfermo, con laringitis, entonces hacía del acto de toser y toser una provocación, una repulsa contra todo eso, una consciente rebeldía. Fastidiar. Ah, y el lenguaje, y los discursos de esa vieja voz que todavía juega y presume. La imagen del hombre o el hombre de la imagen. Todo tan claro y tan oscuro. Didáctica. Si algún condiscípulo tomaba la palabra, en mi mente vociferaba: "contradíganlo, júzguenlo, ha errado, habla como loco".                   

lunes, 7 de febrero de 2022

Georlán (cap.2.)

Puede que un profesor no hiciera la revolución, que no fuera un Lenin-Trotski, pero de que sembró en nosotros semillas de descontento, eso sí. Georlán nos deslizaba la rebelión con sigilo, como entregando un panfleto, un papel incendiario. Yo lo veía como un escogido para esparcir el germen de un mañana distinto, donde los maestros ayudaran a desarrollar las capacidades del individuo, en lugar de castrarlas. Yo lo consideraba un hombre inteligente, con el que da gusto hablar. Todavía recuerdo su discurso enfático, sus ojos saltones y movibles tras los anteojos, su caminar empinado (así mismo caminaba Kolia, el hijo de Natalia Pikouch, y también, una migaja, la misma Natalia, ahora que lo pienso), su marchar rápido de hombre ocupadísimo, maletín en mano, ropas sencillas, que le daban una apariencia de juventud, y, por qué no, de conspirador. Sin duda que era joven en aquellos días, ¿quién no? Estaba pletórico de rigor dialéctico, como cualquiera de nosotros, de los que asistíamos al abrevadero de Nietzsche, Marx y Engels. Era muy satisfactorio sentirse colmado de ese fuego intelectual, llegar a una clase y plantar bandera de entendidos, de que estábamos en la ruta, a la altura. Y era muy grato sentir el cruce de inteligencia con el profesor, como cuando en el bachillerato uno se topaba con un condiscípulo que también escribía y que leía a Hermann Hesse. No es que fuéramos unos condenados pedantes, unos teorizadores relamidos y cargantes, nada de eso. Una humildad tranquila y despistada asomaba la cabeza tras nuestros temibles apotegmas. Que nos interesaban otras cosas, la hermosa y puta vida que zascandilea en las calles y en los afeites de las mujeres, eso es lo que decía nuestra desorientada juventud, que no paraba mientes en los engolados discursos, que Nietzsche es grandioso, pero que así mismo es estúpido y prescindible. 

Sin embargo, uno se prendaba de profesores como Georlán, tipos que al menos presentían las rutas cainescas, que venían de las siembras del hambre, que, sin hacer de la cátedra una tarima ideológica, inseminaban el ardor del pensamiento. Era chévere sentirse en el mismo camino con el profesor, obtener de este una mirada de pares, un gesto de conmilitón, una atención especial. Sorprende constatar cómo un mínimo afecto del docente juega en favor del bienestar del alumno. Es algo mágico. Yo iba a clases donde no abría la boca, donde me mostraba ausente. Pero si en la próxima sesión el profesor se interesaba un ápice por mí, entonces me tornaba activo y hacía aportes. Y así es todo en la vida. Eran hombres y mujeres (los profesores y profesoras) la mayoría en los cuarenta o cincuenta años, viejos panzones, señoras empingorotadas, que también se jugaban la existencia en un detalle, una palabra cariñosa, un buenos días, profe, cómo está. Cuán variable era yo de clase en clase. Y así exigía uno al profesor que fuera el mismo siempre, que se mostrara formal, de una pieza, un modelo. Qué tontos éramos entonces. Siquiera hubo ejemplos de docentes desordenados, locos, que hasta se desquiciaron con las drogas y se perdieron en el libertinaje. Nada de esos sacros arquetipos de museo. Recuerdo a un profesor de inglés que se demacró en la droga, y con todo era siempre un buen espécimen, saludable y cálido. Y qué rico que hubiese existido una profesora que se lo daba a los alumnos, una non santa maestra que se dormía a los pupilos. Demás que de todo eso hubo un poco. Tal vez de cosas como esas dependía que uno fuese diciendo al final del día: "hoy me fue bien en la u". No porque hayas hecho bien las tareas, por haber leído el texto y estar participativo en la clase, sino porque una compañera te dio un beso o porque un profesor te palmeó el hombro, o porque, en fin, compartiste un tinto en la cafetería con un docente. 

