miércoles, 25 de octubre de 2017

La muchacha de El castillo


No conozco a la muchacha que me tiene El castillo. Es una amiga de mi hija. Se conocieron en la universidad. Se llevó El castillo la última vez que estuvo en casa. No ha venido sino dos veces, y siempre se ha llevado un libro. Primero se llevó Saudade por Gary Coleman, el ejemplar de mi hija. Ahora se ha llevado la novela de Kafka, mi escritor favorito.

No la conozco, pero sé que se llama Mari, igual que mi hija. Ella tampoco me conoce a mí, pero sabe que soy el padre de su amiga y que comparto su amor por los libros. Mi hija le presta los libros a sabiendas de que no desaprobaré su acción. Sabe que no soy avaro con los volúmenes de mi discreta biblioteca. Sabe, por una intuición feliz, que su amiga Mari también está a salvo de la avaricia, más tratándose de libros.

Los libros van y vienen. Saudade por Gary Coleman acompañó por unos meses a Mari, ahora reposa en el closet de mi hija, entre sus volúmenes personales. Hoy El castillo hace de viajero, de trashumante. Acompaña a una muchacha que no me conoce, que ha venido dos ocasiones a visitar a mi hija, su amiga, y no me ha encontrado en casa. A ella le da un poco de timidez conocerme. Sabe que soy escritor, y esto, de cierta forma, le intimida.

Mari leerá un Castillo distinto al que leí hace años, un Castillo enraizado a sus vivencias, entretejido a sus sueños. Leerá a un K. salido de su costilla, la de Mari, a una Frieda hospedada en sus pesadillas, las de Mari. Leerá a unos funcionarios y a unos palurdos diferentes a los que leí, unos pasillos y un desdén apropiados a sus fuerzas y a sus miedos, los de Mari. Será el Castillo de una muchacha, y el camino que lleva a él tal vez sea menos difícil que el de K., que el mío.

Cada uno levanta su Castillo de acuerdo a sus facultades.   

    

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