miércoles, 1 de septiembre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.27.)

*¿Dónde había leído eso? Que el hombre cuando empieza a madurar reúne sus fracasos más amados y hace con ellos una hoguera. Media hora de solaz entre rusa y griega. Ha cesado la molestia en el estómago, así que puede arrimarse a la cafetería y tomar un café con leche. Eso es lo que hace. Se siente bien. Eugenio Onieguin. La relación del autor con los dos personajes. Rusia vista por Pushkin. Tatiana frente al mundo y el amor. Pushkin y el amor. Recuerda el sueño con el hada. Es de noche y está en el parque de Bello. Entra a un salón de billar y se entretiene mirando a los jugadores. No le agradan sus caras, sale. Allí estaba ella, el hada, venturosa, sonrosada y alegre. Tomó su mano y lo haló hacia sí. No podía resistirse a su abrazo. Ella sonreía. Él no cabía de felicidad, se desbordaba. La noche se hizo más suave y clara. La miraba a los ojos, le había declarado su amor. Traje rosa, de amplias y flotantes sedas. Tan bella. Tomó el rostro de ella en sus manos. La besó sin miedo. Instante supremo. Su cara redonda y cálida entre sus manos. Sintió correr su sangre bajo su piel estremecida. Permanecieron allí, arrobados. Ella era su amiga. Habían hecho un pacto. Ella sería su amiga y su amor. Estaba rendido a su encanto, de hinojos ante su belleza. Fue magnífico. Juntos los dos en la noche clara. Astros rutilantes sonreían en el cielo. El hada sonreía como ninguna mujer puede hacerlo. Su sonrisa infundía paz infinita. La eternidad descendió sobre ellos. Eran dos niños, dos amantes. No sabían qué hacer con tanto amor. Caminaron. Se sumergieron por calles largas y profundas. No regresaron a la noche. Pero luego él se ve en un lugar lastimosamente conocido. El hada ha desaparecido. En vano, intenta recuperarla. La noche lo oprime. Aquel barrio es Itaguí. Lo reconoce. Edificaciones, coches, gentes. Todo le resulta familiar. Comienza a correr. Un enorme y furioso perro lo persigue. Rubén aparece fugazmente. No, el hada ya no está. Su imagen se ha borrado. No deja de correr, pese a que el perro se ha rezagado. Un pensamiento doloroso lo hiere. Llega a un sitio que también le es conocido. Ahí está la casa de Memo, amigo del colegio. Pero Memo no está. Hay allí cerca una carpintería. Entra, pregunta a un obrero, sale. Nadie le da razón de… ¿Qué es lo que busca? Todo, la noche y el tiempo, ha quedado atrás, muy atrás. Avanza despacioso por la calle desierta. Para él todas las calles están desiertas. No sabe adónde se encamina. Camina simplemente.

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