*Esa tarde fue a la u con dos propósitos, uno declarado y otro velado. El primero, oír una cinta de inglés en el laboratorio; el otro, mirar a una muchacha que trabajaba allí. Circunvaló con tímido andar todo ese segundo piso del bloque 11, intentando vencer la vacilación. Chasco: el laboratorio de inglés estaba fuera de servicio. Por un momento, Marcos se halló sin alternativas, y deseó desvanecerse en medio del corredor como una deleznable y vulgar pompa de jabón. Sin embargo, recobró ánimos al recordar al ciego que, en lo alto de la escalinata, tarareaba una canción. Lo había visto al pasar, momentos atrás. Se arriesgó a atravesar Hello Kitty, y lo hizo sin sentirse muy horrible. La Apología de Sócrates en su mochila le tendió la tabla salvadora. Dos pantallazos se da Platón apareciendo, primero como testigo a favor del filósofo; segundo, sirviendo como garante del mismo, al lado de Critón, Aristóbulo y Apolodoro, en el caso de que la pena capital sea conmutada por la libertad bajo fianza. Estas dos efímeras apariciones parecían casuales y sin importancia. Sin embargo, Platón da lustre a su figura. En lo cual, se decía Marcos, alzándose de hombros, no había nada vituperable. Buscaba un sitio donde leer tranquilamente, cuando la imagen de Natalia, la profesora de rusa, iluminó su memoria con su tez nórdica, y avanzó decidido hacia su oficina. Entró. No estaba. Su escritorio repleto de papeles y libros presentaba un aspecto desordenado. Siguió hasta la cueva de Hernán, el profesor de griega. Su cigarrillo lo saludó amablemente, y su tinto en verde vaso desechable le dijo hola. Hernán habló cosas exageradas con respecto a la relación entre Marcos y Natalia, llamando a la segunda la “Mecenas” del primero. La vanidad y el desdén compartieron a partes iguales el ánimo de Marcos. Pensó en Natalia, su amor por las conferencias y los encuentros de literatura, un hijo en edad escolar que tocaba el violín y estudiaba inglés y, seguramente, nadaba. Era todo lo que sabía de ella. “Le caes bien a Natalia. Ella lee con tanto agrado tus escritos”. ¿Por qué decía Hernán todas esas cosas? ¿Eran ciertas? Y bueno, ¿qué era lo que había pasado? Que Natalia seleccionó su trabajo final para publicarlo en la revista de la facultad. Antes que vanidad, Marcos había sentido desprecio hacia tal hecho. Luego vinieron sensaciones turbias, donde la más sobresaliente seguía siendo la soberbia. Más tarde, mientras descendía del cielo fulgurante al que lo había elevado la noticia, volvió a sentir la intrascendencia de todo, el odio contra las causas que lo llevaron a idealizar algo, en el fondo, tan fútil. Sin embargo, no pidió a Dios que lo librara del orgullo. El gran Sócrates. Sócrates fue un filósofo callejero, tan pagado de su arte que afirmaba obedecer al oráculo de un dios. Enérgico, desfachatado, tenía por misión sublime enseñar la Virtud a sus conciudadanos, antes que la obsesión por las riquezas, el poder, el prestigio. Fue un tipo extravagante, incluso en esa controvertida y heterogénea sociedad ateniense. Su vida consistía en vagar por las calles, plazas, viviendas, dialogando con uno y con otro, demostrando la ignorancia de todos los que se vanagloriaban de sabiduría. Él mismo rechazaba para sí el calificativo de sabio con que algunos lo honraban. Sólo se enorgullecía de un saber, y era este, saber que nada sabía. Estaba convencido de ser la buena conciencia de la ciudad y en el juicio donde fue condenado a morir dejó de lado toda modestia y aseguró a sus verdugos que, eliminándolo, perdían lo más caro que tenían, esto es, su buena conciencia, su tábano, su código moral. En dicha audiencia llegó a vaticinar malos días para la ciudad y sus habitantes. Era pobre. Nunca cobró por sus lecciones. Tenía mujer e hijos, y hay que figurarse la vida de penurias que llevaban. ¡Pues Sócrates paraba en la calle filosofando! Hay que imaginarse lo contenta que se mantendría su mujer. Su método de filosofar era la mayéutica, que consistía en bombardear con argumentos y preguntas a su rival discursivo, hasta hacerlo parir, por contradicción, la verdad. Dominaba a la legua este procedimiento, y era implacable con sus opositores. Se entremetía en todos los asuntos de la sociedad. A todos confrontaba, jóvenes y viejos, ricos y pobres, conciudadanos y extranjeros. Se creó numerosas enemistades y envidias por el ardor en buscar la verdad donde quiera que estuviese.
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