martes, 21 de septiembre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.32.)

*Natalia no debía gustar mucho de la canción Natalie, cantada en francés por Gilbert Becaud, popularizada en castellano por los Hermanos Arraigada. A ella no le calaba el sistema soviético, los monstruos engendrados por la Revolución de Octubre, Stalin, Beria. Y esa canción, hasta donde se entiende, tiene cierto aire de militancia, de células universitarias. Un estudiante francés visita Moscú. Natalie, una rubia hermosa, le sirve de guía y le pone en contacto con sus similares rusos. Natalie es la traductora. En el tema se habla de la tumba de Lenin, del café Pushkin, de las llanuras de Ucrania, de los Campos Elíseos. Después de la reunión viene la fiesta, el vino. Y la despedida. Y el regreso del visitante a su patria, quien promete a su vez servir de guía a Natalie cuando esta vaya a París.  

Tras la muerte de Stalin (1953), el gobierno soviético, al mando de Nikita Kruschev, había comenzado a desmontar el siniestro aparato de represión estatal. Beria, el tétrico lugarteniente de Stalin, fue ajusticiado. Alguna vez, al tocar este asunto, Natalia opinaba que estos fueron tiempos relativamente mejores, donde Rusia había respirado con un poco más de libertad. Confiaba en que se aproximaban cambios políticos radicales, que favorecerían una vida más abierta en su país.  Repudiaba ese régimen que coarta la libre expresión, la fría y despótica matemática del poder. Cuántas expresiones artísticas valiosas tuvieron que desterrarse a las catacumbas por miedo a los sabuesos de Stalin. Sólo los turiferarios del tirano eran exaltados y agasajados. Natalia había aprendido a desconfiar del menor tufillo ideológico que se trasluciera en la vida cotidiana. Siquiera que Marcos era de pocas palabras, y nunca cometió la idiotez de hablarle a Natalia de esa canción de corte comunista. Natalia hubiese demostrado su repulsa de inmediato, variando de tópico con disimulo. Marcos gustaba de la música, pero de preferencia antillana. Vibraba con la percusión y las trompetas. Mantenía cierta reserva frente a las canciones de protesta, la nueva trova cubana y las corrientes afines. No, lo suyo era la salsa. Era esta la expresión musical donde hallaba sentido y trascendencia. En cada grupo salsero veía una avanzadilla contra la discriminación y la injusticia. Siempre que bebía unas cervezas, se arrimaba a una taberna donde retumbaran los cueros y se escuchara el sabroso bordón del bajo. Una noche Blandón lo invitó a una taberna donde ponían música latinoamericana. Bebieron unos tragos. Era toda la concesión que Marcos podía hacer a ese género, acompañar a un amigo a un rato de charla y unas cervezas. Esa noche sonó el tema Natalie. Se acordó de Natalia y le prestó atención a la letra. ¿Qué es lo que sucede en esa historia? ¿Por qué es tan vaga al final? ¿Se amaron? ¿Fue todo una promesa? ¿Qué pasó con ellos dos después de la fiesta? Quedaron solos, pero ¿y qué? ¿Eran todos ellos unos conspiradores? ¿O fue simplemente un encuentro de intelectuales? Pushkin, un genio. Lenin, tren embalado. Ucrania. La escalera de Odesa. Ese libro de Solzhenitsyn, Lenin en Suiza. Lenin era la Historia. Stalin, otra cosa.  Marcos no solía manifestar sus ideas políticas. Eso estaba bien para ese compañero (¿Víctor?) que estudiaba derecho y que parecía un demonio sinuoso en su afán de enlistar militantes para el partido; que  se había matriculado a un curso de ruso, y siempre andaba con libros de la Editorial del Pueblo. Cuando se cruzaba con Marcos le entregaba un panfleto y le invitaba a alguna reunión. Marcos se escabullía cortésmente. No había que mostrar desdén por estos tipos y sus ideas. Era mejor que creyeran que simpatizaba con ellos. Y, en cierto modo, era verdad que tenía un pensamiento social, que podría llegar, en algún momento, a considerarse revolucionario. Sin embargo, Marcos era más bien un rebelde. 

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