Ir a clase, Linguística con Jáuregui. Profesor enteco, de aparentes malas pulgas, amable cuando se lo trata. Tal vez sea santandereano, esa gente es así, brusca en el trato. Bastante experiencia y dominio de la materia, escuelas linguísticas, representantes y esas cosas, bibliografía, etcétera. Años después, finalizada la carrera, verás a Jáuregui por ahí, en el centro, juniniando, con traza de pensionado. Es uno de esos tipos a los que se saluda, a los que se recuerda con agrado, y el viejo responde con amabilidad, se interesa por saber del otro, en fin. Linguística con Jáuregi en el bloque 12, el mismo salón donde, al comienzo de la carrera, viste Inglés con Laura Canas, la italiana. La profesora que les contó a sus alumnos cómo soñó que se quedaba atrapada en un ascensor. Leonardo también asistía a la clase con Jáuregui. Su chivera, sus ojos exorbitados, sus extravagancias. Entraba con una toalla húmeda en la mano. Como que acababa de ducharse, luego de trotar. Tendía la toalla en la ventana, para que se secara. Este Leonardo era amable, conversador. Seguro que tomaba droga psiquiátrica. Se apresuraba a borrar la pizarra, antes de que Jáuregui empezara la clase, a llenar tablerados de teoría. Algunos compañeros se carcajeaban de Leonardo al escondido. Quién sabe si Jáuregui recuerda a este alumno. ¿Se acordará de ti? ¿Del muchacho negro que lo saludaba al toparlo en el centro? ¿De la agendita café en que este escribía los apuntes sobre Hjemslev y Saussure y Sanders Pierce y Chomsky? ¿Qué fue de esa agendita? ¿Se acordará del mal rato que te hizo pasar al dar las respuestas de un examen y señalar los exabruptos de “un alumno” totalmente perdido del tema?
Todas esas
materias acababas pasándolas, luego de los reveses iniciales, metiéndoles el
hombro, con esfuerzo. La de Jáuregui (Lingüística II) no será la excepción. Lingüística
I la viste con Leonardo Arango. Ferdinand de Saussure, ¿francés? No, ginebrino.
¿Cómo olvidar su robusto bigote? Bastante lata que dieron los profesores con este
benemérito ciudadano suizo, semiólogo, lingüista y filósofo (1857-1913). Leonardo
Arango todavía escribía con tiza, recordarás. Hasta usaba tizas de colores. Jáuregui
era otro que llenaba tablerados con la tiza, con la inmaculada tiza que
maculaba el pizarrón. Evocarás a Loren, que una vez, luego de salir de la u,
trabajó con una distribuidora de tizas coreanas. Una mañana te cruzaste con
ella en la Secretaría de Educación, en Los Huesos. Loren estaba pendiente de que
le tomaran un pedido. No podía existir un lugar más adecuado donde ofrecer las
tizas. Seguro que Loren también había pensado en recorrer las instituciones
educativas privadas, las universidades, en fin. Tu experiencia de profesor te
familiarizará con la tiza, con las pizarras, con el fino polvillo excrementicio
que se pega a tus manos y a tu ropa, que cae al piso formando una blanca sombra,
como la cara de la luna, la cara de un mimo. Los nautas de la tiza, pensarás:
Leonardo Arango, Jáuregui, tú mismo. ¿Sepúlveda ya empleaba el marcador?
¿Escribía sobre tablero acrílico? Tal vez. La u se iba modernizando, entrando
en la tónica de las nuevas tecnologías. Años después Arteaga te contará de
Sepúlveda, que vivía en Santa Cruz, y que los muchachos del barrio, a los que Arteaga
les dictaba clase en esa época, le hablaban de Sepúlveda con admiración, por el
hecho peregrino de que tenía una inmensa biblioteca en su casa. Quizás les ayudaba a hacer las tareas y lo querían por eso. Así que era un
tipo carismático en Santa Cruz, con su aire introvertido, de filósofo, con su
agraciado corpachón de veterano y su gesto sonreído. Solía salir a trotar. Una
vez como que le dio un infarto mientras corría. No traía los papeles. Lo
llevaron a la morgue y tardaron días en identificarlo. Al parecer, Sepúlveda
vivía solo. Una amiga lo buscó y acabó por hallarlo en el anfiteatro, y así fue como se supo de su muerte. De todos
modos rondaba un algo de misterio sobre su fin. Un fin en consonancia con el
texto Borges y yo que tanto amaba.
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