martes, 28 de septiembre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.35.)

*Lensky es un tonto, retar a duelo a Onieguin porque se le baila a Olga. Hombre mundano, un dandy, al estilo inglés. Un monsieur, al estilo francés. Los franchutes. En la sociedad rusa era signo de buen tono hablar en francés. Pedro I prohibió la barba y el atuendo tradicional. Toda esa oleada de romanticismo proviene de Alemania, Inglaterra y Francia. Pushkin era otro Byron. Todo ese arrebato, ese apasionamiento. Exaltación del folclore popular, de las regiones exóticas, de los paisajes ensoñadores. Lensky. Pero más tonto Onieguin, rechazar el amor de Tanya. Después le pide cacao, cuando Tanya está casada con un general y vive en Petersburgo. Un baile de sociedad, escenario del coqueteo y las declaraciones de amor. Para Marcos, en cambio, los sótanos sórdidos, las criadas. O el padre de Marcos, desbaratando el hogar por un amorío con una mujer separada o viuda, con hijos. El destierro de Pushkin, Ucrania, ansias de rectificarse ante el zar, que se levante el castigo. Retenido tres meses en Boldino por una epidemia de cólera. En este tiempo dio a luz varias obras maestras. Natalia y su amor por Pushkin. Es que es un coloso, en verdad. Natalia Goncharova Pushkina, la mujer del genio. Una beldad. Natalia se sentiría halagada de llevar el mismo nombre de la mujer de Pushkin. Soy Natalia Pikouch, presentándose ante el grupo al inaugurar un nuevo curso. El asombro de los estudiantes ante un tipo humano tan raro, una ucraniana que domina el español, romántica. Se requiere mucha novelería para emigrar a un mierdero de estos, venir tras el resuello de un colombiano. A esas rubias desgarbadas les encanta el tipo latino. El hijo de un sindicalista que fue a Rusia a beber leninismo de la fuente original. Natalia se enamoró. De esa locura queda un hijo. El  fulano la abandona nomás pisar Colombia.

La Guerra ruso-afgana. Leonid Breznev. Una momia casi. Gorbachov. En ese tiempo en que conoce a Natalia, el Medio Oriente está convulsionado: Irán, Irak, Afganistán. La oscura marea del narcotráfico se volcaba sobre Medellín. En esta vorágine de odio y violencia, la figura de esta rusa causaba sensación en la u, numerosos estudiantes acudían a su curso. Sí, había un no sé qué marcial en su gesto y en su voz, cierta rudeza. Pero era dulce y emotiva. Qué elección la suya: quedarse en este tierrero, amarlo. Transmitir a esas camadas de alumnos la emoción y la grandeza de la literatura rusa. Y atraparlos. Gogol, Dostoievski, Turguenev, Nabokov, Ajmátova, Gumiliov, Bulgákov.

Es el repentino escribir un poema y obsequiarlo a la compañera del lado, en Lingüística, con el profesor Leonardo Arango. Y seguir loco por esa mujer unas semanas. Y extenuar hojas y hojas en sus cuadernos dedicándole más poemas. En ese tercer semestre ponía zancadilla al amor, quería hacerlo trastabillar y arrancarle una promesa, como ese personaje bíblico (Jacob, luego Israel) que atrapa al ángel que se le aparece en sueños y no lo deja ir hasta que lo bendiga. “Bendíceme y te suelto”. Con la compañera de clase, que se llamaba Marta, no llega a nada. Con Natalia, consigue algo más: el amor por unas páginas encantadas. Eso no podía dárselo una puta, tampoco el garito. Quizás la música salsa, pero era más bonito el verso de Ajmátova: como una piedra blanca en el fondo de un pozo. Era él quien lanzaba flechas a Amor, pero Amor era esquivo, o tal vez a él la puntería le fallaba. Sueño de amor, de Liszt. Lo escuchaba en lanoche, en la sala en penumbra, antes de acostarse. Y en su casa se quedaban intrigados, ¿desde cuándo le gusta la música clásica?  Pero ese piano suena bonito.

Natalia. Después de esos meses de paro  absurdos, desasosegados, turbios, desesperados, en que estuvo al borde de la aniquilación, fugitivo de sí mismo, mísero, arrastrándose en una ansiedad de endemoniado, reanudar la u y encontrar a Natalia. Era un mundo más serio que esos amoríos banales y callados que, como pedruscos en el camino, se topaba a diestra y siniestra. Era una profesora, una mujer adulta, un paisaje extraño. No era Lucía, ni Diana, ni Magui, ni Gladys, mujeres abordables y conquistables, comunes. Aquí existía un cuerpo de conocimientos, una estética, un intelecto, una espiritualidad, un disfrute por la literatura, una madurez. Una mujer distinta, que él no osaba abordar, aunque las pocas ocasiones en que se cruzaron, ella se mostró atenta y receptiva, incluso halagadora. Ese final de semestre vivió una especie de reciproca simpatía con Natalia.Tal vez un amor inconfesado. Algo le pasaba a Amor, su loca flecha no atinaba. Estaba rota, o se había perdido.

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