domingo, 24 de diciembre de 2017

Plácido Domingo

Algunos datos sueltos de la biografía de este insigne tenor ibérico:

Nació en Madrid, en 1941, pero vivió en México desde temprana edad (sus padres, actores de zarzuela, género genuinamente español, se trasladaron a este país en busca de fortuna) y fue allí donde debutó en el mundo de la ópera. Le debe mucho a México: formación musical, amistades, amor, progreso profesional, etcétera. Aún así, siempre ha sido un incondicional de su España.

A eso de los dieciséis años dio un traspié de joven loco y se casó con una jovencita, de cuya relación quedó un hijo. Se separó de esta y más tarde volvió a casarse con la que sería la mujer de su vida y la madre de sus otros dos hijos: Marta Ornelas. Esta Marta también era cantante de ópera, pero abandonó la carrera musical para impulsar la de su esposo y estar al tanto del hogar.

Larga y exitosa ha sido su trayectoria de tenor, que lo ha llevado de un continente a otro, presentándose en los escenarios más linajudos: El Metropolitan de Nueva York, la Scala de Milan, el Covent Garden de Londres, la Opera de Viena, etcétera, Se ha codeado con Papas, presidentes, figuras del espectáculo. Además de la ópera, su voz  ha acogido  la canción popular (es muy conocida y bella su versión de La paloma), y también ha actuado en la televisión y el cine.

Ha interpretado casi todos los papeles de la ópera lírica y dramática. Es reconocido su interés en popularizar la ópera, que llegue cada vez a más gente, pues para nadie es un secreto que este género es elitista, las entradas son costosísimas.

Plácido ha sido un apasionado de los deportes, sobre todo del fútbol.  

martes, 12 de diciembre de 2017

Felicidad

Felicidad, la flor, es roja, rosa y blanca. Vistos de atrás hacia adelante, estos son los colores de los pétalos. Los de atrás son rojos, los que siguen mezclan el rosa y el blanco. Los pétalos son menudos y holgados, sueltos.

Una maceta con un ejemplar de esta planta reposa en una esquina del muro del patio, cerca al gabinete de las toallas y la lavadora. Toda visita al patio, sobre todo en las horas de luz, chispea maravilla por la sola presencia de esas flores, que por lo general la mata ofrece en escaso número.

El nombre de esta planta me lo suministró una señora que pasaba por el colegio vendiendo flores. Vendía una variedad de felicidad muy distinta a la de mi patio, más hermosa. La señora no volvió a pasar. Ahora suele pasar, los martes o miércoles, una señora, Marta, de Sopetrán, que vende tamarindo azucarado. Me hizo su cliente.

Pregunta por mí a los vigilantes en la puerta del colegio. Estos me llaman: “profe, lo necesita una señora”.

Salgo y es ella, una morena como de cuarenta y tantos, de escasa talla y un poco entrada en carnes. En seguida, por el color de la piel, uno se da cuenta de que es ribereña, de esas razas castigadas y bendecidas por el sol, en esas tierras donde abundan las frutas, entre éstas el tamarindo.


Con el tamarindo tengo una vieja deuda. 

viernes, 1 de diciembre de 2017

Guitarra

Mi práctica cotidiana de guitarra va por estos rumbos:

Comienzo con dos obras de Matteo Carcassi, el Andantino Grazioso y el Vals. Sigo con un Legatissimo de Jairo Enrique Restrepo y con Lágrima, de Tárrega. En seguida ataco  de nuevo a Carcassi, un Andante y Le Papillon, de Mauro Giuliani. A continuación toco la Oda a la Alegría, de Beethoven. Luego, dos obrillas de este servidor: Esperanzas y Melodía Número 2.

Prosigo con tres estudios, uno de Leo Brouwer, uno de Giuliani, otro de Carcassi, como introito  del Vals Venezolano, de A. Lauro, El Intermezzo Número Uno de Luis A. Calvo y el Preludio Criollo, de Rodrigo Riera.

Toco una progresión  que empieza con un CM7, y termino con algún segmento de Brisas de Cádiz, de Emilio Medina. Sólo un segmento, porque todavía no memorizo la obra completa. Estoy en eso, estudiándola.

Mi ejecución de estas obras es modesta, aunque en algunas, las más sencillas, he adquirido agilidad y algo de expresión. Las trabajo como complemento de la guitarra popular, porque mi objetivo primordial es la cantautoría. Sé que la técnica aprendida con este repertorio clásico se inervará poco a poco con  la guitarra popular.

Y así voy. 

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Leonardo Da Vinci, ¿un maricón mediocre?

Quien trata a Leonardo da Vinci de maricón mediocre es más marica y mediocre que ninguno. Tan absurda y baja apreciación la leí en Internet, donde cualquier idiota puede publicar sus barrabasadas.
No es sólo por lo que la Historia le reconoce, por lo que los pensadores más grandes le ameritan, no. Basta asomarse a sus pinturas, a sus escritos, a sus apuntes y bocetos de dibujante e investigador, para maravillarse con la magnitud de su genio.
Un solo trazo de Leonardo equivale a todo lo que un chapucero puede hacer a lo largo de una vida de intentos.
La capacidad de esa mente era inagotable. En sus casi setenta años de vida, Leonardo llevó a cabo otra Creación. Tal se desprende de todo lo que dibujó, de todo lo que investigó, de todo lo que proyectó.
También era un organizador de fiestas cortesanas, donde se ocupaba desde la decoración de los espacios hasta el diseño de vestidos, accesorios, máscaras.
Una sola pincelada de Leonardo nos promete el cielo.
Sus apuntes y bocetos son un reflejo de su intensa actividad creadora, que abarcaba numerosos tópicos.
Sus obras afamadas merecen toda la gloria que se les ha atribuido, tienen la virtud de lo acabado. Pero cuán vario y rico universo hallamos en sus papeles de diario, en sus esbozos, en sus anotaciones. Allí daba rienda suelta a su imaginación ilimitada, se solazaba en la gratuidad del momento, concebía seres grotescos, torbellinos de locura.
Pienso que Kafka tomó imágenes de Da Vinci para escribir algunas de sus ficciones, sobre todo las que versan sobre animales, máquinas demenciales, seres condenados.
Son incontables los artistas y poetas que a través de los tiempos se han apropiado el legado de Leonardo, explotándolo creativamente.
Sólo basta observar el sketch de un niño o el de un gato, el de una muchacha o el de un manto, el de un anciano o el de un caballo (Leonardo amaba los caballos) para darse cuenta de la percepción poderosa y la disciplina de galeote que poseía Da Vinci.
Seres grotescos y bellos, cotidianos y fantásticos, colman sus libretas, acompañados por ese otro prodigio de su ingenio: la escritura especular.
Un hombre con pasión semejante no es de este mundo, no es un maricón mediocre. Es un titán. Un Prometeo encadenado. Hoy me pregunto hasta dónde hubiese volado Leonardo si los prejuicios y las limitaciones de la época en que vivió no lo hubieran maniatado.
A sus sesenta y punta de años ya se veía muy anciano. El cuerpo le pasó la cuenta de cobro por su infatigable trabajo, por sus desvelos de buscador, por sus hábitos desordenados. Uno se pregunta cómo pudo plasmar Monalisa o La última cena un hombre de espíritu tan volátil, de ocupaciones tan variadas.
Porque no era sólo pintar y proyectar obras escultóricas y arquitectónicas. Era gobernar un taller con sus aprendices y sus encargos, era atender los caprichos de los clientes, era someterse a las regulaciones de la municipalidad, era ocuparse de litigios patrimoniales con parientes, era codearse con los personajes más encumbrados y, en medio de todo esto, era aspirar constantemente a la perfección del arte, a la búsqueda de otros mundos, a la exploración de otros reinos, botánica, mineralogía, anatomía, física, óptica, mecánica, fauna, flora, máquinas de guerra, labores de agricultura, etcétera.
Quien observa Monalisa o San Juan Bautista en el Louvre se sorprende de las dimensiones modestas de estos cuadros. Los imaginaban más grandes, acordes con el renombre universal del que han gozado. Por este lado puede que haya decepción. Pero jamás se sienten defraudados por el aura de genialidad que desprenden esas obras, por el mítico encanto de esa sonrisa.
Han visto poco de Leonardo, conocen poco. Es desde la ignorancia y la cortedad desde donde pueden originarse comentarios cretinos como el que sublevó a un servidor . Que Leonardo no era más que un maricón mediocre.  Con sólo El hombre de Vitruvio, la famosa imagen donde aborda el estudio de las proporciones anatómicas del cuerpo humano, con sólo eso, se ha entronizado Leonardo en la memoria de la humanidad.
En otra imagen indeleble que nos dejó, su autorretrato,  se dibujó viejo, con luenga barba, con ojos fatigados y labios hastiados. Me pregunto si es atributo de la mediocridad el aplomo con que un hombre muestra su vejez. No, allí hay otra cosa, no humildad, más bien nobleza, carácter, valentía. Eso fue Leonardo, un valiente. Hasta en sus años ruinosos tuvo la serenidad y el afán inquisitivo de observarse a sí mismo, de leer en su rostro senil las maravillas de la Creación, la fuerza de la vida.
Esto es lo que refleja la obra de Leonardo, la fuerza y el don proteico de la vida. Sin duda él fue todas esas cosas que dibujó: ángel, madona, niño, dragón, caballo, río, valle, montaña, cielo, guerrero, predicador del desierto, en fin.

