viernes, 3 de septiembre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.28.)

*¿Por qué tengo la impresión de que vi alguna vez a Gala Pikouch –necesariamente en compañía de su hermana, Natalia- en aquellos mediados de los 90? Guzmán se obstina en que, de ningún modo, pude verla, como si su gratitud por la sanadora fuese tanta que le impulsa a la veleidad de apropiársela, de quererla para él solo, de no compartirla con ninguno. Así es el amor, egoísta. Pero yo tengo un fuerte barrunto, una señal en la memoria, de que la vi. La descripción física que Guzmán me hace de ella, me lo sugiere: una mujer adulta, muy blanca, obesa, de cabello rubio ensortijado muy corto. Debió ser en esos días de recién egresado, cuando aún volvía a la u, cuando vivía en Carabobo con Moore. Quizás algún apunte perdido me certifique el hecho. Así como encontré en el cuaderno número 66 (que reviso por estos días) un inesperado apunte sobre Estévez, tal vez por ahí, en alguno de los cuadernos de la época mencionada, resplandezca una anotación (una escritura, hay que ir entrando en el ámbito de lo sagrado, de los conjuros y la magia) sobre Gala Pikouch.

En esos años en que se aproximaba la muerte de Estévez, su imagen parecía exigir el sustrato onírico como condición para sus revelaciones. Es una cosa extraña. La mayoría de mis apuntes sobre Estévez en esos años cercanos a su extinción, son sueños. Con Natalia Pikouch, no. No todavía. Mis anotaciones sobre ella se refieren a encuentros reales, concretos, por lo general en la Universidad de Antioquia. Una o dos veces soñé con ella. Pero es que uno suele soñar con las personas a las que nos unen la cotidianidad y el afecto. En el reiterado soñar con Estévez había un no sé qué premonitorio. Aquella vez en que soñé con el hada era, sin duda, una encarnación de Natalia.

Ahora Guzmán me relata datos sobre las hermanas Pikouch y su asociación con los clanes de brujería blanca. Al parecer eran brujas blancas. Por cuestiones de diferencias entre los padres, Natalia y Gala se separaron en la infancia. Crecieron separadas. Cuando Natalia comenzó a ganar renombre entre sus colegas y amigos de  la u por su poder sanador, inopinadamente, apareció su hermana Gala, la cual se las arregló para enviarle un mensaje. Le advirtió a Natalia que ella no tenía la suficiente instrucción para practicar la magia blanca, que sus poderes habían de ser contraproducentes, le quitaba el dolor de cabeza y el estrés a uno y se los transmitiría a otro. Natalia se hizo eco de la prohibición y, primando en ella el sentido filial, aconsejó a Gala que viniese a Medellín, donde su menguado bolsillo (la situación en Ucrania era mala en lo económico) se vería resarcido con el dinero de los clientes que ella le reclutaría.

Según esto, la magia blanca busca hacerle bien al otro conjurando el mal con la palabra a través de hechizos. Esta sabiduría viene desde el Medievo y se transmite de generación en generación. El ritual sanador que Gala Pikouch ejercía sobre sus pacientes puede sintetizarse con una palabra: cromoterapia o sanación por los colores. Las sesiones eran individuales. Gala se ayudaba con una traductora, porque todos sus conjuros eran en ruso medieval. La traductora aclaraba que iba a traducir lo que pudiera, lo que no podía no tenía manera de hacerlo, precisamente porque no conocía algunas palabras que ya eran arcaísmos medievales y términos de brujería. Los colores expresarían estados del espíritu. Gala ordenaba al paciente cerrar los ojos (¡y no abrirlos nunca, no verla en sus hechizos!) y describir los colores que desfilaban en su interior. Según esto, hay tonos que indican tranquilidad, otros son signo de laceración y tormento en el ser. De acuerdo al color que el paciente señalaba, Gala establecía la naturaleza del mal y profería conjuros de sanación. Ella decía que todo en la vida entra con la palabra, que el mal que profieren otros hacia uno tiene efecto desde la palabra, pero que precisamente a través del color ella lo conjuraba y lo alejaba del espíritu. Guzmán cuenta que en ese ritual entendió que los colores que uno ve cuando cierra los ojos son los más hermosos que haya podido ver jamás en la vida; que una aproximación a esa magia, a esa pureza del arte en el color, la ha observado en Omar Rayo. La sesión con Gala duraba lo necesario, hasta que uno fuese llegando a los colores considerados bondadosos, los de la paz del espíritu, porque esos colores se iban conjurando, Gala los exhortaba con sus fórmulas linguísticas, hasta que acudían. Se me da por pensar, desde mi ignorancia, que el amatista y el turquesa, colores que amo desde siempre, traen sosiego.

Gala complementaba el ritual con el elemento del fuego. Guzmán dice que él no resistió, que abrió los ojos y vio a una mujer blanca toda vestida de negro, en la mano derecha una vela prendida. Cuando el paciente denotaba (por la descripción del color interior) el estado en que se hallaba, Gala con el hechizo sacaba la palabra (el color dañino) y con el fuego la quemaba. Era ya al final de la sesión, y ella explicaba que la palabra que daña y la palabra que sana se figuran con un gesto de la mano en el que el meñique, el anular y el del corazón se recogen contra la palma, y donde el índice y el pulgar permanecen estirados. El pulgar es uno (soy yo), el índice es lo que el otro le deseó a uno, y los tres dedos contra la palma devuelven al otro lo que le deseó a uno. Que si uno tiene claro ese símbolo de la mano, nunca pensaría en hacerle daño a otro, porque aunque logre inocularlo en la víctima, se le devuelve tres veces.

Terminados los conjuros, Gala ordenaba al paciente ir a una iglesia y, de acuerdo a lo arduo de la tarea de sacar el mal del espíritu, encender cierto número de velas. Guzmán dice que a él se le ordenó encender 17 velas. Y uno debía quedarse en la iglesia hasta que las velas se consumieran  más de la mitad. Y durante todo el proceso de consumación de las velas uno debía pensar en un ser querido que se hubiera ido a destiempo por muerte violenta o suicidio. Porque las personas que tienen muerte violenta o se suicidan, no van al sitio donde deben ir. Y Gala ordenaba que todo el tiempo que ardían las velas uno debía decir el nombre de esa persona y rogar por el eterno descanso de su alma, que se vaya, que repose y que no vuelva más. Guzmán dice que él pensó en su mejor amigo, que se había suicidado, que ese dolor estaba en sí. Dice que otra cosa vista por Gala en los colores de su entrecejo es que por donde él más penaba era por el lado del afecto y del amor, porque tenía muy herido el chacra del corazón. Para que permaneciera cerrado y en perfecto estado, Gala le mandó que usara una cadena dorada con una Estrella de David, para que lo protegiera de todo mal.

Gala decía que cuando uno siente que una persona le está profiriendo el mal, hay maneras de cerrar la energía personal y rechazar ese influjo y que se le devuelva al otro. Para los hombres, hay que empuñar el antebrazo con el puño de la mano derecha, mientras se le dirigían estas palabras al que le profería el mal: “recoge tu bien y el mío también: Protégeme”, evocando con esta última palabra el poder superior o cualquier contacto con el absoluto que uno tuviese.

Guzmán dice que a través de la cromoterapia alcanzó a entender la unión de lo espiritual con los colores que se ven y con la percepción del arte que uno tenga. Y entendió que Dios se presenta bajo la forma de esos colores, cuando uno cierra los ojos y se presta al ritual, haciendo parte del conjuro, y de corazón participa en la tarea de otro ser que trata de hacernos el bien.                       

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario