Ella le dijo: "¿Qué te pasa? ¿Por qué estás faltando tanto a clase?" Marcos hizo un gesto incierto, de embarazo. Al parecer, no estaba en guardia, y la pregunta lo había zarandeado. No alcanzó a reponerse del todo cuando, tras articular una serie de sonidos indiscernibles, logró decir: "No sé", y luego, innecesariamente: "¿con cuantas faltas se cancela esta materia?" Marcos era así. Sabía que la profesora no tenía ningún interés en el asunto de la asistencia ( o no asistencia) como elemento punible. Él mismo había notado cierta condescendencia, cierto favoritismo de parte de ella, cuya causa había tratado, en vano, de explicarse. De modo que su pregunta no era más que grosería. "No tienes que cancelar la materia. Eso no importa. Solo que es bueno venir a clase", dijo ella Y la cosa quedó ahí.
O no, porque Marcos percibió una vez más esa sonrisa de connivencia, ese gesto de complicidad en la que ella arropaba sus palabras cada que le hablaba. Tal vez fuesen meras fantasías suyas. No obstante, él conocía los ojos del deseo y los ojos del desprecio. Y los de Elvia eran deseosos. Eran ojos insinuantes, que acentuaban esa malicia de su voz. Marcos se complacía (lo cual podía ser otra forma de tortura) explorando ojos femeninos para descubrir no sabía qué. Unos ojos que fueran todo un hallazgo, que cautivaran con redes indescifrables. Que le devolvieran la pasión y las lágrimas de las emociones más puras. Ojos donde verse y vivir y llorar. La profesora no tenía esos ojos. Tenía una piel lunar, blanca, y un cabello castaño a lo Cleopatra (más o menos), y un cuerpo no muy agraciado. Treinta años aproximadamente, y el aire de querer vivir todavía muchas seducciones. Entre ambos se había establecido una relación recelosa, un poco tirante, donde ella ponía la amabilidad circunstancial (a veces exagerada), y él toda la displicencia del caso.
¿Qué era aquello sino la máscara rígida, crispada, horrible, de su desesperación? Se estaba aniquilando. Se flagelaba día a día probándose a sí mismo, anhelando una fortaleza sin sentido. Porque lo que deseaba con el alma era la plena languidez del amor, la mano de otro ser en la suya, los maravillados ojos de una amiga.
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