Todo esto podía ocurrir. Uno tenía un hueco de doce del día a dos de la tarde y se iba al estadio a ver un partido de fútbol. El tiempo pasaba insensiblemente. Luego, nos desplazábamos hasta una cafetería, comprábamos una gaseosa (en aquellos días aún bebíamos gaseosa, no nos espantaba el azúcar), y no nos sentábamos a beberla, sino que caminábamos en pos del bloque y del aula donde nos aguardaba la próxima clase y, entre sorbo y sorbo, vaciábamos la botella. Eran cosas que podían ocurrir. Estar animado en una clase, semiología, por ejemplo, intervenir, preguntar, cuestionar. O que un profesor te advierta, paternal: "cuidado, estás un poco atrancado con respecto al resto de los alumnos, hay que trabajar más duro." Era hermoso. 

Esta advertencia me preocupaba por dos o tres horas. Luego, tiraba frescura.                     

sábado, 5 de febrero de 2022

Elvia (cap. 2.)

"Abril 1 de 1991, Medellín", reza en la anteportada del libro Clemencia, de Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893). Un libro añoso. 1991, más añoso yo. Fecha  y ciudad están antecedidas por mi nombre y apellido, toda esta información escrita de mi puño y letra. Una caligrafía suelta, de caracteres regulares, inclinados a la derecha y proclives a ascender (ante la ausencia gráfica de un renglón rector). ¿Cómo es que conservo este libro después de treinta años? ¿Cómo es que vuelvo a leer esta novela adscrita al romanticismo mexicano? Ya había prescindido de este libro en mi biblioteca doméstica, lo había destinado a un segundo plano, llevándolo a engrosar el atado de volúmenes que conservo en la casa de campo (En Venecia, Antioquia), en una repisa donde el polvo los roe y nadie los lee. La verdad, le había perdido el rastro. Lo busqué en vano entre mis libros y, al no hallarlo, pensé que había caído en una de las limpias que efectúo a menudo. Mas, contra toda esperanza, lo hallé en Venecia. Así que me lo traje y lo leí. ¡Elvia! Tener este libro en mis manos, hojearlo, leerlo, es como estar otra vez en clase con Elvia, la profesora de Literatura latinoamericana del siglo XIX. Es volver a vivir las inquietudes del estudiante que debe leer un texto y presentar un informe, bienquistarse con la profesora a través de unas sesudas argumentaciones, en fin. ¡Clemencia! La obra no resiste una segunda lectura. No se salva ni por el contenido ni por la forma. Es una novela demasiado sosa, sin hondura, como un ropaje sin cuerpo, como un bastidor sin lienzo. Hoy no sé qué me llevo a elegir esta novela en aquel entonces. Acaso el que una de mis amigas de la u, poetisa excelente, llevase este nombre: Clemencia. Total, que este fue el libro que escogí y leí. No recuerdo que haya sacado una nota superior, a lo más un cuatro. No había de dónde apasionarse. Es una novela de la guerra, mexicanos contra franceses, entre 1863 y 1864. Los personajes principales son militares republicanos (Fernando Valle y Enrique Flores), involucrados en una pálida historia de amor con unas damas de Guadalajara (Jalisco), Clemencia e Isabel. Clemencia no alcanza nunca la talla de una heroína sublime. Se deja deslumbrar por la apariencia y las galanterías del malvado Flores, jugando con los sentimientos del noble y tímido Valle. Ni siquiera Fernando Valle, generoso y sacrificado (ayuda a escapar de prisión a su rival y se somete a ser fusilado) logra convencernos