Fue todo, menos un maricón mediocre.

martes, 28 de noviembre de 2017

Colegios y el fin de año

Otra vez esta turbamulta, este ajetreo, este frangollo. Fin de año. El colegio: alumnos inundan la sala de profesores, docentes echándolos, porque esta es la sala de profesores, no la de alumnos. Estudiantes como lapas-pólipos apiñados junto a los profesores, presentando refuerzos, intentando salvar el año. Cuánto he vivido esto, cuánto debería estar cansado, hastiado de todo esto, cuanto hace que debiera haberlo dejado atrás. 

Este ajetreo, este frangollo, esta turbamulta. Alumnos que abandonan la sala de profesores decepcionados, iracundos, mascando insultos, porque un docente no los pasó. Y el docente  riposta con argumentos como este: "cuántas veces te advertí". En fin. Son escenas ingratas, con broncas latentes o manifiestas. Aterra pensar que en cada colegio de la ciudad, del país, del planeta, ocurre lo mismo en fechas similares. Es una imagen deplorable de la escuela, del sistema educativo. 

Este frangollo, esta turbamulta, este ajetreo. Lo malo, lo bueno, lo regular. La mente que ha diseñado todas estas categorizaciones sobre la evaluación, sobre los desempeños adecuados y los no adecuados, sobre ganar y perder. Esa mente tan científica, tan exacta, tan fría. Pensar en lo pertinaz y en lo fugaz de estos cuadros, cuadros que se reeditan cada año, que a su vez culminan, se esfuman. Rostros, voces, dramas. Pensar que, a la vista de un tercero, este tinglado del que gana y el que pierde no deja de ser una simple curiosidad, tal vez un absurdo.

Esta batahola, este tumulto, este fragor. Fin de año. Profesores como santuarios a los que acuden desesperados peregrinos en pos de alivio. Sentados en sus escritorios, reciben oleadas de estudiantes que pronuncian sus nombres como si invocaran una divinidad: "Marina", "Juan", "profe". Recuerdan antiguos oráculos, penitencias, castigos, dolor, consuelo. Pero todo esto tiene un no sé qué de teatral, de simulación, de torpe terapéutica. Al final casi todos ganan. Los sufridos penitentes salen con rostros descansados. Como si todo no fuera más que una farsa.

Este fragor, esta batahola, este tumulto. Lo que no se ganó en las aulas se gana en la sala de profesores. Lo que no se entendió durante la lección, en el tiempo regular de la clase, se supone entendido en la sala de profesores, a los trancazos. Y así va la vida. Asusta pensar que este burdo y espasmódico tráfico de información entre alumno y profesor pretenda pasar como saber.

