Otra vez esta turbamulta, este ajetreo, este frangollo. Fin de año. El colegio: alumnos inundan la sala de profesores, docentes echándolos, porque esta es la sala de profesores, no la de alumnos. Estudiantes como lapas-pólipos apiñados junto a los profesores, presentando refuerzos, intentando salvar el año. Cuánto he vivido esto, cuánto debería estar cansado, hastiado de todo esto, cuanto hace que debiera haberlo dejado atrás.
Este ajetreo, este frangollo, esta turbamulta. Alumnos que abandonan la sala de profesores decepcionados, iracundos, mascando insultos, porque un docente no los pasó. Y el docente riposta con argumentos como este: "cuántas veces te advertí". En fin. Son escenas ingratas, con broncas latentes o manifiestas. Aterra pensar que en cada colegio de la ciudad, del país, del planeta, ocurre lo mismo en fechas similares. Es una imagen deplorable de la escuela, del sistema educativo.
Este frangollo, esta turbamulta, este ajetreo. Lo malo, lo bueno, lo regular. La mente que ha diseñado todas estas categorizaciones sobre la evaluación, sobre los desempeños adecuados y los no adecuados, sobre ganar y perder. Esa mente tan científica, tan exacta, tan fría. Pensar en lo pertinaz y en lo fugaz de estos cuadros, cuadros que se reeditan cada año, que a su vez culminan, se esfuman. Rostros, voces, dramas. Pensar que, a la vista de un tercero, este tinglado del que gana y el que pierde no deja de ser una simple curiosidad, tal vez un absurdo.
Esta batahola, este tumulto, este fragor. Fin de año. Profesores como santuarios a los que acuden desesperados peregrinos en pos de alivio. Sentados en sus escritorios, reciben oleadas de estudiantes que pronuncian sus nombres como si invocaran una divinidad: "Marina", "Juan", "profe". Recuerdan antiguos oráculos, penitencias, castigos, dolor, consuelo. Pero todo esto tiene un no sé qué de teatral, de simulación, de torpe terapéutica. Al final casi todos ganan. Los sufridos penitentes salen con rostros descansados. Como si todo no fuera más que una farsa.
Este fragor, esta batahola, este tumulto. Lo que no se ganó en las aulas se gana en la sala de profesores. Lo que no se entendió durante la lección, en el tiempo regular de la clase, se supone entendido en la sala de profesores, a los trancazos. Y así va la vida. Asusta pensar que este burdo y espasmódico tráfico de información entre alumno y profesor pretenda pasar como saber.
Este tumulto, este fragor, esta batahola. El número se alza como una divinidad superior al dios-profesor. El número, con suprema exactitud, rige el reino de la evaluación. El número y el ser. El ser y el número. La escala de lo superior, de lo mediano, de lo bajo. Sorprende reconocer que hayamos hecho de la matemática, en este nivel, un Infierno de los números.
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