martes, 14 de noviembre de 2017

Anoche no dormí


Anoche no dormí. La indisposición de la gripe me impidió pegar ojo. Pasé una noche alucinante. Me ocurren unas cosas. Creí volverme loco, perder el juicio, acabar en el caos, en la nada. La noción del cuerpo desapareció entre la fatiga y las alucinaciones. Creo que estuve al borde de una de esas situaciones descabelladas que Maupasant narra en alguno de sus cuentos, El horla, por ejemplo. Sí, ya no había cuerpo, sólo una mente caldeada, ideas atropelladas, delirio. El yo se había hecho trizas entre la salivadera, la tos y el insomnio.


En medio de la crisis, juré no volver a beber café. Con ser que no abuso de él, en la exasperación de anoche lo culpé de mis padecimientos. Daba vueltas en la cama, me levantaba, iba al baño. Estos actos desesperados  los repetí un montón de veces. Mi angustia contrastaba con la calma de Elena, nuestra gata, que dormía a nuestros pies. Mi mujer, a mi lado, poco se inmutó con mi desequilibrio: dormía el sueño de los justos. Mentira, su día es laborioso y esforzado, una maquinita amorosa, merece la recompensa de Morfeo. Sólo intentar cerrar los ojos y dormir, me atacaban unos ronquidos molestos, que parecían venir de una dimensión ajena a mi fisiología, acaso de la región del desvarío.

A las cuatro de la madrugada opté por levantarme a leer. Vine a la sala y me acomodé en el sofá con los cuentos de Rulfo entre mis manos. Mi cuerpo se caía de cansancio, pero el reposo le era esquivo. Leí dos cuentos, el que da nombre al volumen y Diles que no me maten. Maya, nuestra otra gata, no estaba en la sala, como de costumbre, se había ido a dormir al cuarto de Alejo. En su  compañía hubiese hallado cierto alivio (¡es tan tranquila y cálida!), pero también esta merced me fue negada. ¿Por qué la gripe me depara noches tan delirantes? No es la primera vez que me pasa. Hoy, en este momento, el malestar sigue cabalgándome. Tomo pastas. Uso chaqueta y bufanda. Me cuido de las corrientes de aire.

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