Este tumulto, este fragor, esta batahola. El número se alza como una divinidad superior al dios-profesor. El número, con suprema exactitud, rige el reino de la evaluación. El número y el ser. El ser y el número. La escala de lo superior, de lo mediano, de lo bajo. Sorprende reconocer que hayamos hecho de la matemática, en este nivel, un Infierno de los números.          


lunes, 27 de noviembre de 2017

Escuelas


En general, cada corriente de pensamiento, cada época, ha postulado un tipo de escuela. Desde tiempos antiguos la mente del alumno ha sido el barro propicio al moldeamiento de un sistema conceptual, de una ideología. 

Recordando a las volandas, encuentro tipos de escuelas: la socrática con su dialéctica, la epicúrea con la ciencia del placer, la escolástica con su teocentrismo, la cartesiana que privilegia el raciocinio y la duda metódica, la naturalista de Rousseau con su concepción de que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe, Neill y la escuela del  juego y la libertad, Sujomlinsky y la escuela del trabajo, Piaget y el constructivismo, Dewey y el funcionalismo, Pavlov y el conductismo, Freud y el psicoanálisis, Marx y la  escuela de los proletarios, Pestalozi y su escuela filantrópica, Frobel y el liberalismo pedagógico, Decroly y Montesori y las escuelas científicas con su teoría de que existen principios psicológicos y orientaciones prácticas que deben orientar la educación, Freire y la didáctica del diálogo y la participación, Derrida y la deconstrucción, la escuela de la Internet y las nuevas tecnologías, en fin.

Escuelas, filosofías, doctrinas, cuerpos conceptuales; unos idealistas, otros materialistas, en fin. Paso por alto algunas, quizás muchas, pero este no es un estudio concienzudo, son notas ligeras, al vuelo. Es un intento de representarme el espectro del pensamiento pedagógico a través del tiempo, basado en lo que me enseñaron en la universidad y en lo que he leído. Tantos referentes, incontables. Nietszche, por ejemplo, con su filosofía del superhombre, postula un tipo de educación, como lo fue también, en otra perspectiva, la de Comenio con su idea de que el alumno es tabula rasa, arcilla virgen donde se imprime el saber, lo mismo que Diógenes con su cinismo y  Thoreau con su vida en los  bosques. Cantidad de escuelas, al punto de que cada hombre, cada modo de pensar, constituye una corriente pedagógica.

De toda esta indigesta ensalada de concepciones, ¿con cuál tendencia me inscribo como maestro? Me considero idealista, con cierto corte trascendentalista. Sí, porque detesto el conductismo y no soy afecto a las ideologías extremistas. El de Neill y el de Freire son  prototipos que tal vez me agraden. No soy demasiado apegado a las nuevas tecnologías. En cierto aspecto, todavía soy tradicionalista, en otro, revolucionario. Soy un crítico acerbo del sistema, por tanto, escéptico.

Dialogaba no hace mucho con un colega, representante sindical, el cual, a raíz del paro reciente, considera justo que los maestros doblen la jornada laboral para restituirles el tiempo a los estudiantes, como si creyera que permanencia física en una institución equivale a calidad educativa. Mi posición es contraria. Tal vez porque soy rebelde por naturaleza, quizás porque pienso que la escuela es más lo que castra que lo que libera, es más lo que moldea (léase ideología) que lo que forma. Creo que los jóvenes no necesitan que les restituyan un tiempo viciado con tanto cretinismo e intransigencia, con tanta obsolescencia y cuadrícula. No, no creo que los jóvenes necesitan que les devuelvan un tiempo tan esquemático y pobre, un tiempo vigilado y cronometrado, donde la represión y la sospecha son elementos del proceder cotidiano. Los jóvenes no necesitan la devolución de un tiempo que los ahoga, de un tiempo que es despótico y violento, de un tiempo retrógrado y perverso, que crea con frío cálculo las condiciones de la desigualdad y la injusticia.

Es la escuela del terror y del miedo.

Los jóvenes necesitan otro tiempo, su tiempo, que no es el tiempo de la escuela, esa desfigurada, caótica, gélida escuela de muertos. Una escuela sin alma, muerta, donde la inercia más terrible sigue accionando los miembros raídos de un cadáver embalsamado.            



