jueves, 20 de enero de 2022

Alcides, Rogelio, Omar.

Alcides fue, junto con Laura Cannas, el profesor de Inglés de los primeros semestres. Inglés diversificado, que ofrecía competencias en lectura y comprensión de textos técnicos. Distinto al Inglés básico, parte del pensum de los estudiantes de Idiomas, más exigente, con énfasis en la conversación. Alcides fumaba en demasía. Encendía un cigarrillo con la colilla del que acababa. Era un negro de gran afro y sonrisa masticada. Le gustaba casi que de un modo enfermizo hablar de los negros y la discriminación racial. Corpulento y vigoroso, caminaba contoneado. Vestía ropas anchas, un poco al estilo de los sesenta, y calzaba relucientes zapatos de cuero. Con los alumnos hablaba cosas de la academia, jamás dio mucho de sí en una plática. Contaba sobre un curso de computadores que hizo, porque le parecía inconcebible que un universitario no conociera nada en absoluto de informática, mientras que en los Estados Unidos los niños de escuela jugaban con ellos. Alcides enamoraba a las estudiantes con su mirada, una mirada que concertaba citas en las cafeterías, al amor de un tinto y un cigarro. Era vanidoso, muy pagado de sí, casi que repelente. Rehuía los saludos. 

El anterior apunte sobre Alcides lo hice recién comencé la carrera, junto con el de otros docentes de esa época, como Rogelio Franco. Rogelio Franco era a quien consideraba el mejor de este grupo de profesores. Nos dictó Español. Alto, robusto, y dueño de una respetable barbita. Rogelio era un tipo especial y transigente, entregado a la docencia, escritor, dispuesto siempre a reír sin perder jamas la compostura. No fumaba, al menos en clase no lo hacía. Se movía, sí, mucho por el aula, casi que nerviosamente, yendo de aquí para allá entre las sillas, por las puertas, el atril. Daba lugar, más que a la controversia, a la participación. Jamás regañaba, nunca perdía los estribos, era paciente, aguantador, sin dejar de ser severo. Alentaba a los estudiantes. Era instruido. Citaba con frecuencia a Nietzsche y Zuleta. Solamente cinco o seis pupilos reprobaron el curso, pero todos ganaron la habilitación. Ahora que ya había acabado el semestre, satisfactoriamente para unos, no mucho para otros, uno se topaba con Rogelio, de vez en cuando, por los largos y estrechos pasillos, y él jamás rehuía un saludo.      

Omar era un tipo que se parecía mucho a Don Quijote de la Mancha. Largo y flaco como una tabla, no dejaba de tener un marcado aire de nobleza y denuedo. Le hubiese sentado llevar vestidos como los que vi un día en un retrato de Felipe II, rey de España: calzas al muslo, medias veladas, blusón rematado en gola. Ahora que lo veo bien, Omar se parecía más a Felipe II que a Don Quijote. Era el profesor de Sociología I. Su cátedra era de dos a cuatro de la tarde. Intelectual con visos, daba su clase sin material de apoyo. Solo exponía, hablaba, permitía la discusión. Jamás usó la tiza ni el tablero. Era poeta. Le daba verguenza serlo. Un día nos recitó un poema suyo y lo atribuyó a otro autor. Era un ser singular. Estilaba aires religiosos, se movía con donaire, como un eclesiástico. No fumaba. Contaba un chiste de vez en cuando. Su rostro, visto de cerca, parecía tener un halo científico, de rigor. Amaba las tardes estivales: sol, cielo azul, nubes perfectas, brisa fresca, árboles frondosos, muchachas hermosas, hombres dignos. En ocasiones, Omar iba muy aburrido, sin ganas de dictar clase, cansado y desgajado, muy abatido, meditabundo: no daba clase. Nos mandaba a mirar y gozar la tarde.  

(A poco de graduarme, una tarde me di una vuelta por la u. Me arrimé a la sala de profesores en el primer piso del bloque 12, y conversé con Alcides, que estaba en la puerta, fumándose un cigarro y bebiendo un tinto. A Alcides no le agradaba mucho la llovizna que caía, a pesar de que la vivía desde el confort de un techo, un cigarro y un café humeantes. Ahora, además del afro, lucía una barriguita muy oronda. Lo recordaba como uno de mis profes de los primeros semestres, al que dirigía un ademán de  cortesía cada que me lo encontraba. A la entrada de la sala de profesores, veíamos la facha cachazuda de la tarde, cruzábamos palabras, seguíamos de manera mecánica la vida de los pasillos, la escalera, la tienda, los baños, en fin, el entorno inmediato. Alcides salió a fumarse el cigarrillo allí porque en el despacho había mucha gente. Era cierto. Dos profesores más ocupaban sus escritorios en el dividido espacio del salón. Uno de ellos estaba pendiente de cuatro estudiantes que presentaban un examen atrasado: entre estos se hallaba Arteaga, el objeto de mi espera y del incidental diálogo con Alcides. Alcides no había olvidado a su antiguo alumno: manifestó su contento por el hecho de que ya estuviera a las puertas de la graduación. Me dijo: "supongo que regresará a Quibdó a ejercer su profesión". Me incomodó su ligereza, la estúpida idea, el tonto prejuicio de que todo negro proviene del Chocó. Me importó un comino lo que Alcides creyera. Me pareció un deber moral aclarar el asunto: "No soy de Quibdó, soy de Arboletes". "Ah", exclamó. Y así prosiguió el diálogo, dentro de un tinte pesimista y salomónico, dado por el acento aburrido de Alcides. Pensé en la clase de experiencias que habían llevado a Alcides a semejante fatalismo. Me percaté de que las palabras de mi interlocutor reflejaban tensión interna, cierto desequilibrio. Dejé que la charla languideciera, puesto que no me interesaba la visión de las llagas ajenas. Arteaga tardaba. El examen era extenso. Además, debía traducir, cosa en la que, pese  a que él opinaba lo contrario, no era muy hábil. Por fortuna Juvenal, el profesor, era tolerante, una madre, y les colaboraba. La lluvia menudeaba, decía su canto sutil, diluía en la tarde su apagado color, para disgusto de unos y consuelo de otros. Alcides hablaba: "en Medellín no ha habido verdadero invierno este año". Al parecer se tomaba como una ofensa personal el hecho de que la lluvia fuera indecisa, débil, casi avara. Apuntó algo sobre la tragedia ocurrida en Andes, a causa del desbordamiento de un río que arrastró las viviendas ribereñas. Pero lo que más le importaba era su café y su cigarro, de los que daba cuenta con verdadero deleite. Así pasaba la tarde. Una tarde rara para mí, inútil en cierta forma. Miraba la jungla de los tránsitos, de la cafetería, visión desvaída, de una inercia implacable, de rostros huérfanos, tocados por la fatalidad, fuera del control de la mente que los dirigía, rebeldes a toda sujeción cerebral. Rostros animalescos, figuras bestiales moviéndose en el aire destemplado. Adivinaba gestos de animal aquí y allá, caras sin destino. Se me antojaba insustancial la cháchara de la cafetería, en contraste con el balanceo de las ramas y el brillo de la hierba. La lluvia de Liliput tenía un encanto hierático, una magia que Alcides no podía vislumbrar.)

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