miércoles, 5 de abril de 2017

Las tardes hilan sueños

Las tardes hilan sueños. Salgo al corredor, miro el patio: hay un niño de siete años jugando en el peladero de la cancha, pateando una pelota, entre otros niños que también persiguen y patean la pelota. Quiero ser otra vez ese niño. Pero él está allá, y yo estoy aquí, separados por una distancia de años e imposibles. Yo soy un adulto atado a la rutina del empleo, con lo que gano un salario y pierdo los sueños. Pierdo la ocasión de ser de nuevo ese niño de siete años correteando una pelota.

Las tardes hilan sueños. Revienta, blando, aromado de costa, un nombre hermoso, de esos que se adentran en el tiempo como los pájaros de la dicha. Con ese nombre tengo para tejer el poema, para hilarlo con hojitas de tamarindo y caracolas. ¡Caracola! Acaba viniendo esa palabra, esa brisa del mar, mi talismán. Acaba llegando ese nombre, caracola, mi santo y seña para la vida y el amor. Acaba llegando... porque las tardes hilan sueños.

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