   

martes, 14 de noviembre de 2017

Anoche no dormí


Anoche no dormí. La indisposición de la gripe me impidió pegar ojo. Pasé una noche alucinante. Me ocurren unas cosas. Creí volverme loco, perder el juicio, acabar en el caos, en la nada. La noción del cuerpo desapareció entre la fatiga y las alucinaciones. Creo que estuve al borde de una de esas situaciones descabelladas que Maupasant narra en alguno de sus cuentos, El horla, por ejemplo. Sí, ya no había cuerpo, sólo una mente caldeada, ideas atropelladas, delirio. El yo se había hecho trizas entre la salivadera, la tos y el insomnio.


En medio de la crisis, juré no volver a beber café. Con ser que no abuso de él, en la exasperación de anoche lo culpé de mis padecimientos. Daba vueltas en la cama, me levantaba, iba al baño. Estos actos desesperados  los repetí un montón de veces. Mi angustia contrastaba con la calma de Elena, nuestra gata, que dormía a nuestros pies. Mi mujer, a mi lado, poco se inmutó con mi desequilibrio: dormía el sueño de los justos. Mentira, su día es laborioso y esforzado, una maquinita amorosa, merece la recompensa de Morfeo. Sólo intentar cerrar los ojos y dormir, me atacaban unos ronquidos molestos, que parecían venir de una dimensión ajena a mi fisiología, acaso de la región del desvarío.

A las cuatro de la madrugada opté por levantarme a leer. Vine a la sala y me acomodé en el sofá con los cuentos de Rulfo entre mis manos. Mi cuerpo se caía de cansancio, pero el reposo le era esquivo. Leí dos cuentos, el que da nombre al volumen y Diles que no me maten. Maya, nuestra otra gata, no estaba en la sala, como de costumbre, se había ido a dormir al cuarto de Alejo. En su  compañía hubiese hallado cierto alivio (¡es tan tranquila y cálida!), pero también esta merced me fue negada. ¿Por qué la gripe me depara noches tan delirantes? No es la primera vez que me pasa. Hoy, en este momento, el malestar sigue cabalgándome. Tomo pastas. Uso chaqueta y bufanda. Me cuido de las corrientes de aire.

lunes, 13 de noviembre de 2017

¿Esquizoide?

Siente que no gusta a los demás. No, no gusta a los demás. ¿Por qué? No lo sabe. Quizás es demasiado soberbio, o demasiado prevenido, no logra dimensionarlo. No gusta, no gusta. Siente que no gusta. No gusta tal vez porque no quiere gustar. No quiere gustar a cierta gente. Siente que lo miran raro, o que ni siquiera quieren mirarlo, como si les hubiese hecho algo. Sí, les ha hecho mucho, no los tiene en cuenta, no los considera para nada, no quiere nada con ellos. No quiere nada con ellos porque los considera unos hipócritas, eso es. Unos redomados hipócritas. La gente más hipócrita que ha existido.

¿No es culpa de ellos? Sí, es culpa de ellos, en gran parte. Porque se han aliado con la facción  utilitarista, con el bando de los déspotas. Han querido sacar tajada de ello, a costa de lo que sea, han querido sacar usufructo. Han querido sentirse superiores, despreciando al resto. Por eso los rehuye, les saca el cuerpo, los evita, así le digan evasivo, esquizoide. No gusta a los demás porque estos se sienten analizados, criticados, rechazados por él. Se sienten mal en su presencia, porque él los desenmascara con una sola mirada, solo con olerlos. Los detecta a la legua.

Prefiere estar solo antes que departir con ellos. No es altivez, no. Es sentido de supervivencia. Son unos caníbales, les gusta la carne humana, es su plato favorito. Lo odian porque no se les sirve en bandeja, porque no se presta para sus fiestecitas voraces. Lo odian porque hace rato descubrió su jueguito. Y no les agrada sentirse descubiertos. Lo miran con desconfianza y buscan la manera de deshacerse de él. 

