*Iván Ilich tiene cuarenta y cinco años, y está en la etapa más exitosa de su carrera, cuando le ataca la enfermedad. Ostenta el cargo de magistrado. Lleva una existencia agradable, ajustada a las reglas del decoro: amistades aristocráticas, una familia decente, criados, cenas, bailes, whist. Las disensiones con la mujer agrian el matrimonio. Pero su vida es suave, disciplinada, como debe ser. Siempre tuvo como regla de conducta el modelo de las clases más elevadas. ¿Qué más le podía faltar? Sin embargo, no se siente satisfecho. Siempre existe un grado superior al que acceder en la esfera de esa jerarquía de clases. Se arrellana todo el tiempo en el engaño de que vive como es debido. Embebido por el desempeño de su trabajo, en este encuentra alivio contra las ingratitudes de la vida hogareña. Ha ascendido de funcionario en provincias a juez de instrucción, más tarde, a sustituto del fiscal, luego a fiscal. Por vivir en un orden superior a sus ingresos, se endeuda. Esto le inquieta. Quiere hacerse con el puesto de presidente del tribunal en una ciudad universitaria. Le ignoran en varias oportunidades. Viaja a San Petesburgo a intrigar. Al fin consigue lo que deseaba. Se traslada al nuevo lugar a preparar la instalación de la familia, a la vez que se integra a sus funciones de jurisconsulto. Está muy alegre y él mismo se encarga de buscar la casa apropiada a su condición, entregándose de lleno a la remodelación. Al arreglar algo en una ventana, hallándose trepado en una escalera, cae y se golpea en el costado.
Lo que sigue para Iván Ilich es
la amarga rebeldía de renunciar a lo que, hasta entonces, significa todo en su
vida. Y, sobre todo, el indecible sufrimiento al constatar que los que dicen
profesarle respeto y amor, solo actúan al impulso de sus conveniencias. Incluso
entre los miembros de su familia siente el dolor del destierro, de la
desabridez, del abandono. Iván Ilich rezuma hiel, sufre, se agita, atraviesa el
indescriptible calvario de su enfermedad. Los sufrimientos físicos son tan
terribles que hacen que el paciente lance alaridos día y noche. Solo halla
comprensión en un sincero y noble criado (Guerásim), quien evita engañarlo
asegurándole que se recuperará pronto (como hacen los médicos y parientes),
sino que lo acompaña y atiende con modestia y calidez, sabiendo que su amo
morirá. Iván Ilich acaba apreciando más la áspera sinceridad del sirviente que
los falsos halagos de sus familiares. Al final, su alma se sosiega. Descubre
que los demás no tienen la culpa de sus padecimientos (y, por tanto, no debe
tratarlos con rencor), que solo en él debe buscar las causas de su estado.
Purificado por el dolor, acepta su destino y muere tranquilo. Sus últimos
momentos no pueden ser más lúcidos, engrandecidos por una serena bondad. Se
dice que estaba en un error, que su vida no fue lo que debió ser. Esa verdad lo
apacigua y lo conduce al más allá. Ya no existían los tormentos. La muerte
misma había desaparecido.
En este relato, la visión de
Tolstoi con respecto a los seres humanos es amarga y cruel, pues presenta a los
hombres en su faceta más materialista y cínica. Aparte de los episodios
donde Iván Ilich recuerda su infancia
(la época más bonita), el autor disecciona a la sociedad, mostrándola como un
tinglado de marionetas movidas por el interés personal, donde no hay bondad ni
clemencia. Al oír hablar del óbito de Iván Ilich, el primer pensamiento de sus
colegas de gabinete es el de las repercusiones de aquella muerte en el traslado
o el ascenso de sí mismos o de sus conocidos. Y Praskovia Fiódorovna, la viuda,
durante las exequias, interroga a Piotr Ivánovich si hay alguna estratagema
para lograr que la pensión del difunto quede más crecida. Este la desinfla al
responderle que no es posible hacer nada en este sentido.
(¿Qué es lo que me gustó en el
trabajo de Marcos? No aborda los pormenores de la historia, ni siquiera nos
confía el argumento. Es la manera de discernir, la forma como razona. Nos deja
del todo ignorantes del resto de los
personajes, los lugares, las situaciones, del decurso del héroe en el
tiempo, y se centra en la soledad de Iván Ilich enfrentado a la muerte. Es la
lucidez con que da cuenta de la lucha moral que se da dentro del personaje. Es
eso lo que me gustó. Ese introito en tres párrafos sobre la soledad del pueblo
ruso. Y luego, accediendo ya al relato, ese juego de silogismos que trae a
cuento al inicio: “Iván Ilich es hombre, los hombres son mortales, luego Iván
Ilich es mortal. De haber aceptado Iván Ilich este razonamiento y no este: Cayo
es hombre, los hombres son mortales, luego Cayo es mortal, quizás no hubiese
sido tan tremenda su agonía ni tan sensible su soledad.” Finalizando su análisis, advierte: “quería
tocar este plano de la soledad y la trascendencia. Todo hombre, tarde o
temprano, ha de verse abocado a la muerte. La certidumbre de la muerte nos
acerca a la verdad, al ser. Es el ser el que trasciende. Iván Ilich comprende esto
en el último momento de su agonía. De allí nace ese tierno sentimiento de
compasión hacia los demás, ese deseo de evitarles el mismo sufrimiento. Se ha
terminado la muerte, ya no existe. Fue este el pensamiento postrero de Iván
Ilich.” Excelente.)
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