"Como una piedra blanca en el fondo de un pozo
Está en mí un recuerdo.
No puedo, no quiero luchar, él
Es la alegría y es el sufrimiento.
Me parece que aquel que mire desde cerca
Mis ojos, lo verá de inmediato
Se hará más triste y pensativo
Que el oyente de una historia trágica.
Yo sé que los dioses convertían
A la gente en objetos, sin matar sentidos.
Para que eternamente vivan las extrañas tristezas
Te han convertido en mi recuerdo.” (Ana Ajmátova, 1916)
Este es el poema que me diste a leer una tarde en la u (una tarde en que la hurañez de mi rostro te pareció un signo de clarividencia), el poema que transcribí en mi cuaderno, el poema que aún conservo y que hoy releo: "para que eternamente vivan las extrañas tristezas". Cuando quiero leerlo, busco el cuaderno 19, allí está, casi al final.
También por esta época leo los cuentos populares rusos, de Afanasiev (La bruja Yagá y otros cuentos). Afanasiev murió pobre, de tuberculosis, obligado a vender su librería personal cuando contaba cuarenta y cinco años. Sus obras no fueron publicadas debido a su amistad con Herzen, el ideólogo de la revolución campesina. Afanasiev recopiló unos 680 cuentos tradicionales, en ocho volúmenes.
Ana Ajmátova, "como una piedra blanca en el fondo de un pozo". Este poema había de acompañarme toda la vida. Este poema ya hacía parte de ti cuando estudiabas en la universidad de Kiev. Kiev, que pronuncias con acento en la primera vocal y con ese inefable dejo de otra parte. Kiev, cuya universidad fue mandada a pintar de rojo sangre por el zar, sin sospechar que sería el color elegido para las banderas que acabarían con su dinastía.
Te ofende que Dostoievski sea prohibido por el sistema comunista, Tolstoi permitido. Gorki. Nunca aconsejarás leer a Gorki. Dostoievski, Tolstoi, son otra cosa. Es ese libro Lenin en Zurich, de Soljenitsyn. Parvus, interesante figura. El tren de los conjurados. Ese pasaje de Doctor Zhivago donde hablan de una familia con acciones en la empresa ferroviaria, que gozan de tiquetes gratis para viajar de un extremo a otro de Rusia. Y uno ni siquiera ha subido a un tren, ni a la destartalada locomotora nativa que va hasta Puerto Berrío. Y en Europa esa es la vida, el tren, los trenes, los conjurados. Eres de Ucrania. Las llanuras de Ucrania. Cómo amas a Pushkin. En las vacaciones regresas a tu patria. Quemar las naves, sí señor. Jugársela toda. Y cómo amas la literatura infantil. Tu voz y tu risa, gruesas, enérgicas. El padre de la literatura rusa, así llamas a Pushkin, tenía ancestros africanos, era un negro. Ajmátova y Pasternak silenciados, pero nunca abandonaron su amada tierra. Es preguntarse si amabas a Maiakovski, el poeta de la Revolución. Gumiliov es otra cosa.
Es eso. Yuri Zhivago abriendo la puerta de la casa largo tiempo abandonada, sintiendo un estruendo de latas volcadas y las ratas cayendo pesadamente al piso y huyendo con precipitud. La casa de Lara. Es Gumiliov alejándose en un tren, rumbo a un mar desconocido. Es Pastenark caminando en solitario por una carretera destapada y bordeada de árboles, en un tiempo de nevisca, las manos enfundadas en su abrigo y el empecinamiento en el rostro.
"Pero otro drama está
representándose”, es eso. Leer
Doctor Zhivago, ese tiempo de tormenta. Es ver a Nikolai Gumiliov, con sus treinta y cinco años, ante el pelotón
de fusilamiento, su obra prohibida. Es venir leyendo en la buseta el poema de
Ajmátova, Como una piedra blanca en el fondo de un pozo, un poema de 1916,
cuando Gumiliov tenía treinta. ¿Y Ajmátova? Tres años menos. Veintisiete.
En Agenda Cultural del Alma Mater, en el número 133 de junio de 2007, tu colega Aída Gálvez Abadía, filóloga y antropóloga, escribirá una semblanza póstuma sobre ti. "La conocí en 1982. La Universidad programó un curso de ingreso al escalafón para familiarizar a los nuevos docentes con el oficio. Reunidos en la sede de El Hatillo, iniciamos la inducción que duraría una semana. Al momento de la presentación de cada quien, nos sorprendió un acento femenino extraño, de una acabada modulación en el idioma español: Me llamo Natalia Pikouch y soy filóloga ucraniana, dijo mientras se erguía con un gesto un tanto militar, una rubia pequeña, maciza y de tez rosa".
Es ese libro Cinco poetas rusos, que obtuve como muestra promocional de una editorial que visitó un colegio donde yo trabajaba, y que presté a una alumna y que casi no me lo devuelve. Al final, no sé qué se hizo ese libro. Alguien se lo quedó, como mi libro de poemas de César Vallejo, que presté a una muchacha del José Roberto Vásquez y que no volví a ver. Cinco poetas rusos: Pasternak, Maldestam, Ajmátova, Alexander Block, Nikolai Gumiliov. Gumiliov y Amátova eran esposos. Gumiliov, fusilado en 1921 por el régimen soviético.
Hoy vuelvo a abrir mi viejo cuaderno 19, vuelvo a leer el viejo poema.
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