Antes de que esto pase, les jugará más de una mala pasada. Porque es que no los quiere. Tratarán de atraérselo y moldearlo. Pero su odio hacia ellos es epitelial, visceral. No les come cuento. Los deja con los crespos hechos. En ocasiones siente a fondo el rechazo de ellos, cómo no. Es un aborrecimiento reconcentrado, a muerte. Lo entiende. Son enemigos declarados. Más allá de las falsas cortesías, son rivales a ultranza. No se gustan. Porque él ha decidido atacar a ese bando utilitarista y despótico donde sea que lo encuentre. Ante ese monstruoso bando, él sera aún más monstruoso.   

miércoles, 25 de octubre de 2017

La muchacha de El castillo


No conozco a la muchacha que me tiene El castillo. Es una amiga de mi hija. Se conocieron en la universidad. Se llevó El castillo la última vez que estuvo en casa. No ha venido sino dos veces, y siempre se ha llevado un libro. Primero se llevó Saudade por Gary Coleman, el ejemplar de mi hija. Ahora se ha llevado la novela de Kafka, mi escritor favorito.

No la conozco, pero sé que se llama Mari, igual que mi hija. Ella tampoco me conoce a mí, pero sabe que soy el padre de su amiga y que comparto su amor por los libros. Mi hija le presta los libros a sabiendas de que no desaprobaré su acción. Sabe que no soy avaro con los volúmenes de mi discreta biblioteca. Sabe, por una intuición feliz, que su amiga Mari también está a salvo de la avaricia, más tratándose de libros.

Los libros van y vienen. Saudade por Gary Coleman acompañó por unos meses a Mari, ahora reposa en el closet de mi hija, entre sus volúmenes personales. Hoy El castillo hace de viajero, de trashumante. Acompaña a una muchacha que no me conoce, que ha venido dos ocasiones a visitar a mi hija, su amiga, y no me ha encontrado en casa. A ella le da un poco de timidez conocerme. Sabe que soy escritor, y esto, de cierta forma, le intimida.

Mari leerá un Castillo distinto al que leí hace años, un Castillo enraizado a sus vivencias, entretejido a sus sueños. Leerá a un K. salido de su costilla, la de Mari, a una Frieda hospedada en sus pesadillas, las de Mari. Leerá a unos funcionarios y a unos palurdos diferentes a los que leí, unos pasillos y un desdén apropiados a sus fuerzas y a sus miedos, los de Mari. Será el Castillo de una muchacha, y el camino que lleva a él tal vez sea menos difícil que el de K., que el mío.

Cada uno levanta su Castillo de acuerdo a sus facultades.   

    

miércoles, 18 de octubre de 2017

Chaparro Madiedo

El dieciocho de abril de 1995
Chapoteaba las ácidas horas patibularias
En una ciudad de chacales.
Andaba buscando empleo
Y podía servirme un aserrío
Lo mismo que una litografía.
Bastarda, repudiada,
La literatura no era una carta
De presentación.
No era siquiera un trabajo,
Porque nos desobligábamos de ella
Como de la vida.

Buscábamos azules y rosas
En los ponientes
Cuando no un azafrán.
Pero la vida se deleitaba
Lanzando esputos
A nuestro paso.
Éramos tan cándidos
Que hasta de los escupitajos
Extraíamos alguna poesía.
Nos evadíamos de los cadalsos
Sabiendo que al siguiente tramo
Otro amoroso cepo aguardaba.
Y así vivíamos.



martes, 17 de octubre de 2017

Pascual Duarte

Un tipo rudo el tal Pascual, un malasangre o sangremala. Mata de un escopetazo a Chispa, su perrita amada. Le acometen los impulsos más brutales: de acabar con la gente, de liarse a navajazos con quien le de motivos. Y es fácil llenar de motivos a Pascual. En líos de tragos, da unas puñaladas a un compañero de fiesta. Cuando la yegua tumba a Lola, mata a la yegua a navaja. 

