La Revista Linguística y Literatura es una publicación vigente: sale semestralmente y está adscrita al Departamento de Linguística y Literatura y a la Facultad de Comunicaciones y Filología de la Universidad de Antioquia. Curioseando en Google, encuentro que va en el Volumen 42, Número 80, correspondiente al semestre Julio-Diciembre de 2021. Me entusiasmo y leo un artículo titulado "Sobre el estudio linguístico del lenguaje 50 años después. Una conversación con Noam Chomsky". Busco en los archivos de la publicación y hallo que están hasta el 2006. Entonces iba en el Número 49, un número monográfico dedicado a la historiografía literaria colombiana. Ni asomo pues de los números de mi época, los 90, cuando Natalia Pikouch hizo fuerza para que publicaran mi trabajo final sobre La muerte de Iván Ilich. No recuerdo bien si Natalia hacía parte del comité editorial de la Revista, tal vez fuera así. Lo cierto es que de los dos o tres ejemplares que me dieron como articulista, no conservo uno solo. En estos días de nostalgias he querido ver esa publicación, al menos en formato virtual, mas no he podido (lo que me promete una visita investigativa al Alma Mater). Tengo la costumbre de realizar periódicas purgas en el material de mi biblioteca. A veces se me va la mano, y luego me arrepiento. No demasiado (eso del arrepentimiento), porque creo que todo debe fluir, que al desprendernos de libros nos convertimos, de algún modo, en promotores de lectura. En estos días de rememoranzas quise buscar un libro de Cortazar (Nicaragua violentamente dulce), pero me acordé que cayó en una de mis limpias. Igual ha pasado innúmeras veces con otros textos. Mi mujer me inculpa por mi veleidad de botar, pero me reprocha más mi inconveniencia de buscar lo que he botado.
En una Revista Linguística y Literatura cuyo número y año no recuerdo (pero de la cual quisiera acordarme), publicado bajo la categoría de "Reseña", apareció por allá en los 90, cuando aún era estudiante, mi escrito titulado: La muerte de Iván Ilich, ¿el ser o el tener? Releyendo mis cuadernos de esa época, he encontrado que obsequié a mi hermana mayor uno de los dos o tres ejemplares que me correspondieron. Conservé uno para mí, el cual me acompañó por años, de trasteo en trasteo, y que al fin di a la basura (esto es, a los lectores en potencia). El otro (porque debieron ser tres) acaso lo dejé en casa de mis padres, donde no es que leyeran mucho, pero al menos podían ufanarse de tener un hijo y un hermano escritor y, de paso, mostrar una evidencia (la revista) aunque no supieran ni jota de lo que trataba el asunto. Mi hermana mayor quizás leyera el artículo, aunque no estoy seguro. De lo que sí puedo dar fe es de que lo exhibiría puntualmente ante sus visitantes, echando unas flores al talento artístico familiar.
Cuando dejé la casa de mis padres y me mudé al centro, tardé en traer mis libros conmigo. Me fui mudando de a poco. Preferí cargar primero con mis cuadernos de apuntes, como un escarabajo estercolero, que con mis libros. Cierto día visité a mi hermana en su apartamento cercano al parque del Periodista (ahí también queda el Guanábano). "¿Tienes aún en tu poder aquella revista donde publicaron esa reseña literaria mía?" "Claro, ¿la necesitas?" "Sí, por favor". "No hay problema, siéntate. Voy a buscarla". Mi hermana se levantó delicadamente y se trasladó a la habitación contigua, caminando como si los ojos de una multitud abarrotada ante una pasarela de modelaje estuviesen fijos en ella. Regresó al cabo de un momento. "Aquí está la revista. Toma". La recibí, la hojeé, localicé la página de mi interés. Solo entonces me senté en el blando sillón, diagonal a mi hermana, que mientras tanto había vuelto a su distinguido puesto de jefa.
¿Qué tenía que hacer Iván Ilich en aquellos aposentos dedicados al empuje empresarial y al mundo de la etiqueta y el modelaje? Pobre Iván Ilich. No bastaba con que el cáncer lo tuviese acogotado y que su familia y sus conocidos le diesen la espalda. De ñapa tenía que caer en el elegante apartamento de mi hermana, donde una tímida secretaria ocupaba la antecámara y donde un cuadro en la pared no podía ser sino de motivo abstracto. Por no tener mis libros conmigo. Quizás por la sospecha de que aquel invento de irme a vivir de arrimado no iba a durar mucho. En casa de mis padres había dejado mi deshojado Cien años de Soledad, mi Juicio en el Mar (de Frank de Felitta), mi Edipo Rey, mi La vorágine, también deshojado y amarillento y amado. Y, como puede verse, también dejé la revista donde aparecía mi ensayo sobre Iván Ilich. Quizás la necesité de afán para una consulta rápida, o sencillamente quise recrearme leyendo nuevamente esas páginas. Mi hermana vivía a unas cuadras.
No sé si aún conserve la revista. No, no creo. si no la conservo yo...
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