No encuentro sino dos apuntes nimios en mis cuadernos sobre esta profesora de Psicología, Marina Quintero. Quizás tenga algunos más por ahí, de mayor calado, y deba buscar con minuciosidad. Me atendré al recuerdo, al entorno del bloque 9, al factor aglutinante de la figura de algunos compañeros de clase y al empaque extravagante de su hermano, estudiante de pregrado (no tengo memoria de qué carrera estudiaba, debía de ser una licenciatura), al que apodaba, para mis adentros, "El duendecillo". En general, Marina y su hermano eran personajes estrambóticos, carnavalescos, de corta estatura, casi enanos, con un no sé qué de contrahecho en la fisonomía. Recuerdo que Marina usaba tacones para compensar en algo sus mermas de estatura. Se emperifollaba de lo lindo esta mujer, con vestidos despampanantes y maquillaje en regla, es decir, exagerado. No se me hace difícil evocarla. Era muy suelta de palabra y de gestos. Bastante jovial, conversadora, amigable. Además del dominio en su área específica (Freud, Jung, Lacan), era una reconocida folclorista, amante del vallenato. No se perdía ningún Festival de este género. Era todo un espécimen. Creo que hasta cantaba aires de acordeón.
El aula donde nos dictó el curso estaba en el segundo piso del bloque 9, cerca del Centro de Documentación de la facultad de educación, una salita atendida por un empleado amable (creo que se llamaba Fernando), donde uno podía hallar un sitio para estudiar y consultar bibliografía, revistas y monografías, en particular. Ese bloque 9 era un sitio por el que me movía con frecuencia, estudiando en solitario o en grupo, haciendo gestiones y ajustes de matrícula, visitando profesores, tomando un tentempié en la cafetería (vecina a la avenida circunvalar), etcétera.
No sentía mucha empatía por los profesores de esta facultad ni por las materias que nos dictaban. Mis simpatías se hallaban en el bloque 12, entre los literatos, Natalia Pikouch, Restrepo. Esto demuestra que no escogí el pregrado pensando en ser docente, sino fustigado por el amor a las letras. En el futuro esta inclinación se hizo más categórica, porque, en el fondo, nunca me consideré profesor, sino escritor. Y creo que desde la visión que en aquel entonces tenía del bloque 9 y su parafernalia administrativa y académica, se materializó el rechazo que siempre he sentido por el sistema educativo. Aún hoy, al escribir estas líneas, mi negación de ese engendro tiene un no sé qué de visceral. En realidad, nunca hice amistad con ningún profesor del bloque 9. En cierta forma, hoy lo considero un bloque maldito, donde reinaba la medianía y el conformismo, en general, algo demasiado folclórico, como la propia Marina Quintero y su hermano "El duendecillo".
La verdad, esos cursos como el de Psicología eran de los que uno consideraba como rellenos, así que no podíamos sentirnos a gusto. Hay gente que se entusiasma con eso, que se apropia de la importancia de estas materias, pero no era mi caso. Para mí era asunto de salir del paso, obtener los créditos y listo. En aquel tiempo leí a Freud, más inspirado por mis propias búsquedas que por la invitación de la profesora. Todo aquello era pesado y fastidioso. No había encanto. No sentía uno un nexo fuerte con la vida. Eran puras teorizaciones sobre escuelas y métodos, una cosa artificiosa y burda. Yo no podía amar eso. Lacan, Piaget.
Todos los trabajos con Marina eran en grupo. Uno parecía no existir como individuo, solo como miembro de un grupo. Hoy uno entiende todas esas triquiñuelas de los profesores. Grupos de cuatro. Nada de eso, en el fondo, tenía sentido. Fotocopiar un documento y analizarlo, presentar un informe grupal. Nuestra representante ante Marina era María Eugenia, una compañera que se entronizó en el papel de líder. Todo un personaje. Era egresada de la Universidad de Medellín. Cierta vez nos contó que, como emérita de esta universidad, le correspondió asistir a un congreso donde le tocaba hacer una ponencia (una palabra de mucho predicamento en la u, en el bloque 9, "ponencia", y que a mí siempre me recordaba a las gallinas en su faceta de ponedoras). Pues bien, al salir a la palestra, de repente, se le trabó la lengua, no le brotaban las palabras, por más que intentaba. Se reía bonito la María Eugenia, sencillamente, hermosa. Así me parecía. Bajita, bonita. Jamás podré olvidar el día en que asistió a clase cargando un cuadro más grande que ella, y la forma como se movía entre las sillas con unos tacones altos y blancos que solo podían ser ajenos. Según entiendo, venía de una exposición. Un día cambió de peinado. Quise decirle: "te has quitado diez años de encima". María Eugenia tenía gripa, quise aconsejarle: "tome tabletas Dristán". Parecía una niña. Pero, según podía uno colegir por sus palabras, había recorrido una gran trayectoria por universidades, institutos, academias. Practicaba el baloncesto y el voleibol. Para acabar de ajustar, trabajaba. Una niñita adulta, eso era. Tenía una gran personalidad. Siempre llegaba tarde a las reuniones para los trabajos en grupo. Vestía como una reina de belleza, unas veces, otras, como una simple estudiante de educación física. Imposible que, en su rol de representante de grupo ante Marina, no se sintiera subestimada, sacrificada, no reconocida en sus esfuerzos. Aún así, no dejaba de ser afable, siempre dispuesta a sonreír.
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