Un tipo que sabe de odios y violencias, el tal Pascual. Años atrás había leído esta novela de Cela. Hoy vuelvo a leerla. La llevo por la tercera parte. Me encuentro con un ser que es como un pozo sombrío, como una fiera enjaulada. Un animal de instintos carniceros. En el episodio en que la yegua tumba a Lola, que está encinta, recordamos un cuento de Rulfo, La muerte de Matilde Arcángel, donde ocurre un hecho similar. El caballo tumba a Matilde y ella, por proteger al fruto de su vientre, recibe todo el golpe. El niño se salva, pero el padre lo odia, lo culpa de ser el responsable de la muerte de su Matilde. 

Pascual cuenta su historia desde la cárcel. La escribe a petición de un tercero. En algunos pasajes de su relato se advierte cierta contrición, pero en muchos otros se siente una complacencia por sus execrables actos, una malignidad descarada. ¿Es descaro? Pascual es un palurdo, un tipo sin educación, con una crianza estrecha y burda. Su familia no es menos deschavetada. La madre, el padre, la hermana (Rosario), el hermanito (Mario), qué galería del descalabre.        

lunes, 18 de septiembre de 2017

Mi amigo Angarita

Me cuentan que Angarita se había convertido en piedra de escándalo en el pueblo. Centro de un inusual corrillo, apoyándose en un libro que traía en la carátula la imagen del Ché Guevara, difundía ideas revolucionarias entre camaradas y curiosos. ¿De dónde había sacado ese libro? Angarita desertó de la escuela antes de acabar la primaria, bastándole con aprender a leer y escribir. Se dedicó a la vida burda del rebusque, de los mandados, de tejer las calles y estar ocioso mucho tiempo, pendiente de la jugada, de los hilos (unos visibles, otros menos evidentes) que entrecruzan la dinámica del avispero humano.

Me gusta verlo, pese a las opiniones negativas que sobre él circulan, como una rareza, con algo de excéntrico y guillado, de cándido y primario. Que un hombre sin educación se transforme en difusor de ideas socialistas  luego de leer un libro es, sino grandioso, al menos notable. Y el libro del Ché Guevara fue un revulsivo para Angarita. Lo llevó de la vida instintiva a una existencia con un ideal. Tuvo vicios, cometió errores, pero, como fuese, sin demasiadas luces, a los trancazos, se orientó hacia un propósito: atacar a los ricos.

Los ricos fueron las víctimas escogidas por la fiebre justiciera de Angarita. Comenzaron a ser extorsionados, algunos sufrieron secuestro. Angarita seguía morando en el pueblo como un hijo de vecino, sin ocuparse en nada específico, haciendo mandados, sencillo, tratable. Pero ya andaba haciendo sus trastadas y cierto día fue a parar a la cárcel: le habían cogido algo grande. Pagó condena y salió, pero el libro no lo desamparó. En las escalas contiguas al atrio de la iglesia, donde el aroma de los robles pegaba embriagador, siguió impartiendo el pensamiento de la justicia, la igualdad, la transformación. Los años lo iban dotando de una pátina de madurez y reflexión, un aire de soñador. Este aire lo aureolaba el día en que los pistoleros lo sorprendieron en el Puente, camino a casa.  

domingo, 10 de septiembre de 2017

Arabia

Arabia

Las dunas, primera imagen que rompe en mi cabeza. En seguida brota un oasis: palmeras, manantiales, suave brisa. Estoy allí, luego del castigo del sol, en ese frescor. Se llama romántico a quien sueña paisajes exóticos, países lejanos. Pues bien, yo estoy en Arabia. Mi traje, mi turbante, mi corcel. Apuntan en el horizonte las torres del palacio adonde me dirijo.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Profesores y rectores amenazados

Comentario de cafetería de colegio; comentario casual, anecdótico, sin trascendencia; comentario liviano, fugaz. Comentario y nada más.

Días atrás asesinaron a un rector. Hoy, en las noticias del mediodía hablan de una rectora amenazada. En el comenta que te comento de la cafetería del colegio, un maestro comparte que amenazaron a un colega en tal barrio.

El coloquio queda ahí, cortado por cualquier eventualidad, por cualquier fruslería. Y la vida sigue. La rutina se apoltrona. La tragedia es desmentida por el flujo natural de la vida y sus afanes.

Pero, ¿qué es lo que pasa? ¿Es que hasta que el drama no te toca, no reaccionas? Escribe al menos estas líneas como manifiesto de tu rechazo. Escribe al menos, si no eres capaz de hablar.

