Alguna vez, en un bus de Circular, Óscar me vio leyendo y me aconsejó que no leyera en los buses, que un brusco movimiento del carro podía ocasionarme una lesión grave en la vista, hasta un desprendimiento de retina. Solía embarcarme en el Circular para ir de la universidad a la Piloto, aunque a veces optaba por caminar. Yo venía sentado en la parte media, del lado de la ventanilla, y Óscar estaba de pie en el pasillo. Había sido mi profesor de crítica literaria. Agradecí su amabilidad y guardé el libro. Tiempo después vi a Óscar leyendo el periódico en una buseta, recordé su advertencia, y lo menos que pude sentir fue el desfase tremendo entre lo que decimos y lo que hacemos. No eché en cara al profesor su inconsecuencia, porque no soy de los que piensa que hay que aprovechar cualquier papayazo. Al contrario, me gusta no lucrarme de estas revanchas servidas en bandeja, dejarlas pasar. Cuántas veces no he hecho igual cosa, pontificar sobre lo que no hay que hacer y sorprenderme, luego, haciéndolo. Es demasiado humano.
Óscar tenía su despacho en la sala de profesores del primer piso del bloque 12, mismo donde atendían Natalia Pikouch y Hernán. Ahora caigo en cuenta de que eran dos salas de profesores contiguas allí en ese primer piso del bloque 12, si no es más. Los despachos de los profesores estaban diseminados en todo el bloque. Había unas salas generales, para el batallón, y otras más exclusivas, que compartían dos docentes. Estas últimas se hallaban en los pisos altos. En fin. Más tarde vi literatura prehispánica con Óscar. Yo trabajaba medio tiempo en La Salle de Bello, en la mañana, y salía al mediodía a las carreras para la u, apenas con tiempo de almorzar. Algunas veces podía ir a casa, donde mi madre me tenía a punto el almuerzo, y siempre era a volandas para la u. Llegaba con retraso a la clase de Óscar, lo que lo sacaba de casillas. Era inocultable su enfado, con todo y que le había explicado sobre mi trabajo y mi imposibilidad de estar allí a la hora exacta. Total, yo era un tipo desafiante, y me importaba poco lo que el profesor pudiese pensar. Incluso me retiraba antes de que la sesión acabara, y esto sí que ofendía a Óscar. Hasta que una vez me paró en seco, llamándome la atención delante del grupo: "llegas tarde y te vas temprano, no, maestro". Igual me fui, aduciendo cualquier excusa. En adelante me cuidé de volver a hacerlo. No me interesaba echarme de enemigo al profesor.
Por lo demás, Óscar era un tipo amable. Yo era bastante desdeñoso, esto me acarreaba problemas. No prestaba mucha atención a la clase, en parte por la fatiga, en parte porque ya estaba harto de la u, quería volar. Veía el mundo como una secuencia inagotable de cobardías. Estaba cansado de las cadenas con que intentan someter el pensamiento. Esta era mi rebeldía con la academia. Teníamos que escribir un ensayo sobre el Popol Vuh. Clase tras clase Óscar ostentaba su saber sobre la materia, peroraba ante el grupo, sin que yo me interesara demasiado. A duras penas leí el libro. Nezahualcóyotl fue otro asunto, me atrapó. Qué poeta. Al final era de esperar la rispidez. Entregué el trabajo en hojas de imprenta y Óscar me lo devolvió. Salia ya muy orondo de la oficina cuando Óscar me llamó por mi nombre. Retrocedí. Imaginé que me diría algo que halagaría mi ego. Óscar vino hasta el umbral con su barba poblada y me reprochó: "no es este el papel en que se presenta normalmente un ensayo, así se aceptan los borradores nada más, usted conoce las reglas, maestro. Me llamaba "maestro", trato que no me gustaba. Acompañó su reprensión con un audaz palmoteo en mi costado, un gesto que quería ser amable, cosa que tampoco me gustó. Se me antojó escuelero el reclamo, no le presté atención, hice un gesto displicente y me marché. Yo me mantenía en un estado de irritación. Esa palmada inusitada en el costado acentuó mi malestar. "Maestro", qué ridículo. Lo imaginé reponiéndose en su escritorio, ante la mirada connivente y perversa de los colegas. Labios que dibujarían una sonrisa de beneplácito ante la irreprochabilidad de los principios académicos. Mientras yo atravesaba la densa muchedumbre de la cafetería y me abría paso entre todos esos rostros maleados por la Lógica, el profesor haría cualquier comentario a sus pares en descrédito de esos estudiantes estúpidos que nunca hacen las cosas como deben hacerse.
Después pasé el ensayo en las benditas hojas de bloc. Me puso un cuatro con cinco, y no olvidó espetarme la crítica: "me esforcé explicando el Popol Vuh desde una inmensa bibliografía y distintos puntos de vista, para que usted venga a apoyarse en un Larousse, no, maestro". Quedó desencantado. En efecto, yo había tomado algunos datos del diccionario enciclopédico. Lo demás lo dejé a mi poder creativo, y eso me salvó.
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