con la gallardía de sus actos. Apenas el contenido histórico de la novela logra cautivarnos una migaja, la invasión de los franceses, la lucha de los mexicanos, la derrota de los republicanos y el posterior ascenso de Maximiliano de Habsburgo como Emperardor de México (1864). En 1867 Benito Juárez ajusticia al invasor. Hay una pintura de Manet sobre el Fusilamiento de Maximiliano, hermano de Francisco José, rey de Austria. María, de Jorge Isaacs, fue publicada en 1867. Clemencia, dos años después. Más que un paralelismo ejemplar con María, nos parece un detalle falto de gracia el que el padre de Clemencia corte un cadejo de cabellos del cadáver de Valle y se lo entregue a su hija como relicario. El simbolismo de los cabellos aquí luce falto de grandeza. Es un arquetipo vacío. Es que Clemencia ni siquiera amó a Valle. Acaso le despierte admiración su sacrificio, pero nada más. También resulta absurdo el que Clemencia, a la muerte de Valle, se encierre en un convento. Pienso yo que mucha de esa literatura latinoamericana del siglo XIX en prosa era pesada. María es una excepción. Con todo lo esquemática y simple que pueda ser, hay pasajes gratos en la obra de Altamirano. Es una novela fácil de leer. En esta segunda lectura le hice un seguimiento a la música de piano, pasatiempo galante de las familias encumbradas, donde se echa de ver el auge de los modelos europeos. Tampoco es que se haga un despliegue del tema, pero un alma filarmónica encuentra agrado en esas líneas. Clemencia, Isabel, Enrique flores aparecen como expertos del piano. Este aire de xenofilia se aprecia también en el hecho de que muchos mexicanos recibieron a los franceses invasores con los brazos abiertos. Había tropas enteras que se pasaban al bando francés, como ocurre con el traidor Enrique Flores, que triunfa con los invasores, mientras que el patriota Fernando Valle es fusilado. Altamirano era un indio nacido en Tixtla, y su causa siempre fue la de los republicanos. Con Juárez, fusiló a Maximiliano. Maximiliano, la tragedia de un aristócrata europeo, cuyos sueños de gloria le llevan a encontrar una muerte violenta en el país de los Aztecas. ¡Elvia! Qué habrá sido de la profesora, cómo le irá en la vida, hacia qué radas le habrá llevado el tiempo. Todavía tenía algo que decirme, todavía me reservaba estas elucubraciones sobre la novela de Altamirano, el indio, el que a los catorce años aprendió el español, el que, con Juárez, aplastó a los tiranos. Aún, pues, no acaban tus enseñanzas, Elvia. Y yo, que en ocasiones faltaba a tus clases, amenazando con tirarme la materia, hoy, sin ningún tipo de coerción académica, por puro gusto estético, asisto a tus lecciones sobre Altamirano, que no acaban. Gracias.                         

martes, 1 de febrero de 2022

Georlán

Mis pertrechos: un haz de cuadernos. Mi intención: hacer una semblanza de un profesor. Mi duda: si he de ser benévolo o no con mi personaje. Me inclino por lo primero, ser benévolo. Así mis palabras sean duras y devastadoras, que haya bondad de fondo. Sé que no hay que ser perverso. Alguien a quien llame profesor mío de la u, ya debe andar en los setenta o los ochenta años, ser un viejo. Así que no hay por qué ser mala leche. Con esta edad de achaques y miserias no hay que mostrarse demasiado severos. El tiempo hace lo suyo. En los bolsillos de Dios está el resto.

