lunes, 3 de enero de 2022

Óscar (Cap. 2.)

Óscar desplazándose por los ámbitos de la u, unas veces a las carreras, otras más reposado, su cuerpo menudo, su piel clara, su expresión reconcentrada. ¿En qué va pensando? Hubo un tiempo en que se dejó la barba, de ordinario se afeita, presentando un rostro deslavado, pálido. La palidez de Óscar. Sus modos de persona tranquila, con cierto desasimiento del mundo, algo taciturna, pero también hay en él una faceta gesticulante, irritable, explosiva. Un profesor. Difícil pedirle la imperturbabilidad de un Restrepo, el apasionamiento de un Hernán. ¿Cuáles son sus rumbos? La cátedra, la oficina, la atención a los alumnos, un solaz en la cafetería, una charla. Un profesor que escribe. Un cuento suyo (Sola en esta nube) aparece en la Antología de Pachón Padilla. En su carácter también hay la veta del amigo, del conversador, del polémico, del artista. Óscar, y esos rumbos que nos pierden por los pasillos y las escaleras, como en un dédalo, como en una geometría trunca, como en arquitecturas descabelladas. El atuendo informal, con cierto dejo juvenil, de ser sin complicaciones. Pero siempre hay complicaciones, surgen de cualquier lado. Le recuerdo carcajadas y silencios, momentos de rabia y de ánimo parejo. Ah, los profesores que saben reír. A veces se lo encuentra en la calle, caminando por ahí, o en un bus, donde seguro leerá el periódico cuidando que ningún discípulo lo vea. ¿Qué más decir de Óscar? Que su cuento Sola en esta nube es de calidad indudable, y no porque esté en una Antología. Casi todos los profesores que nos tocaron escriben. Esto es un buen dato. Gente con publicaciones. Seres con un mundo interior intenso. Nos rodeamos de excelentes tipos. 

Bueno, un día veo a Óscar junto a la fotocopiadora de ingeniería. Ya estoy en las postrimerías de la carrera. Ya hace tiempo que vi cursos con él. Ya somos gente que se ve y se saluda. Óscar se me antoja un hombre triste, abrumado por el síndrome de la melancolía. Veo su semblante y quedo confuso, ahonda mi malestar. Óscar está acompañado por un individuo algunos años mayor que él, conversan serenamente, lánguidamente. Se me da por pensar que Óscar debe ser uno de esos sujetos que recurren al suicidio para librarse de las mezquindades de esta vida. Por mi cabeza revolotea, fugaz, la idea de que Óscar es discriminado en el entorno universitario por su amaneramiento. Este pensamiento pasa por mi mente sin generar grandes reflexiones. Me da tristeza, no por Óscar, sino por las concepciones sociales, tan estrechas, respecto a los usos sexuales, el férreo andamiaje de la cultura, la condena de los caminos alternos. Y nos llamamos animales evolucionados. Me digo que la moralidad es la génesis de todos los sufrimientos y traumas. Recuerdo a Alba diciéndome alguna vez: "Vi a Óscar con su amigo, ¿sabías que tiene un amigo?" En las palabras de Alba se evidenciaba algo más que perfidia o revancha del estudiante ante un maestro riguroso. Había algo hediondo, putrefacto en las palabras de Alba.            

Vienen otros días, los del declive, en que veo a Óscar por ahí, en que me cruzo con él en la calle, quizás en los despachos de la Alpujarra, y lo encuentro viejo, deteriorado. Estos son los días terribles, los que no esperamos que lleguen, pero llegan. Suena la campana, como en el ring, y hay que aceptarlo, darse trompadas con la realidad. Son los días en que, dejando de lado cualquier diferencia del pasado, cualquier recuerdo ingrato, cualquier tonto prejuicio, se saluda uno con su profesor, con ese hombre que nos entregó lo mejor de su cosecha, con generosidad, sin guardarse nada. Es toda la belleza que podemos hurtarle a la vida, la certidumbre de la lealtad con algunas cosas, pocas cosas, sí, pero indeclinables.  

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