En general, cada corriente de pensamiento, cada época, ha postulado un tipo de escuela. Desde tiempos antiguos la mente del alumno ha sido el barro propicio al moldeamiento de un sistema conceptual, de una ideología.
Recordando a las volandas, encuentro tipos de escuelas: la socrática con su dialéctica, la epicúrea con la ciencia del placer, la escolástica con su teocentrismo, la cartesiana que privilegia el raciocinio y la duda metódica, la naturalista de Rousseau con su concepción de que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe, Neill y la escuela del juego y la libertad, Sujomlinsky y la escuela del trabajo, Piaget y el constructivismo, Dewey y el funcionalismo, Pavlov y el conductismo, Freud y el psicoanálisis, Marx y la escuela de los proletarios, Pestalozi y su escuela filantrópica, Frobel y el liberalismo pedagógico, Decroly y Montesori y las escuelas científicas con su teoría de que existen principios psicológicos y orientaciones prácticas que deben orientar la educación, Freire y la didáctica del diálogo y la participación, Derrida y la deconstrucción, la escuela de la Internet y las nuevas tecnologías, en fin.
Escuelas, filosofías, doctrinas, cuerpos conceptuales; unos idealistas, otros materialistas, en fin. Paso por alto algunas, quizás muchas, pero este no es un estudio concienzudo, son notas ligeras, al vuelo. Es un intento de representarme el espectro del pensamiento pedagógico a través del tiempo, basado en lo que me enseñaron en la universidad y en lo que he leído. Tantos referentes, incontables. Nietszche, por ejemplo, con su filosofía del superhombre, postula un tipo de educación, como lo fue también, en otra perspectiva, la de Comenio con su idea de que el alumno es tabula rasa, arcilla virgen donde se imprime el saber, lo mismo que Diógenes con su cinismo y Thoreau con su vida en los bosques. Cantidad de escuelas, al punto de que cada hombre, cada modo de pensar, constituye una corriente pedagógica.
De toda esta indigesta ensalada de concepciones, ¿con cuál tendencia me inscribo como maestro? Me considero idealista, con cierto corte trascendentalista. Sí, porque detesto el conductismo y no soy afecto a las ideologías extremistas. El de Neill y el de Freire son prototipos que tal vez me agraden. No soy demasiado apegado a las nuevas tecnologías. En cierto aspecto, todavía soy tradicionalista, en otro, revolucionario. Soy un crítico acerbo del sistema, por tanto, escéptico.
Dialogaba no hace mucho con un colega, representante sindical, el cual, a raíz del paro reciente, considera justo que los maestros doblen la jornada laboral para restituirles el tiempo a los estudiantes, como si creyera que permanencia física en una institución equivale a calidad educativa. Mi posición es contraria. Tal vez porque soy rebelde por naturaleza, quizás porque pienso que la escuela es más lo que castra que lo que libera, es más lo que moldea (léase ideología) que lo que forma. Creo que los jóvenes no necesitan que les restituyan un tiempo viciado con tanto cretinismo e intransigencia, con tanta obsolescencia y cuadrícula. No, no creo que los jóvenes necesitan que les devuelvan un tiempo tan esquemático y pobre, un tiempo vigilado y cronometrado, donde la represión y la sospecha son elementos del proceder cotidiano. Los jóvenes no necesitan la devolución de un tiempo que los ahoga, de un tiempo que es despótico y violento, de un tiempo retrógrado y perverso, que crea con frío cálculo las condiciones de la desigualdad y la injusticia.
Es la escuela del terror y del miedo.
Los jóvenes necesitan otro tiempo, su tiempo, que no es el tiempo de la escuela, esa desfigurada, caótica, gélida escuela de muertos. Una escuela sin alma, muerta, donde la inercia más terrible sigue accionando los miembros raídos de un cadáver embalsamado.
Escuelas, filosofías, doctrinas, cuerpos conceptuales; unos idealistas, otros materialistas, en fin. Paso por alto algunas, quizás muchas, pero este no es un estudio concienzudo, son notas ligeras, al vuelo. Es un intento de representarme el espectro del pensamiento pedagógico a través del tiempo, basado en lo que me enseñaron en la universidad y en lo que he leído. Tantos referentes, incontables. Nietszche, por ejemplo, con su filosofía del superhombre, postula un tipo de educación, como lo fue también, en otra perspectiva, la de Comenio con su idea de que el alumno es tabula rasa, arcilla virgen donde se imprime el saber, lo mismo que Diógenes con su cinismo y Thoreau con su vida en los bosques. Cantidad de escuelas, al punto de que cada hombre, cada modo de pensar, constituye una corriente pedagógica.
De toda esta indigesta ensalada de concepciones, ¿con cuál tendencia me inscribo como maestro? Me considero idealista, con cierto corte trascendentalista. Sí, porque detesto el conductismo y no soy afecto a las ideologías extremistas. El de Neill y el de Freire son prototipos que tal vez me agraden. No soy demasiado apegado a las nuevas tecnologías. En cierto aspecto, todavía soy tradicionalista, en otro, revolucionario. Soy un crítico acerbo del sistema, por tanto, escéptico.
Dialogaba no hace mucho con un colega, representante sindical, el cual, a raíz del paro reciente, considera justo que los maestros doblen la jornada laboral para restituirles el tiempo a los estudiantes, como si creyera que permanencia física en una institución equivale a calidad educativa. Mi posición es contraria. Tal vez porque soy rebelde por naturaleza, quizás porque pienso que la escuela es más lo que castra que lo que libera, es más lo que moldea (léase ideología) que lo que forma. Creo que los jóvenes no necesitan que les restituyan un tiempo viciado con tanto cretinismo e intransigencia, con tanta obsolescencia y cuadrícula. No, no creo que los jóvenes necesitan que les devuelvan un tiempo tan esquemático y pobre, un tiempo vigilado y cronometrado, donde la represión y la sospecha son elementos del proceder cotidiano. Los jóvenes no necesitan la devolución de un tiempo que los ahoga, de un tiempo que es despótico y violento, de un tiempo retrógrado y perverso, que crea con frío cálculo las condiciones de la desigualdad y la injusticia.
Es la escuela del terror y del miedo.
Los jóvenes necesitan otro tiempo, su tiempo, que no es el tiempo de la escuela, esa desfigurada, caótica, gélida escuela de muertos. Una escuela sin alma, muerta, donde la inercia más terrible sigue accionando los miembros raídos de un cadáver embalsamado.
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