Felicidad
Felicidad, la flor, es roja, rosa y blanca. Vistos de
atrás hacia adelante, estos son los colores de los pétalos. Los de atrás son
rojos, los que siguen mezclan el rosa y el blanco. Los pétalos son menudos y
holgados, sueltos.
Una maceta con un ejemplar de esta planta reposa en
una esquina del muro del patio, cerca al gabinete de las toallas y la lavadora.
Toda visita al patio, sobre todo en las horas de luz, chispea maravilla por la
sola presencia de esas flores, que por lo general la mata ofrece en escaso
número.
El nombre de esta planta me lo suministró una señora
que pasaba por el colegio vendiendo flores. Vendía una variedad de felicidad
muy distinta a la de mi patio, más hermosa. La señora no volvió a pasar. Ahora
suele pasar, los martes o miércoles, una señora, Marta, de Sopetrán, que vende
tamarindo azucarado. Me hizo su cliente.
Pregunta por mí a los vigilantes en la puerta del
colegio. Estos me llaman: “profe, lo necesita una señora”.
Salgo y es ella, una morena como de cuarenta y tantos,
de escasa talla y un poco entrada en carnes. En seguida, por el color de la
piel, uno se da cuenta de que es ribereña, de esas razas castigadas y
bendecidas por el sol, en esas tierras donde abundan las frutas, entre éstas el
tamarindo.
Con el tamarindo tengo una vieja deuda.
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