martes, 4 de enero de 2022

Sepúlveda

Repetía el texto "Borges y yo" curso tras curso. Algunos estudiantes, verdaderos tábanos de los profesores, comentaban esto con cierta malevolencia, no como un simple dato objetivo, solo con ganas de dañar, de hacer leña del árbol caído. La de maestro-alumno es una relación extraña, parecida a la de padre-hijo, donde el segundo, en una especie de fatalidad de la vida, acaba delatando las mermas y vicios del primero. Hay estudiantes que le tiran muy duro a sus maestros. ¿Qué de malo tenía el hecho de que Sepúlveda leyera "Borges y yo" al inicio del curso? Ese texto era una especie de presentación, una semblanza de sí mismo. Sepúlveda se definía en ese texto de Borges. Qué definición tan bonita. Hoy, tras tantos años, al escuchar en Youtube "Borges y yo" en voz de propio Borges, Sepúlveda se me aparece bajo otro velo, en otra luz. Ahora entiendo por qué hacía de esa lectura, cada inicio de curso, con cada tanda de nuevos estudiantes, una carta de presentación. Es que la vida de la cultura, en este caso el mundo del intelecto y de la academia, acaba por obrar una suerte de suplantación. Nos convertimos en ese "otro" que no somos en realidad, pero que gusta mostrarse, imponer una pose, pedir a gritos la popularidad y el renombre. 

Poco compartí con este profesor. Me dejó la marca de su sonrisa burlona, de su palabra mordaz, de su tendencia iconoclasta. Claro, cómo no recordarlo leyéndonos el texto "Borges y yo" al comienzo del curso de Linguística III. Hoy no recuerdo casi nada del cuerpo teórico de su clase, creo que ni siquiera tomaba apuntes. Pero ese "Borges y yo" está ahí, intacto, sugestivo, imborrable. Era un hombre maduro, alto, de alzadas caderas, de paso lento, de barba cana y sonrisa de ángel maléfico. Era un hombre que hablaba sonreído, despacio, pasito. Hoy veo su estampa en mi memoria, su andar sigiloso, su afelpado ser y su maduro pensamiento. Tal vez nos decía: "no vine aquí a enseñarles linguística, presten atención a este texto de Borges". Como el profesor de sociología, Omar, que tenía la suficiente grandeza de alma para dejarnos libres una tarde de sol e invitarnos a disfrutar del aire, librándonos de la clase. "Vamos a gozar de este sol". Así mismo Sepúlveda con Borges. Era algo inusual, pero muy motivante, que un profesor de linguística comenzara su curso leyendo a sus alumnos un texto de Borges. ¿Quién era Sepúlveda? ¿Por qué sentía su vida personal suplantada por la vida del académico? Vaya si dejó su impronta en tantos de nosotros, en aquellas tardes de la u, cuando era cien veces mejor conversar en cafetería que asistir a una lección sobre escuelas linguísticas. Sepúlveda amaba la cafetería. Era allí donde soltaba sus frases subversivas, muy distintas a los postulados de la Escuela de Praga y todas esas monsergas. Era allí donde era gente, donde el "otro" no podía inmiscuirse sino de manera subrepticia. Hoy entiendo y le agradezco que comenzara su curso leyéndonos "Borges y yo". 

Yo había hecho una no muy bondadosa categorización de los profesores. El socrático, que un vez me sorprendió con esta declaración: "solo sé que estoy aquí, que me estoy bebiendo este tinto y fumando este cigarrillo, que tengo una clase a las cuatro a la cual no sé si llegaré, ¿quién puede predecir el futuro?" El arrogante, yendo por pasillos y escaleras como un leoncillo manando orgullo y presunción. El de aspecto endeble y desvalido, a merced de miradas mordaces y pérfidas. La intelectual, con su aplomo estudiado. La que singlaba el sueño del vano poder, anquilosada en la ilusión de una decanatura. El del físico fuerte y la voz viva, que parecía sobrevivirse en esos grises ámbitos. El que tenía algo de policía y se desplazaba con movimientos simiescos, a pesar de su lacado bastón de madera. El que siempre estaba hablando de sus viajes a Europa y de las conquistas de sus niñas en patinaje. El iconoclasta. La de gran volumen corporal y suave desidia, una ninfa para Botero y su pincel. Esa fauna de académicos y estudiantes se apoderaba del espacio, le restaba belleza, lo encuadraba entre los opacos bordes de lo rutinario, entre grasientos muros y palabras raídas. Estaba la compañera que atravesaba la cafetería con algo de fierecilla al acecho. Y estaba uno mismo, añadiendo melancolía y locura al tinglado. 

Era uno ("Borges y yo") yendo en ese aire de cruel indolencia del bus. Era uno sintiendo de pronto una congoja y una opresión tan terribles que los ojos se humedecen. Era abortar las lágrimas, morderse los labios, afirmar los pies en el piso. Sentir que es inaplazable la ida a la u a hablar con la profesora Dora Tamayo (Poesía española), y por eso embarcarse en el bus. La oficina de Dora está cerrada. Mirar el horario de atención fijado en la puerta: de 4 a 6. Bueno, eran las cuatro menos cuarto. Decidir aguardarla sentado en el rellano de la escalera. Sacar un libro del bolso. Leer quince minutos sin dejarse perturbar por el tráfico de los transeúntes. Entonces viene Elein, la auxiliar, y dice: "Dora no atiende hoy, mañana de 9  a 12, cambió el horario" Y Elein se marcha con el rostro embellecido por un rapto de ternura que nos desborda el corazón. Siempre existen estas Elein, puntuales y dulces. Decidir leer otros quince minutos, sentado ahí en el rellano de la escalera, estorbando el paso. Y esa tristeza royendo. ("Borges y yo").               

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