Es la vida la que está amenazada. No es un cargo, una función, un ente administrativo, no. Es la vida, simple y exacta, compleja y pura, la que está puesta en entredicho.

¿Qué se hace al respecto? ¿Cómo luchamos ante semejante absurdo? Tendríamos que asomarnos a las raíces profundas de la vida para deletrear el inmenso sinsentido de esta situación: maestro amenazado, rector asesinado.

Y no es sólo eso. El hecho de que exista una amenaza así, quiere decir que puede ser esgrimida contra cualquiera.

Lo más terrible es la impunidad y los disfraces de justicia que tal impunidad suele ostentar.

Es eso.

jueves, 22 de junio de 2017

De la avioneta al avión

A los cinco años, viajé en avioneta de San Juan de Urabá a Turbo, un viaje de quince minutos, sobre el Golfo. Me acompañaban mi hermana, dos años mayor que yo, y un tutor, el señor Miguel Angel De La Rosa, compadre de papá.

Papá, que trabajaba en Chigorodó, donde ya había trasladado al resto de la familia, nos esperaba en el aeropuerto. Antes de viajar a Chigorodó, entramos a almorzar en casa de mi tía Sinforina, que habitaba en un barrio cerca al muelle, anegadizo, al que se accedía por una red de frágiles y precarias tablitas que hacían
las veces de puente, y por donde uno caminaba con miedo de caerse al agua podrida.

Nada de eso ocurrió. Llegamos donde la tía, y luego a Chigorodó, sin novedad.

Pasaron muchos años antes de que me alistara a montar en avión de nuevo. Casi soy un viejo. Mañana viajo a Bogotá en una línea comercial reconocida. Pasaré el fin de semana allí.El sustico está ahí, claro. Son varias decadas sin experimentar ese aire arriba. Veremos cómo nos va. Como experiencia, está bien. Es preciso salir del árido empalago de la rutina. Viajo agripado. El avión. El avión.

Veremos cómo nos va, cómo nos arreglamos con el sustico.

Hasta la vista.

miércoles, 5 de abril de 2017

Las tardes hilan sueños

Las tardes hilan sueños. Salgo al corredor, miro el patio: hay un niño de siete años jugando en el peladero de la cancha, pateando una pelota, entre otros niños que también persiguen y patean la pelota. Quiero ser otra vez ese niño. Pero él está allá, y yo estoy aquí, separados por una distancia de años e imposibles. Yo soy un adulto atado a la rutina del empleo, con lo que gano un salario y pierdo los sueños. Pierdo la ocasión de ser de nuevo ese niño de siete años correteando una pelota.

Las tardes hilan sueños. Revienta, blando, aromado de costa, un nombre hermoso, de esos que se adentran en el tiempo como los pájaros de la dicha. Con ese nombre tengo para tejer el poema, para hilarlo con hojitas de tamarindo y caracolas. ¡Caracola! Acaba viniendo esa palabra, esa brisa del mar, mi talismán. Acaba llegando ese nombre, caracola, mi santo y seña para la vida y el amor. Acaba llegando... porque las tardes hilan sueños.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Hoy

Hoy no sé lo que es la lluvia.
Taracea en mi pecho la canción del origen.
En una costa morena un alcatraz
Es toda la liturgia del tiempo.

Hoy no sé lo que es el árbol.
Taracea en mis manos la escritura.
En un maizal incendiado
El azul recuesta su sueño.

Hoy no sé lo que es la noche.
Taracea en mis ojos la clepsidra.
En un río escondido entre rocas
Te encuentro, dulce aroma.

viernes, 6 de enero de 2017

Un pájaro en un verso (Poema)

Uno pone un pájaro en un verso con demasiada ligereza, 

A veces sin ningún sentimiento,

Como una pieza más en un artefacto mecánico.

Pero el pájaro verdadero no estará en el papel
Ni en la palabra. Será un lejano temblor de plumas.
Será el huésped dichoso de un árbol
Todo ramas, todo sueños.
La mayoría de poemas jamás serán un árbol.