En la cafetería el sol iba penetrando y los gorjeos de los pájaros llegaban transportados por delicadas rafaguillas de viento. Había ese hinchamiento del aire producido por los parloteos interminables de los estudiantes, quienes, aprovechando un receso en las clases, pasaban un momento de solaz al son del refrigerio matutino, los chistes, la disipación. En cada una de las mesas de las dos hileras existentes, grupos mixtos seguían el hilo de una cháchara sazonada con tintos y cigarros. El rumor discurría ininterrumpido, formado por voces de todos los timbres y volumen. Los pájaros, en los tejados y árboles vecinos, parecían querer emular a estos seres ligeros que no sabían cantar, pero que tampoco eran capaces de tener la boca cerrada.
La cafetería era un lugar de encuentros y desencuentros. Por ella transcurrían rostros incapaces de soslayar el espejo deformante de la mirada del prójimo. Cualquiera se ponía nervioso en medio de tantos cuerpos y tanto ruido. Había algunos que no podían evitar comportarse como perros y gatos y, en efecto, ladraban y maullaban con tal destreza, que hasta los perros y los gatos los envidiarían. Entre tanta compañía era natural sentirse solo, extraño, cogido en una trampa. Pues, todos sabían, esta no era la vida, sino un simulacro, algo peor, una horrible y burda pantomima.
(Sepúlveda lo sabía, y aún así le gustaba la cafetería, como esos personajes de Cortazar atrapados en el magnetismo de los pasajes citadinos o los vulgares salones de baile, en los que intuyen un tránsito hacia otros mundos, un esguince de la realidad hacia universos insólitos. Como sentía Marcos la música y los colores, como un paso. Examinaba un banano en la fuente de las frutas, y se decía que en las materias corruptibles el color es una trashumancia. Conforme transcurren los días la cáscara amarilla del banano se llena de pecas, magulladuras, máculas, y el color varía de un amarillo sano, limpio, bello, a un amarillo enfermo, sucio, repugnante. Una onda musical lo alzaba del lecho en que se hallaba acostado. Se sentía levitar horizontalmente, como tendido en invisible alfombra. Seguía escuchando la música, suave, soñadora. Esta lo transportaba. Navegaba por las cámaras de la vivienda hasta encontrar la puerta. Su ser inmaterial atravesaba la hoja metálica sin ningún esfuerzo. Se elevaba hasta las estrellas y se despedía de los niños que jugaban en la calle. Oía la música, esa onda se lo llevaba. Contemplaba las ciudades titilando en la vasta sombra de la Tierra. Se elevaba más y más. Viajaba al infinito. Se sentía leve, sin peso. No tenía noción de las magnitudes físicas ni de los conceptos humanos. Era pura música, viajando siempre, hasta la eternidad. Siguiendo a Cortazar, era como Johny Carter, en El perseguidor, cuando viajaba en el metro y sentía que el mundo se desmoronaba, que era un pasar a otra cosa. Johny olvidaba el saxo en el metro, cuando no lo vendía para proveerse droga. Sepúlveda hallaba una especie de realización en el frangollo de la cafetería, en ese orbe partido y disperso en el que era posible sentir el gluten. Y aún así sentía que era Borges y yo, el otro, entre realidad y ficción, entre embuste y certeza, en fin. El Borges escritor usurpa la vida al Borges real, y esto es lo que siente Sepúlveda, la tergiversación de las cosas, la mistificación del engranaje en el que creemos cifrar nuestro ser. "Eh, Borges, ¿dónde quedo yo?" ¿Qué es uno más allá de un nombre famoso, de unos libros editados, de una foto en la carátula de una revista, de un párrafo biográfico en una enciclopedia? ¿Qué es uno más allá de un apunte en la libreta de un alumno, de esa opinión bondadosa o acre, de una anécdota? Así Sepúlveda aparecía en los cuadernos de Marcos y, como un insecto sujeto con un alfiler a una tabla, clasificado con un nombre y un número, venía a ser solo un maestro. Y Borges, Cortazar, Sepúlveda, Marcos, todos, con el correr del tiempo no serían más que seres que existieron, sombras, nada. Porque los buenos propósitos no bastan, querer conservar memoria de un tránsito, no basta. Todo se extinguirá, tarde o temprano.)
Todos esos rostros que infestaban la cafetería no querrían estar en el lugar de sus semejantes una vez se agotara el café, los cigarros, la plática, y tuviesen que partir para la próxima clase, despidiéndose de seres que les infligían un absurdo tormento con su despreocupado adiós.
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