Georlán nos dictaba psicolinguística. Poseía una ideología atrevida con respecto a las normas institucionales que rigen el sistema educativo colombiano. Acaso haya sido un capricho, pero nos contó que decidió no graduarse, renunciando al título, como manera de rebelarse contra el statu quo. Georlán tenía un tic (mi hija Mariana, que es psicóloga, me recuerda lo que es un tic, una contracción muscular por tensión crónica): subirse las gafas, que a cada rato se le bajaban. Aunque, viéndolo bien, esto, más que un tic, es un acto reflejo o una manía. No en el estilo de Pavlov, un acto reflejo condicionado. Sino un acto reflejo espontáneo. En fin. Georlán era de dientes pequeños, encaramados, amarillentos. Tenía un bigote que, no se sabe por qué, pasaba desapercibido. Sus ojos eran sumamente expresivos, de globos movibles, como con vida autónoma, enfáticos. También reforzaba la expresión de su discurso con la mano derecha, parándola o acostándola sobre la superficie de la mesa.

Hoy, tras tantos años, recuerdo lo que pensaba Georlán de asuntos tan cotidianos como el acto de bañarse, por ejemplo. Y esto da idea de su ser contestatario y de la penetración de su pensamiento. Nos decía que el baño, más allá de su propósito higiénico, era una forma del moldeamiento colectivo con que nos somete la sociedad. Al bañarnos cada mañana, al exponer el cuerpo desnudo al chorro de agua, expulsamos, no el sudor y la suciedad, sino el miedo a los demonios de los sueños, al sexo, al incesto, a eso oscuro e innombrable que nos ronda. El baño aquieta nuestros instintos, nuestra líbido (eso es), desatados en la noche, con los sueños. Un duchazo de agua fría, más que despertarnos, nos reagrupa en el rebaño, nos torna juiciosos animales predecibles.      

Recuerdo que la clase con Georlán era a las seis de la mañana, y que sus ideas con respecto a la acción represiva y moldeadora del baño no podían ser más a propósito, puesto que tenía ante sí a una congregación de limpios y justos catecúmenos. Hay que suponer que el propio Georlán no se bañaba. O que lo hacía muy de vez en cuando. O que, como un francés, prescindía de la ducha y se bastaba con la loción. Yo, muy religiosito, cada mañana me doy mi duchazo. En este sentido, las insurgencias de Georlán no lograron cambiar mi conducta pacata.

Recuerdo que un día tuve mi crisis en clase de Georlán, cuando analizamos a Kafka desde la psicolinguística. Ese día todo en mí se rebulló, en una suerte de convulsión interna. Estuve a punto de estallar. El profesor debió extrañarse de verme tan introvertido. Me gustaba meter baza en los discursos, confrontar. No era como Luis, que enamoraba a las chicas con su saber literario, con su teté a teté con los profesores en las clases. No, yo no era tan conocedor de literatura como Luis, tan versado en el hablar, con esa tonalidad tan misteriosa y encantadora que fascinaba a las muchachas. Al punto que, muchos años después, ya viejos, todavía una condiscípula del pregrado me sorprendía diciéndome: "yo estaba prendada de Luis por la forma en que hablaba de los griegos con Hernán, me hubiese gustado hablarle, ser su amiga, pero era muy orgulloso, muy distante, muy creído". 

Yo participaba en las clases, daba aportes ingeniosos, pero no era una lumbrera al modo de Luis con los griegos. Y aquella mañana en psicolinguística el ratón me había comido la lengua, estaba muy callado. Era que me dominaban las náuseas. Era que me irritaba que interpretaran a Kafka desde la psicolinguística. ¿Por qué no dejaban tranquilo a Kafka? Ya habían hablado bastante de él, y solo llevaba setenta años de muerto, qué tal cuando cumpliera los cien años. Ay, Dios, ténganse. Yo rehusaba interpretar a Kafka desde estas orillas tan artificiosas. Por esos días algunos compañeros se me arrimaban buscando ayuda, porque yo entendía muy bien a Kafka, y ellos no daban pie con bola con el extraño personajillo de Praga.