*Hoy veo a Gala Pikouch como parte de esa pandilla de ilusionistas, magos, brujos, médiums, sanadores, expertos en ciencias ocultas, doctores, profesores que viajan por el mundo, trasladándose de ciudad en ciudad en un aire de seudociencia y charlatanería, logrando notoriedad de un día, cazando a más de un incauto. Como los esposos Luc Ronstai y Soroberti, que por allá en 1979 se anunciaban en el periódico local de Medellín como expertos en ciencias ocultas, profesores al servicio de la humanidad, cuya misión era hacer el bien. Al buscar información sobre ellos en Google, quedas en las nubes, como si jamás hubiesen existido, probando, quizás, que eran impostores. Y esos nombres pomposos que se inventaban: Luc Ronstai y Soroberti. Me recuerdan ese tema de Willie Colón y Rubén Blades, Madame Kalalú: “óigame, Madame Kalalú, en su rueda de cristal qué ve”, etcétera. Luc Ronstai y Soroberti eran anunciados en El Colombiano con el mismo brillo con que se publicitaba el tónico Wampole: “¡ole con ole! Tome Wampole. Salud y energía de generación en generación. Wampole, tónico a base de minerales y vitaminas”. O las pastillas Ónix para teñir el cabello. En toda época dan qué hablar los magos, ilusionistas y profesores de toda laya. Willie Colón y Rubén Blades caricaturizan el fenómeno con su canción Madame Kalalú (“háblame más duro que no veo”). No es solo la bola de cristal, también la baraja y las sombras, y eso de prometer cosas buenas y viajes. Y, claro, cobrar la plata puntualmente. Todo un tema, digno de volverlo a escuchar, Madame Kalalú. Y jalar risa un buen rato.
De Asia y Europa (Rumania, Rusia,
Francia, España) procede la batahola de la gitanería, el circo, la magia. En mi
época de Itaguí viví cerca de una colonia de gitanos, y estuve al tanto de su
extraña cultura, nómadas del mundo. Recuerdo que los hombres comerciaban con
aperos de caballos y, de un modo furtivo, según se decía por ahí, con joyas. Las
mujeres leían la mano. Los hombres eran serios, garbosos, apuestos; las mujeres
tenían un raro hechizo, una mirada misteriosa, y vestían faldas y pañoletas
coloridas. Entre ellos hablaban su lengua particular, el romaní. En el trato
con los demás, se valían sin problemas del español. Las mujeres eran buenas
regateadoras, y en la legumbrería siempre acusaban al dueño de querer
tumbarlas, exigiéndole rebaja. Siempre se salían con la suya. Los gitanos
jóvenes se hicieron amigos nuestros y se nos unían en los picaítos de
fútbol. Sin embargo, era una comunidad
cerrada, tenían unos códigos férreos que les alejaban del trato con los que no
fueran de su grupo. Hoy recuerdo con especial cariño a dos de esos gitanos,
muchachos como nosotros, Kolia y Renzo, entusiastas del fútbol. Alguna vez, en Junín, dos gitanas me salieron
al paso, ofreciéndose a leer mi mano. Acepté. La que miró mi palma me dijo que
iba a tener tres grandes amores en la vida. Yo le dije que iba en mi segundo
amor. Entonces ella me dijo que me faltaba mi tercer gran amor.
Gala Pikouch estuvo en Medellín
por 1990, en esos años. Su paso por la ciudad fue discreto, su clientela,
reducida. No se presentaba con los bombos y platillos de los Luc Ronstai y
Soroberti. Tampoco encajaba en el molde de Madame Kalalú. El relato de Guzmán
nos la presenta más bien como una terapista, una sanadora que combinaba la
cromoterapia con los buenos oficios de la fe religiosa.
De la cultura rusa nos ha llegado
la literatura, el ballet, el circo, la música, la pintura, la revolución.
Trotski y su esposa, Natalia Sedova, llegaron
a México en 1937. No era un literato ni un bailarín, no venía a
compartir el aroma del samovar y la balalaika: traía en sus bártulos panfletos
flamígeros, la semilla de un mundo nuevo. Venía huyendo de la policía de Stalin. No
halló paz en Noruega, de Estados Unidos fue deportado por Roosevelt, y en
México (el país donde estalló la primera revolución moderna (1910), incluso antes
que en Rusia (1917), Lázaro Cárdenas le dio refugio. El muralista Diego Rivera
y su esposa Frida Khalo lo acogieron como un hermano y como un camarada.
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