Ya en la parte final de la carrera el pensum abundaba en seminarios. Vilma nos dictó literatura europea, donde yo trabajé El proceso. En este curso coincidimos un buen grupo de amigos, viejos compañeros del pregrado. Trabé amistad con María y Tita, una camaradería que ha durado por años. Vilma nos congregó en torno a la buena literatura, a la pasión por los autores, a un esforzado enfoque teórico en los ensayos. Su exposición era exigente, versada y grata, matizada por su opulencia física, donde cabían vetas de suavidad y de humor. Nos encontrábamos en la cafetería y seguíamos teorizando. Vilma tenía un novio, Mario, del que no recuerdo gran cosa. María continuó ligada a Vilma después que salimos de la u. Yo no volví a verla. Vilma viajó a Corea, y desde allí le enviaba cartas a María. Después se enroló como catedrática de la Eafit. Esto último lo sé por María. Eran tan amigas que la profesora alguna vez visitó a la alumna.
Comencé mal. Creo que no me entendía mucho con Vilma. Perdí el primer examen, lo hice picadillo, lo tiré. ¡Las clases! Una compañera, insegura de las bondades de su reseña sobre el texto de Goldman, se me aproximó y me pidió mi parecer, algún consejo. Mientras me explicaba sus dificultades, yo miraba el dedo gordo de su pie derecho, lesionado, tumefacto. Se lo aporreó y tuvo que comprar chanclas, porque no toleraba el zapato. Había los que sufrían un viacrucis ante la escritura de un informe. ¡Y en los exámenes! Una vez en el curso de desarrollo cognitivo, el profesor salió por un momento y la mayoría de estudiantes se apresuró a sacar sus apuntes y a comunicarse las respuestas. Yo solté mis hojas y aguardé a que el profesor regresara, no tanto por honestidad, sino por contrariar el proceder de los otros. Me importó un ardite ganar o perder la evaluación sobre la inteligencia sensoriomotriz. Mi honradez tenía un ineludible matiz enaltecedor y vanidoso. Pero no era lo más destacado en ella. Era una mezcla confusa de sensaciones. En seguida, al abandonar el aula y ver sentadas contra el muro del andén a varias muchachas que, como yo, acababan de entregar la hoja al profesor, me hice el que no ve a nadie o el que va muy ocupado, aunque allí estaba la hermosa trigueña de porte y rasgos españoles, a la que yo llamaba, para mí, Lolita. El profesor debió haber notado mi pulcritud con solo mirarme a la cara. Debió venir a decirme al oído: "Lo felicito por su conducta desde todo punto ordenada y respetuosa, no se preocupe, ya ganó el examen". Pero el tonto se distrajo en la lectura de un artículo, mientras en varios sectores del aula, se soplaban.
María conserva las cartas que Vilma le mandaba desde Corea. Yo superé mi desconcierto inicial, le tomé la ruta al curso con Vilma, y al final me desquité con El proceso. Esa Lolita de desarrollo cognitivo también asistía a Europea, siempre con su Kristeva, aunque no estaba matriculada. Era como si mi pensamiento la hubiese levitado y puesto ante mis ojos. Evocaba a España y la novela Servidumbre Humana, las pinturas del Greco, la cantante Lolita. Allí estaban sus ojos (acaso los ojos que yo seguía buscando en todas las mujeres), su tez trigueña. Calzaba lindas zapatillas de cuero, con agujeros. ¿De qué color eran? Casi amarillas. Ahora no sería capaz de definir ese color. Una diadema carmesí en su pelo negro, liso, espeso. Y su morral. Y su suéter de lana, azul de cielo, de mar.
Por esa época yo leía Franny and Zooey, de Salinger, y La balada del café triste (Carson Mac Cullers) lecturas que nada tenían que ver con la academia, con nada, solo con los derroteros de mi alma. Ya Kafka me había inseminado su morbo, sabía que me jalaría un buen trabajo final, que acabaría conquistando a Vilma. Por este lado estaba tranquilo. Mi vida, en el fondo, más allá de los conflictos reales o imaginarios con que la zarandeaba, era normal. Trabajaba de profesor, vivía con mis padres y hermanos, me iba bien en la u. Había estudiantes que vivían al límite, al borde de una decisión radical. Como esa muchacha, compañera en un curso, que una vez me pidió permiso para sentarse conmigo en la mesa de estudio. "Hoy vine a la u pensando en cancelar el semestre. Reflexioné. Voy a seguir, voy a luchar", me confesó. Era madre soltera, tenía un niño de tres años. La vida estaba preñada de tantas angustias, de tantos sinsabores. Le ofrecí un tinto. Fui a la cafetería y se lo traje. Abrió la bolsita de azúcar y, con la lengua, empezó a comer el contenido. Le advertí que el azúcar era para el café. ¿Acaso le gustaba tomarlo margo?
El cinco en el trabajo sobre Kafka estaba asegurado. Lo que no tenía por seguro era el próximo paso, o si Vilma, al acabar el semestre y correr el tiempo, me devolvería un saludo, o se haría la desentendida. Vilma estaría conversando en la cafetería del bloque 13 con Sonia, esa otra profesora, también obesa. Sonia se daría cuenta del saludo y llamaría la atención a Vilma, pero yo ya iría lejos. El próximo paso estaría mediado por la atmósfera de los pasillos. Esos pasillos que sabían de nosotros, que día a día nos recibían y descifraban sin dificultad. Pasillos por los que nos internábamos con pasos cortos, pensativos, perezosos, sorbiendo un café que nos cambiaba la aspereza de la boca por un pastoso gusto edulcorado. Era en medio de esos pasillos de altas paredes hasta el elevado cielorraso, donde nos topábamos con una muchacha que corría a informarnos: "no hay clase, el profe no vino ni dejó nota". Por la claridad un poco ficticia de esos pasillos (pensemos en los tubos de luz blanca) era por donde proseguíamos, aliviados un poco, pero también frustrados, porque ya no veríamos a la condiscípula que nos cautivaba con su aire español, esa joven de rostro serio y aceitunada piel. De los pasillos desembocábamos al hojoso espacio de la grama seca, y caminábamos bajo los árboles que se deshacían de sus hojas como ofreciendo una abundancia que les pesa. Y la u se nos presentaba bajo un aspecto de asueto, de almuerzo a la sombra de los mangos y los almendros, de chácharas deleitosas o meditaciones profundas, mientras el sol declinaba su rigor y permitía una luz opacosa, una brisa de fruición. Donde más plenos nos sentíamos era al pasar frente a la hamaca que una pareja había colgado entre dos mangos, porque aún sorbíamos el tinto y porque la hojarasca murmuraba bajo nuestros zapatos.
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